Qué débil se ve Estados Unidos. Es indudable que tiene gran armamento y que puede invadir países por decisión de su presidente, pero se está debilitando.
Busqué en medios del otro lado del mundo la nota que más destacaron de la reunión con Xi Jinping, el mandatario chino que recibió esta semana a su homólogo estadounidense, Donald Trump. Nikkei, por ejemplo, destacó que el líder asiático advirtió al estadounidense que manejar mal el tema de Taiwán, esa isla vecina de China, conlleva el riesgo de un enfrentamiento.
Asumí que era la visión de ese lado del mundo, por lo que busqué la versión de un medio que ha sido aliado de Trump: The Wall Street Journal, filial de Fox News, cuyas personalidades rinden diariamente pleitesía al habitante de la Casa Blanca.
Éste fue su encabezado vespertino más destacado sobre el encuentro: “Xi’s Taiwan Warning to Trump Highlights Tensions in Beijing Summit”. En español: “La advertencia de Xi a Trump sobre Taiwán pone de relieve las tensiones en la cumbre de Pekín”.
No es nuevo que China se oponga a ideas de Estados Unidos. Lo relevante es que sea esa voz la que más se escuche.
A Xi Jinping, como a sus paisanos, les fastidia tener unidades militares estadounidenses tan cerca de su territorio. Les ha fastidiado siempre, tal como disgustaría a su contraparte ver embarcaciones con banderas rojas cerca de California.
Lo nuevo es que ahora sea su voz la que pese. A juicio de medios relevantes, Trump ayer fue poco relevante.
Visto lo anterior, ¿México debería seguir formando parte del equipo norteamericano? Sí.
Mientras no compremos en Asia un terreno de 2 millones de kilómetros cuadrados, similar al que tenemos hoy, pensar en otras asociaciones resulta inútil.
Atención: eso no significa encargar a la Casa Blanca la solución de los problemas de violencia del país. A quienes esperan una intervención estadounidense les falta, entre otras cosas, información histórica.
Pero el beneficio que recibe México por las relaciones económicas y culturales con sus vecinos del norte es imposible de sustituir, incluso con Europa, continente con el que tiene un tratado comercial renovado.
Si han estado en Asia o Europa, saben que en ese lado del mundo abundan productos que no hay acá, marcas con las que no tenemos relación y con las que habría que competir casi empezando de cero. De este lado del mundo conocemos las reglas y sabemos a quién llamar cuando se atora un barco.
Dicho lo anterior, conviene reconocer que Estados Unidos está mal. Su momento es el del declive, no el del ascenso. Lo digo yo, pero también el premio Nobel Paul Krugman.
¿Leyeron su texto de ayer?: “Una de las afirmaciones más recurrentes de Donald Trump es que Joe Biden convirtió a Estados Unidos en el hazmerreír del mundo, y que él nos ha devuelto la grandeza y el respeto internacional”, divulgó en su cuenta de textos públicos Substack, bajo un título demoledor: “Un presidente fallido y agitado suplica a Xi”.
“Sin embargo, esto es todo lo contrario. Como resultado de las políticas caprichosas y autodestructivas de Trump, gran parte del mundo lo desprecia, al igual que a Estados Unidos en su conjunto”, agregó.
Mis amigos de Texas dicen que es la voz de los “liberales”. Coincido en que no imagino a Krugman promoviendo a este presidente.
Pero me pregunto si mis texanos queridos revisan con frecuencia el ISM Manufacturero, o Manufacturing PMI en inglés, que recoge la demanda de productos en la economía estadounidense al medir la cantidad de pedidos que realizan las fábricas. Debería estar a tope, de acuerdo con la narrativa arancelaria y beligerante de Trump.
Pero el registro más reciente indica que el ánimo de los gerentes luce pesimista: 64% de los comentarios fueron negativos, presionados por aranceles, guerra en Medio Oriente, mayores costos, retrasos logísticos y cautela en inversiones.
Con todo, éste es nuestro lado, lo que no debe enfrentarnos con el otro. Pero conviene más fortalecer vínculos en espera de mejores regímenes que voltear hacia puntos distantes que nos tienen tan presentes como nosotros a Turquía.