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Yucatan 21 Mar, 2026 03:00

Antonio Peraza Rivero: Polinizar con tinta

Mensaje del cartonista Tony pronunciado en la presentación de los libros “Yucatán: 100 años de Historia” y “El valor de la prensa libre”, anteayer jueves en la Filey, editados con motivo de los 100 años de Diario de Yucatán

Cada vez que me invitan a este tipo de foros no puedo evitar experimentar cierta incomodidad. No solo porque soy alérgico a la exposición pública, sino porque siempre he sentido que mi labor en el Diario es un tanto marginal y periférica.

En mis momentos bajos, me siento un ser que parasita en el valioso trabajo de otros. En los altos, me percibo como una abeja que poliniza esa labor. Un therian del periodismo, pues.

Mi trabajo parecería estar ubicado en un ambiguo cruce de caminos en donde confluyen el arte y el periodismo, sin comprometerme al 100 % con ni uno de los dos. Abrevo del esfuerzo de toda la cadena de producción de un periódico. Desde quienes deciden contenidos hasta aquellos que hacen llegar el ejemplar físico a las casas, puntos de venta y pantallas.

Leo, hago trazos y opino en ellos. Día a día elaboro cuatro cartones políticos. Dos de tema nacional y dos de la vida local. Los envío para la consideración de los forjadores de la edición impresa y Pía me ayuda a colocar el resto en un modesto formato digital para extenderles un tanto su vida útil.

No participo en reuniones editoriales, no me paseo en las redacciones ni estoy en contacto permanente con los administradores de las notas que se publicarán al día siguiente.

En mi condición de lobo solitario, mi labor en el Diario parecería ajena a todo eso. Pero recuerdo que nací y crecí en una especie de sala de redacción doméstica.

Crecí en una familia de maestros. Las pláticas acaloradas en las sobremesas eran el pan de cada día. El humor para intentar enfriarlas, también. Mi parentela era gente que leía mucho y siempre, y su nivel de politización alto, para mi gusto.

Los domingos el piso del cuarto de mis padres era un tapete de todos los periódicos impresos de la localidad. Yo nadaba entre ellos mientras las discusiones seguían, ahora en su formato de hamaca a hamaca.

Pero el resto de la semana un rotativo permanecía en el hogar. El Diario de Yucatán seguía haciendo sentir su presencia. Era fuente de información y canon lingüístico. Era lectura obligada y de largo aliento. Se leía desde la salida del sol hasta las horas previas al sueño nocturno. No pocas veces fui llevado de la oreja frente a sus páginas para repasar las maneras correctas de escribir una palabra o una frase.

Así vi pasar en las paredes de mi casa la historia del país y de Yucatán. Con la presencia permanente de un papel impreso que se volvía palabra, conversación, risas, debate, indignación, coraje y comunidad. Y desde entonces experimentaba fascinación de que un periódico impreso pudiera generar esas pasiones individuales y colectivas.

En las páginas que daban cuenta del régimen político hegemónico y ajeno a las formas democráticas que nos gobernaba entendí que el miedo cívico podía ser muy contagioso. Pero que el valor también. Y que el germen de esa sensación colectiva era la información veraz, verificable, construida con rigor investigativo, estrictos tamices de redacción, conciencia plena del efecto de lo comunicado y un respeto profundo al lenguaje. Y al lector, colocado siempre al centro de ese proceso.

De allá entendí que el poder no solo puede ser vigilado. Necesita ser observado permanentemente y con lupa. Es obligatorio hacerle sentir que está siendo monitoreado. No por un medio, sino por miles de lectores ciudadanos.

Por eso cuando el poder amenaza la actividad periodística no se agrede a un medio, a un reportero o un crítico. Vulnera el derecho que tiene el ciudadano de saber lo que ese poder hace con nuestros recursos, expectativas y necesidades.

Los contrapesos vigilantes exigen cuentas claras, rompen las asimetrías del ejercicio del poder. Encienden la luz donde habitan y actúan en total opacidad. Desmoronan el andamiaje retórico y exhiben la debilidad de sus ficciones narrativas. O, como es el caso de los cartones políticos, lo muestran en la plenitud de su absurdo.

La caricatura política es un género periodístico que —para bien o para mal— goza de licencias extra que no tienen los otros géneros. En el trazo que acentúa rasgos físicos, en la picardía del lenguaje, en la simplificación, la insolencia, la irreverencia y en una aparente ligereza en el tratamiento de temas. Inflamados de vanidad, los políticos y funcionarios tienen que lidiar todas las mañanas con un mosquito que revienta las burbujas.

Aún con esas características, los cartones quedan como incómodos garabatos al margen de las notas serias que han testimoniado la Historia (con H mayúscula) o las que han generado reacciones públicas que han dado paso a otras historias.

Por eso me ruboriza estar hoy en esta mesa con personas que practican el periodismo investigativo de largo aliento y con una periodista que logra a diario que un siglo de historia, experiencias y aprendizaje pueda seguir enriqueciendo la conversación pública desde las pantallas. Y agradezco a quienes me consideran parte de este empeño cotidiano.

Aunque parezca que solo hago dibujitos mientras los demás trabajan, sepan que tienen día con día mi profunda admiración y todo mi agradecimiento. Aprendo de todos, me alimento de los aportes de cada uno de ustedes en lo individual y del proyecto Diario de Yucatán en general.

De frente a las nuevas y sofisticadas formas de limitar libertades y silenciar disidencias, quizá no esté de más desear en voz alta y fuerte ¡que venga otro siglo con mucha prensa libre e independiente!— Mérida, Yucatán


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