Las sirenas volvieron a escucharse en Estados Unidos. Esta vez fue en San Diego, alrededor de una mezquita donde niños salieron tomados de la mano mientras patrullas rodeaban el Centro Islámico más grande de la región. En este hecho, tres hombres murieron y ambos sospechosos fallecieron.
De acuerdo con autoridades de esa ciudad, se cree que ambos sospechosos son adolescentes y el caso se considera un crimen de odio.
Horas antes, en Austin, Texas, la policía perseguía a dos jóvenes sospechosos de participar en al menos diez tiroteos aleatorios durante un fin de semana de terror. Dos escenas distintas, separadas por cientos de kilómetros, pero unidas por la misma pregunta: ¿qué está ocurriendo realmente dentro de Estados Unidos?
Mientras Donald Trump insiste en señalar la violencia, el narcotráfico y la inseguridad de otros países, la realidad estadounidense sigue desbordándose entre armas, tiroteos masivos, paranoia y ciudades enteras paralizadas por el miedo.
En San Diego, las autoridades confirmaron la muerte de dos sospechosos tras el ataque registrado en el Centro Islámico. La imagen aérea mostraba a menores evacuados entre policías armados, en una escena que ya se volvió demasiado común en territorio estadounidense. Escuelas, iglesias, supermercados, centros comerciales o mezquitas: ningún espacio parece estar completamente a salvo.
Mientras tanto, en Austin, el alcalde Kirk Watson reconocía que ni siquiera existía un motivo claro detrás de los ataques ocurridos durante el fin de semana. Tiros al azar. Estaciones de bomberos baleadas. Vehículos robados. Personas heridas sin razón aparente. Violencia sin explicación.
Y ahí aparece la gran contradicción del discurso trumpista. Estados Unidos atraviesa una crisis interna cada vez más evidente, marcada por la facilidad para acceder a armas, el deterioro social y el crecimiento de ataques violentos que ocurren prácticamente a diario. Sin embargo, desde Washington siguen mirando hacia afuera, buscando enemigos externos y colocando la atención sobre otras naciones.
Quizá llegó el momento de que la Casa Blanca vuelva la mirada hacia sus propias calles. Porque mientras el gobierno estadounidense pretende dar lecciones de seguridad al mundo, la violencia continúa creciendo dentro de casa.