Cuando Donald Trump aterrizó en Beijing el 13 de mayo, no llegó solo. Lo acompañó (además de su gabinete político) una delegación de directivos de algunas de las empresas tecnológicas más poderosas del mundo. CEOs destacados como Tim Cook (Apple), Elon Musk (Tesla y SpaceX) y Jensen Huang (Nvidia) viajaron en el Air Force One. La imagen tenía una lectura clara: no era sólo una visita de Estado. Era una negociación comercial con escala global.
Comprender por qué estaban esos líderes y no otros exige entender qué está en juego entre las dos potencias tecnológicas. Durante los últimos ocho años, Estados Unidos y China han librado una guerra sin balas con consecuencias reales. El campo de batalla son los semiconductores, la Inteligencia Artificial, las redes 5G, los datos y el software. Las armas son los aranceles, las listas negras, las restricciones de exportación y los vetos regulatorios.
En octubre de 2022, Washington impuso controles de exportación sobre chips de alto rendimiento. Los endureció en 2023 y nuevamente en diciembre de 2024. En marzo de 2025, el gobierno de Trump añadió restricciones adicionales, incluidas empresas chinas en listas negras del comercio en semiconductores y software producidos en EE.UU.
El objetivo era y es frenar el avance tecnológico de China. El resultado ha sido ambivalente. Huawei, que en 2019 parecía condenada al ostracismo tras ser cortada del acceso a tecnología estadounidense, inició un esfuerzo de independencia tecnológica que avanzó con rapidez. Para 2024, la empresa presentó nuevos productos con semiconductores avanzados y desarrollaba infraestructura 5G fabricada con componentes totalmente chinos.
China aprendió la lección y respondió con sus propias armas. En abril de 2025, Beijing restringió las exportaciones de siete tierras raras críticas para la fabricación de tecnología, desde teléfonos inteligentes hasta equipos militares. El gigante asiático controla la mayoría de la minería y el procesamiento global de estos materiales. Es decir, quien quiere fabricar un chip, un vehículo eléctrico o un misil, necesita lo que China acumula en su subsuelo.
Este es el contexto en el que hay que leer la visita de Trump a Beijing y su reunión con Xi Jinping. No es el fin de la guerra tecnológica. Es la primera señal de que ambas partes reconocen que esa confrontación tiene costos que ya no quieren seguir pagando. Cada líder tecnológico representa una industria con intereses directos en China y con algo concreto que negociar.
Jensen Huang llegó con la urgencia más evidente. Nvidia es el fabricante de chips de Inteligencia Artificial más importante del mundo. Antes de las restricciones de exportación, Nvidia controlaba alrededor de 95% del mercado chino de chips avanzados. El país representaba una quinta parte de sus ingresos en Centros de Datos. Huang quiere desbloquear las ventas de sus chips H200 en China. La empresa ha argumentado que las restricciones prolongadas podrían ser contraproducentes, porque incentivan a China a acelerar su propia innovación.
Tim Cook representa el caso más evidente de dependencia mutua. Apple fabrica la mayor parte de sus productos en China. Cook ha gestionado el impacto de las guerras comerciales durante años; equilibra la inversión doméstica con la producción en el exterior. Su visita a China es una de sus últimas misiones diplomáticas antes de retirarse el 1 de septiembre, cuando entregará el liderazgo a John Ternus.
Elon Musk llegó con varios intereses superpuestos. Tesla tiene operaciones manufactureras en China. Musk busca comprar equipos por valor de casi 3,000 millones de dólares a proveedores chinos para fabricar paneles solares. También es dueño de X y director de SpaceX, lo que lo convierte en el empresario con mayor presencia en temas de redes sociales, satélites, espacial y vehículos eléctricos.
Cristiano Amon, CEO de Qualcomm, es el otro gran representante de la industria de los semiconductores. Qualcomm es el diseñador de chips para smartphones más importante. China es su mayor mercado. La visita es para resolver conversaciones sobre licencias de tecnología para telefonía, infraestructura para IA y ajustes a las reglas de exportación de chips.
Stephen Schwarzman (Blackstone) representa el capital de inversión que durante décadas apostó por China. Blackstone tiene compromisos en el mercado inmobiliario y de infraestructura chinos, además de múltiples participaciones en empresas tecnológicas. Su presencia indica que Wall Street quiere volver a tener certeza jurídica para operar en China.
Jane Fraser (Citigroup) y David Solomon (Goldman Sachs) traen la perspectiva bancaria. Ambas instituciones tienen presencia en China y operan en los flujos de capital que unen a las dos economías. El comercio bilateral no fluye sin financiamiento y ellos lo representan.
Jacob Thaysen dirige Illumina, empresa de secuenciación genómica. Su presencia en la comitiva es porque China quiere acceso a la tecnología para su industria de la salud. Illumina busca mantener ese mercado sin que Washington lo bloquee bajo el argumento de seguridad nacional.
Brian Sikes, de Cargill, representa la mayor empresa agrícola del mundo. China es el principal comprador de soja, maíz y otros granos estadounidenses. Un acuerdo comercial amplio que incluya al sector agrícola es tan importante como los chips.
Existe el concepto de "splinternet". El riesgo de fragmentar Internet en bloques separados donde el acceso está determinado por la geopolítica y no por principios universales. Significa que el mundo tecnológico podría dividirse en una esfera liderada por empresas y estándares americanos, y otra liderada por China, con países decantados a elegir algún bando.
El resultado de la guerra tecnológica no ha sido la derrota de ninguno. Es un empate costoso que frena la innovación, encarece los productos, ralentiza la IA y obliga a las empresas a duplicar sus cadenas de suministro. Un acuerdo entre China y Estados Unidos es lo mejor que le puede pasar al mundo.