Es habitual invocarlo ante un mal trago, una enfermedad o un percance desagradable de la vida y el posible dolor que cause. Los más cercanos tratan de animar al sufridor para que olvide pronto y siga adelante. Se supone que esa palabra —“esperanza”— es un preciado talismán, capaz de remover un malhadado destino que se hubiera interpuesto entre las promesas de bienestar y una realidad desgraciada. Sin embargo, suele sonar tan vacía como cuando, en el cementerio, algunas personas saludan a los deudos del difunto diciendo: “lo siento”, sin que conste que sientan algo, cuando a menudo ha habido indiferencia o enemistad. También forma parte de las “formas sociales” —no reconocidas— que el tópico de la “esperanza” equivale, en muchas ocasiones, a decir a alguien: “fastídiate”, “lo tienes bien merecido”, lo tuyo “no tiene arreglo” o, por lo menos, “no cuentes conmigo” para arreglarlo. “Esto es lo que hay” y lindezas similares es lo que, en el Congreso y alrededores, también se ha oído estos días y, sobre todo, en la manifestación del “sábado 23 de mayo contra Pedro Sánchez en Madrid”, a la que el auto judicial contra Zapatero dio un aire especial.
En 1599, Shakespeare contaba en Julio César, a propósito de su muerte en las escaleras del Senado el 15.03.44 a. C., que había desoído a los augures de los fatídicos idus de marzo; por no guardarse de ellos, había muerto a manos de su protegido Bruto, al que, según William, había dicho: “¿Tú también, hijo mío?”. Entre los hechos y dichos de los humanos hay repetidas escenas similares, en que “la esperanza” no ha lugar ni tiempo para su cultivo. Virgilio, que tenía fama de prudente y tranquilo por la pasión por la vida bucólica que vierte en las Églogas —tal vez porque nunca había sido campesino—, consideraba que lo del fatum (el destino) tenía más peso en la vida que la protección de las divinidades del Olimpo. Según muestra en La Eneida, dependía de las decisiones que los humanos toman de continuo sobre lo que hacen y, también, sobre lo que rehúsan permitir que suceda. Esa era la esperanza a cuidar a diario para que el futuro fuera más certeramente esperanzador. No es probable que este poeta hubiera leído el Génesis bíblico, aunque hubiera sido escrito casi 600 años antes que él. No conocería, por tanto, la narración del “Sacrificio de Abraham” (Gen. 22, 1-19), en que Yahvé manda un ángel para que, después de haberle inducido a que sacrificara a su hijo, desistiera del intento. Los humanos no suelen tener tanta suerte esperanzadora; habitualmente, se mueven sin red, como los equilibristas de circo, sin posibilidad de enmendar acciones que provienen de decisiones repetidas incesantemente.
La larga duración carencial
En los hábitos de la política española posteriores a la Transición, no todo fueron enmiendas y cambios profundos. La perspectiva de la “larga duración” —de la que hablaban los fundadores de la escuela histórica de los Annales— es que no pocos quedaron más o menos soterrados. Si acontecimientos desesperadores como la huelga de Vitoria en 1976, la matanza de los abogados de Atocha en enero de 1978, la larga supervivencia de ETA o el 23F de 1981 pusieron en riesgo la Transición e hicieron que los corazones de mucha gente estuvieran en vilo repetidas veces, no es menos cierto que aquellas tensiones, aparte de frenar muchos impulsos de cambio no acometido, lograron que estilos del pasado siguieran impregnando muchas decisiones con un habitus siempre inquietante, que oculta prismas oscuros de esta democracia. Alguien recordaba estos días lo que dijo J. M.ª Ansón el 17.02.1998 en El País: “Para terminar con González, se rozó la estabilidad del Estado”. Era el mismo estilo del que siguen dando fe bastantes causas judiciales abiertas estos últimos años y es el que cumple el “caso Zapatero”. Sus parámetros siguen las costumbres rituales de procedimientos que venían de muy atrás; aprovechan ambigüedades interpretativas del bien y del mal, no bien tipificados en los estatutos que rigen la vida de los expresidentes, pero los escribas de la Justicia pueden interpretarlas pro domo sua, si “conviene”, sin contradecir el rigor de la “técnica jurídica”. Tantas veces ha ocurrido, y con tan diversa gradación, en una escala de lo micro y lo macrodemocrático, que ahora refuerza la idea de que es “natural”. Hablar, pues, de “esperanza” a ciudadanos y ciudadanas que, el 20N de 1975, rondaban los 30 años… es fantasioso. Solo indica que, cuando ya pasan de los 80, han de seguir confiando en lo inamovible.
Del lado de cierto confesionalismo, inclinado a arreglar la vida pública cual lobby soterrado, sin someterse al voto, su esperanza es una invitación a la paciencia para que todo siga como estaba. Los lectores de Peter Brown saben que, desde el platonismo al que Agustín de Hipona se adscribió en torno al año 386 d. C., después de haber estado adscrito a un maniqueísmo propicio a que el bien era pasivo, mientras el mal y las suciedades materiales reinaban, su doctrina del bien le dio pie para escribir La ciudad de Dios; había terminado su periplo de dudas y su “sabiduría” legó a la Iglesia católica una intransigente doctrina en que la combinación de la “gracia de Dios” y el “libre albedrío” dotaban al Populus Dei —traslación de la civitas romana, tan relevante como la del evergetismo y el patronazgo que conllevaba la “caridad” en un mundo peligroso como el de la Antigüedad tardía—. Esa armazón estructural sirvió a la Iglesia para acabar con “el paganismo” y reclamar su cultura de cristiandad. Las cartas y pastorales de Isidro Gomá y Tomás —recopiladas en 1939 en el libro Por Dios y la Patria— reiteran este lado político de la doctrina agustiniana que, propuesta por influyentes sectores neoconservadores a todo creyente —o no creyente— al que le inquiete que las cosas no vayan como debieran ir, justifica su posibilidad de intervenir desde donde pueda para cambiar su rumbo e imitar a Francisco Franco, que tuvo ese libro en su biblioteca de Meirás, firmado “con mucho afecto”.
Pese a oportunismos y trampas suspicaces, hay asuntos que cambian. Mark Twain, buen observador de cuanto acontecía a su alrededor, dejó escrito en Cartas desde la Tierra cómo, ante la aceptación de avances reconocidos por la sociedad, “lo primero que hace el púlpito, jubiloso, es proclamarlo obra de Dios y exhortar al pueblo a caer de rodillas y profesar su agradecimiento”. Esta esperanza —tan presente en la algarabía de eventos multitudinarios— sigue tan viva que puede arramplar con cuanto en la Transición se vislumbró con optimismo. @mundiario