El consumo privado en México representa 72 por ciento del producto interno bruto y 48 por ciento de la demanda total. Es una variable económica fundamental.
Por eso, las cifras de abril preocupan. El consumo no se cae, pero avanza a un ritmo que cada mes es más modesto y, sobre todo, cada vez más desigual entre segmentos.
Las cifras más recientes coinciden en una misma historia: el motor interno de la economía sigue prendido, pero ya no jala parejo.
Empecemos por la fotografía macro.
El INEGI publicó la semana pasada el Indicador Oportuno del Consumo Privado (IOCP), que estima un crecimiento de 0.4% mensual en marzo y apenas 0.1% en abril. En términos anuales, la trayectoria es elocuente: 1.6% para marzo y 0.5% para abril. Es decir, llegamos al cuarto mes del año con un consumo que prácticamente se estancó frente al mismo mes de 2025.
El reporte de ANTAD de abril confirma esa lectura, pero añade un matiz fundamental: el promedio esconde una diferencia clara. Las ventas a tiendas iguales crecieron 4.4% nominal anual en abril, y las totales, 6.7%. Con la inflación general en 4.45%, el crecimiento real es prácticamente nulo en tiendas iguales, y francamente negativo si se contrasta con la inflación efectiva del autoservicio: en abril, las frutas y verduras subieron 21.4% anual, con el jitomate disparado 121%, el chile serrano 36% y la papa 12%. En el acumulado enero-abril, las tiendas iguales avanzan apenas 2.6%.
El detalle por formato es donde aparece la diferencia. Las ventas de las tiendas departamentales crecieron 13.0% a tiendas iguales y 14.2% a tiendas totales. Pero los autoservicios: 0.0% a tiendas iguales en abril. Y la tendencia es preocupante: 2.9% en enero, 1.1% en febrero, 0.3% en marzo y, en abril, sin crecimiento.
Es decir, el formato que vende canasta básica al grueso de los hogares mexicanos ya no crece. El que vende ropa, perfumería y artículos de mayor ticket promedio crece a doble dígito.
En otro segmento, las ventas de vehículos ligeros nuevos cuentan la misma historia. En abril se colocaron 118 mil 859 unidades, un avance anual de 8.6% que en el acumulado del año queda en 4.8%. El dato agregado luce favorable. Pero al abrir por segmento, la polarización vuelve a saltar: los compactos—el segmento medio del mercado— caen 20.9% anual, mientras que los de lujo crecen a 21.9% y los subcompactos, en el extremo opuesto del precio, suben 27.2 por ciento. Que se desinfle la mitad y se expandan los dos bordes del mercado no es un comportamiento normal; es el síntoma típico de una reestructuración del mercado.
¿Qué explica las divergencias en el consumo en general? Cinco factores, principalmente.
Primero, el deterioro del ingreso laboral en la base de la pirámide. El empleo formal se enfrió en el último año, las remesas dejaron de crecer en dólares —en febrero apenas 0.4% anual— y, con un peso apreciado frente al dólar, han perdido cerca de 13% de poder de compra para los hogares receptores. Eso pega justo donde se concentra el gasto del autoservicio.
Segundo, la inflación de alimentos sigue muy por arriba del promedio, como vimos. El hogar de menor ingreso destina mayor proporción a comida; cuando los precios suben, ajusta cantidad, y eso se nota en las ventas reales del autoservicio.
Tercero, el costo del crédito. Aunque el Banco de México ha venido recortando las tasas, estas siguen en niveles que hacen caro el crédito al consumo. Para quien compra electrónicos, electrodomésticos o un compacto, esto pesa. Para quien compra un auto de lujo y lo financia en condiciones premium, no tanto.
Cuarto, la confianza del consumidor. El Índice de Confianza del Consumidor se ubicó en 44.3 puntos en abril, con una ligera mejora mensual de 0.2 puntos, pero acumula 16 meses consecutivos de descensos a tasa anual. La señal es contradictoria: hay expectativas algo mejores hacia adelante (probablemente por el Mundial), pero la lectura del presente sigue siendo cautelosa.
Quinto, hay una gran diferencia en el comportamiento del consumo de bienes nacionales y de bienes importados. El dato más reciente con ese desglose marca una caída del consumo de bienes de origen nacional en 2.9% y un crecimiento de 11.7% en el consumo de bienes importados, los que predominan en una canasta de consumo de segmentos medios/altos. La apreciación del peso también ha jugado.
Mirando hacia adelante, hay dos vientos contrapuestos.
A favor del consumo: el Mundial de junio-julio detonará gasto en alimentos, bebidas, electrónicos y servicios; la baja gradual de tasas podría empujar el crédito; y la moderación de la inflación, si se sostiene, recompondrá salarios reales.
En contra: el mercado laboral no ha repuntado, las remesas no acaban de despegar y la inversión privada sigue débil, lo cual limitaría la creación de empleo formal en el segundo semestre.
La conclusión no es que el consumo vaya a colapsar. No lo hará. Pero el agregado oculta una economía interna que ya opera a dos velocidades: una clase media-alta que sigue gastando con relativa normalidad y una mayoría que recorta el carrito del súper.
Cuando los autoservicios dejan de crecer y las departamentales avanzan a doble dígito, lo que estamos viendo no es solo un consumo que se enfría en conjunto. Es un consumo que se reestructura. Y esa es la historia que vale la pena seguir en los próximos meses.