A pesar de que, hace ya años que dejé de cumplir el precepto de los domingos y fiestas de aguardar, corriendo el riesgo de vivir en pecado y asumiendo sus consecuencias de cadena perpetua en los Dantescos infernos, sigo aferrado a la esperanza de las dos últimas cántigas del señor Alighieri en su Divina Comedia: el Purgatorio y el Paraíso. Y, a pesar de que he reincidido en quedarme en casa esos otros domingos, habitualmente cada cuatro años, en los que está feo, ¡culo, nene!, no ir a votar, acepto con resignación esas miradas que matan por parte de escribas, fariseos, sepulcros blanqueados e hipócritas que llenan las urnas de papeletas impregnadas de fanatismo, de envidia, de inconfesables y oscuros objetos del deseo, de instintos de venganza histórica, de defensa a ultranza del poderoso caballero es Don Dinero, de abducidos por las páginas de Mi Lucha de un cabo chusquero que mancilló reputaciones de Goethe, Thomas Mann, Nietzsche, Kant, gente de esa, o encantados de pertenecer a ese peculiar club redentor de okupas del lado bueno de la historia en el que, curiosamente, han convivido juntos, pero no revueltos, Stalins y Gandhis, Maos y Teresas de Calcuta, Otegis y Nelson Mandelas, Pablos Iglesias y Tiernos Galván y todo tipo de parejas históricas con manifiestas incompatibilidades de caracteres.
Con la historia, señoras y señores, es que hay que ir por partes, como diría Jack el Destripador, pero sin utilizar el cuchillo, claro, sino la cabeza. Ha hecho a lo largo de la historia tantas barbaridades la humanidad, es tal el cóctel de grandezas y miserias que han destilado las sagas de distintos poderosos y sus distintos relevos, que resulta imposible, si la cabeza no se impone al corazón y el sentido común no deja de ser el menos común de los sentidos, que no acabemos tropezando, una y otra vez, con la misma piedra.
Comprenderán ustedes, tras esta demostración de conmovedora ingenuidad por parte del que suscribe, que los domingos de urnas me quede en casa, contemple a los votantes por la tele (como a los andaluces ayer) ir pasando por el aro de las urnas y se me escape un lamento parecido al de Oppenheimer en Alamogordo al contemplar la primera prueba de la seta atómica que acabó asolando Hiroshima: ¡Dios mío y nosotros seguimos haciendo esto…! Las izquierdas cívicas, separadas y revueltas, digieren sus derrotas si las derechas quedan a merced del gran enemigo público del neofascismo y, las derechas cívicas, con sus sucesivas mayorías pírricas, reniegan una vez tras otra del lema de Méndez Núñez: prefieren gobierno con Vox y sin honra, que honra sin gobierno y sin Vox. No es que un servidor de ustedes sea un abstencionista impertérrito, oiga, es que, mientras unos estén dispuestos a invertir mi voto en hacer melés con exterroristas o, los otros, sórdidos matrimonios de conveniencia con machirulos y fotocopias de juventudes hitlerianas, conmigo que no cuenten para hacer de extra en este revival democrático de Lo que el viento se llevó.
Con esto de votar, me adhiero a la filosofía del José Mota socorrista: si hay que ir a votar se va, pero ir pa na, para más de lo mismo, para mantener o cambiar los collares y acabar descubriendo que siempre son los mismos perros o demasiado parecidos, es tontería… @mundiario