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Radar Inteligente
Mundiario 23 May, 2026 01:48

Mentes divergentes o el pez de colores que nada a contracorriente

Quizá, simplemente eres una mente divergente; un pez de brillantes colores que nada en dirección contraria a la que utilizan los demás peces de un monótono color azul.

El escritor madrileño Manuel Barranco Ronda —o Manolo, igualmente conocido como Lolotonico— también tiene ese sentimiento de ir a contracorriente donde una infinidad de ideas, emociones y recuerdos conviven en su mente al unísono. Así lo expresa al recordar el motivo que le llevó a elegir el título de su libro Mentes Divergentes, de la editorial Estudio Ediciones.

Admiro la valentía del autor quien, haciendo un ejercicio de introspección, desnuda su alma entre letras, arrastrándonos con sus palabras a nadar en recuerdos propios vinculándonos, irremediablemente, a alguna de las vivencias que el escritor va narrando.

El libro surge por un impulso, o una necesidad, de sacar fuera determinadas historias arraigadas en su interior: “Al escribirlas, sentí que podía ordenarlas, entenderlas mejor y también liberarme un poco de ellas”. Mentes Divergentes no es un manual de autoayuda, en él no hay fórmulas mágicas. No soy coach ni médico, ni gurú, sólo soy un hombre que ha decidido contarse —con verdad— para no olvidarse de sí mismo”. Por medio de su obra, desarrollada en diecinueve capítulos, descubriremos situaciones que nos resultan cercanas, narradas con sensibilidad, ternura y calor.

Así, en este recorrido intrínseco al que el autor nos invita, comprenderemos que un simple gesto cotidiano puede transformarse en un nuevo comienzo: “No hay nada más íntimo que una cama deshecha. No es sólo una sábana revuelta: es la prueba del abandono o del cuidado. Durante mucho tiempo, yo no hacía la cama. Con los días me di cuenta que de dejando todo tal cual, también dejaba mi ánimo por los suelos, arrastrándome de una rutina a otra sin sentido, dejando para «otro momento» la vida”.

Que, si miramos desde la perspectiva correcta, ser «un segundo plato» se puede transformar en algo positivo: “Me he acostumbrado a no ser elegido. Soy ese segundo plato que nadie menciona, pero al que muchos recurren cuando todo lo demás falla. Y no me quejo, porque cuando la gente me necesita ahí estoy, sin pedir nada a cambio, sin condiciones, sólo una escucha sincera con una palabra de ánimo, con una taza de café si hace falta. Es curioso, en los menús de los restaurantes, el segundo plato suele ser más caro que el primero, tal vez porque ahí está el sabor de verdad, la fuerza, lo que te da energía.”

Reflexionar sobre esas entregas que hacemos a los demás, y que no siempre son correspondidas: “Yo no sé querer a medias. A mí no me enseñaron a querer a despacito. Lo mío es la entrega entera. El salto sin red. El «aquí estoy» aunque esté roto por dentro, como un vaso que siempre se llena para otros y que nadie recuerda volver a llenar”.

Los miedos que no se ven pero que a todos nos sacuden en algún momento: “Están ahí, detrás de una sonrisa, en el silencio después de una frase, en la pausa al final de una llamada”; o las conversaciones que tenemos con un amigo/a (y con nosotros mismos), cuando: “No necesitas un terapeuta. Sólo una amiga/o que te mire y te diga: «Te estás castigando demasiado»”.

Entre esas de deliberaciones, igualmente tiene cabida algo tan cotidiano como las dietas, aunque el autor lo denomina dietas del alma: “Comer no es sólo llenar el estómago. A veces es llenar un hueco. Un silencio. Un vacío que no siempre tiene nombre”.

Resalta la importancia de esos encuentros efímeros, donde “Una conversación de cinco minutos te cambia la vida más que un año entero de rutina”, o saber decir no y sentirse bien: “Decir «no» ha sido una de las cosas que más me ha costado aprender. No por falta de ganas, sino por exceso de culpa”.

Y, llegamos a Los dinosaurios, el capítulo más íntimo, el que Manuel ha dedicado a esas historias del pasado que tanto cuesta soltar, esas heridas más personales llenas de miedos y silencios, que muchas veces cuesta decir en voz alta: “Ocasionalmente siento pasos pesados detrás de mí. No es nadie. Son mis dinosaurios: historias que aún hacen temblar mi mente si las nombro.

Un profesor que dijo: «Tú no vales»; una amistad que se rompió sin despedida; un amor que nunca llegó a empezar… No viven aquí, pero regresan cuando huele a nostalgia.

Una tarde decidí esperarlos en la mesa de la cocina con tres tazas de café. Cuando se sentaron, los miré a los ojos y les pregunté cómo se llamaban. Uno dijo «Vergüenza»; otro dijo «Culpa»; otro, más pequeño, dijo «No soy suficiente»”.

Avanzando entre las páginas del libro, llegamos al capítulo dieciséis, titulado La manzana amarilla, relato con el que ha colaborado la escritora Paloma Castejón, quien, además, es la artífice de la portada. Su lectura resulta inteligente, delicada y pulcra, como es la propia autora, quien consigue a través de su narración arrastrarnos a un mundo colmado de sentimientos y suaves matices “Me voy a comer una manzana amarilla. Está fría. Es una fruta normal. Algo sabrosa, no demasiado. No puede competir en color y sabor con otras frutas veraniegas, en rojos, naranjas, morados, con pieles de terciopelo y jugosos y dulces sabores de sol. Mas por eso la elijo a ella”.

Por medio de la sensitiva lectura de Mentes Divergentes crearemos un viaje cercano y real hacia el bienestar emocional, realizado a través de reflexiones y experiencias cotidianas contadas en primera persona, haciendo que este libro sea más humano, más verdadero y una invitación a conocernos un poco mejor. @mundiario

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