Solitos. Solitos pueden. La presidenta Claudia Sheinbaum declaró el sábado “nadie, ningún gobierno extranjero le va a arrebatar la transformación al pueblo de México; los corruptos de antes no le van a arrebatar la transformación al pueblo de México”.
Tiene razón. De seguir como van, ni los corruptos de antes, ni los extranjeros serán autores de la debacle del obradorismo.
Eso que llaman transformación sucumbe, en presente, por la sordera que les aqueja desde el poder, el envanecimiento de sus cuadros, la indolencia saturada de índices delictivos a la baja sin un cuadrito en el Excel para las madres buscadoras, y la corrupción impunísima.
Solitos pueden acabar con lo que supuestamente buscaban.
No hay que culpar a Trump o a la OEA, menos al FMI o a las calificadoras.
Solitos edifican la oportunidad perdida al no comprender que ya no son oposición, que en lugar de intentar el acoso desde el poder centralista contra la gobernadora de un estado libre y soberano, están obligados a salvaguardar la armonía de la República.
Si la Federación abusa así de su realidad de partido-Estado no solo emula lo peor del PRI, sino que desfonda el urgente diálogo constructivo en un país diverso en medio de una crisis económica. Nomás.
Solitos espantan la inversión con sus ocurrencias, la más reciente darle a la consejera jurídica un programa para aumentar el ruido de la polarización. ¿Qué podría salir mal si en vez de revisar leyes y facilitar su aplicación, desde Palacio persiguen medios y ciudadanos?
Solitos cavan su tumba con la impunidad en Segalmex y de los amigos de la familia de YSQ, con la absolución a priori del exsecretario de la Marina por huachicol, con negarse a limpiar narcoelecciones, y sus fiestas del fin de semana donde se carcajean de eso de separar el poder político del económico y de que no eran iguales.
Ni ocho años hace del triunfo de 2018 y ya les cae como anillo al dedo lo que Giuliano da Empoli dice en El Mago del Kremlin (Planeta, 2023):
“La élite rusa está unida por un fondo común de miseria que cada uno de sus miembros ha tenido que atravesar antes de llegar a las villas en la Costa Azul y a las botellas de Petrus. Hay unos que la reivindican y otros se avergüenzan de ella, pero cuando se ven cara a cara, con sus trajes de treinta mil dólares, saben que comparten la misma rabia y el mismo estupor, un tanto infantil con respecto a lo que se han convertido las cosas. (…)
“Juegan con el dinero. Lo lanzan al aire como si fuera confeti. Ha llegado tan rápido y tan abundantemente. Ayer no había un céntimo. Mañana, quién sabe. Mejor pulírselo cuanto antes”.
No todos venían de la miseria, tampoco quieran vender eso, pero muchísimos de Morena, el Verde y el PT compiten por pulirse la súbita riqueza exhibiendo joyas, viajes y propiedades. Y así quieren que creamos que van a Chihuahua a defender la patria. Qué risa.
Porque la otra parte de lo que dijo la presidenta este sábado de gira en Yucatán está muy, pero muy por verse luego de año y medio de su sexenio, eso de que: “Y nadie, ninguna persona que no sea honesta puede esconderse bajo el halo de la transformación; este es un movimiento honrado que le cumple al pueblo”.
Mientras esa frase cuando mucho sea una bonita declaración, en efecto, ni dentro de México, ni fuera del país, ningún corrupto ajeno le robará al pueblo una oportunidad de cambiar las cosas. No precisan ayuda con esa empresa: solitos les basta, y hasta sobra.