La marcha parcial de Carlos Alsina del tramo más político de las mañanas radiofónicas españolas tiene algo de relevo profesional, algo de confesión personal y bastante de diagnóstico sobre el estado actual de los medios. Porque cuando uno de los comunicadores más influyentes de la radio española admite públicamente que está “gastado” después de 33 años de información y opinión diaria, no solo está hablando de sí mismo: está describiendo también el desgaste general de una conversación pública atrapada desde hace demasiado tiempo en la polarización permanente.
La decisión anunciada por Alsina –junto con Julia Otero, un periodista de prestigio en Onda Cero– supone un cambio relevante en el ecosistema radiofónico español. A partir de septiembre, Rafa Latorre asumirá el primer tramo informativo de Más de uno, mientras Marta García Aller se pondrá al frente de La Brújula. Alsina, por su parte, continuará en el segundo tramo del programa, más centrado en el entretenimiento, la conversación cultural y el acompañamiento cotidiano. Formalmente no abandona Onda Cero. Pero simbólicamente sí se aparta del núcleo más agotador de la radio política española: el llamado sermón de las ocho.
Resulta significativo que Alsina haya elegido precisamente el cansancio como argumento central de su salida. No habló de censuras, ni de presiones empresariales, ni de conflictos internos. Habló de desgaste humano. “Para estar a la altura hay que vibrar con las noticias”, explicó, antes de reconocer que tras tantas madrugadas acumuladas ya no siente la energía necesaria para seguir afrontando diariamente la intensidad de la actualidad política. La sinceridad del mensaje probablemente explica el impacto que ha provocado entre oyentes y profesionales del sector.
Pero el discurso fue mucho más allá de una despedida parcial. Alsina aprovechó para lanzar una reflexión especialmente dura sobre la deriva de la radio política en España. Denunció que los comunicadores han terminado siendo reducidos a simples etiquetas ideológicas y lamentó que el debate sobre el estilo radiofónico, la creatividad o el lenguaje haya quedado sepultado bajo una obsesión constante por clasificar políticamente a cada periodista y a cada cadena. “Qué coñazo”, resumió con una mezcla de ironía y hartazgo.
Mensaje a navegantes: la radio no debe estar ni para tumbar gobiernos ni para ayudar a llegar al poder a quienes no consiguen hacerlo democráticamente por sí mismos
Ahí aparece probablemente la parte más relevante de su intervención. Alsina reivindicó una posición incómoda para los tiempos actuales: la idea de que la radio no debe estar ni para “tumbar gobiernos” ni para ayudar a llegar al poder a quienes no consiguen hacerlo democráticamente por sí mismos. Es una frase que resume bastante bien el lugar ambiguo que el periodista ha ocupado durante años en el ecosistema mediático español: demasiado crítico para quienes exigen alineamientos absolutos y demasiado independiente para quienes entienden el periodismo como militancia.
También resulta revelador el modo en que Alsina desmontó las interpretaciones conspirativas surgidas tras el anuncio. En una época donde cualquier movimiento mediático se traduce automáticamente en clave política o empresarial, el periodista insistió en que su decisión fue estrictamente personal y acordada con Onda Cero meses atrás. Incluso ironizó sobre las teorías que hablaban de “depuración” interna o castigos empresariales. La explicación que ofreció fue mucho más sencilla y quizá por eso mismo más humana: después de 36 años de radio, quería madrugar menos y vivir un poco más.
La transición además deja una fotografía interesante de la nueva generación radiofónica. Rafa Latorre hereda un tramo extremadamente exigente tras consolidar La Brújula como uno de los programas nocturnos más sólidos del panorama actual. Y Marta García Aller representa una apuesta significativa por perfiles capaces de combinar análisis político, divulgación y mirada contemporánea. Onda Cero intenta así preservar continuidad sin renunciar a una cierta renovación de estilos y voces.
La radio generalista española ha vivido durante décadas apoyada en liderazgos muy fuertes y en grandes figuras capaces de convertir la actualidad en relato emocional diario
En el fondo, la decisión de Alsina plantea una cuestión incómoda para el periodismo español: cuánto tiempo puede sostenerse una conversación pública construida exclusivamente desde la tensión política permanente. La radio generalista española ha vivido durante décadas apoyada en liderazgos muy fuertes y en grandes figuras capaces de convertir la actualidad en relato emocional diario. Pero ese modelo también genera desgaste extremo, tanto para quienes hablan como para quienes escuchan.
Quizá por eso resulta especialmente significativa la reivindicación final que hizo Alsina de los segundos tramos, de los humoristas, los escritores, los divulgadores y los espacios donde la radio simplemente acompaña. Después de décadas dedicadas a interpretar el ruido político nacional, uno de los grandes referentes de la radio española parece haber llegado a una conclusión sencilla: tal vez la mejor manera de seguir haciendo radio sea recordar que la vida existe también fuera de la pelea constante. @mundiario