Los caciques de antaño eran perfectamente reconocibles. Allá en mis años niños, en Acapulco conocí a uno que se llamaba Alfredo López Cisneros, pero se le reconocía más por su apodo, El “rey Lopitos”. Era un tipo feo como la noche que se perdió en coche, y lo era por fuera y por dentro. Se le daba el “verbo”, tenía facilidad de palabra, era un engatusador profesional. Se vendía como defensor de los más necesitados. Sus dominios se situaban en una colonia porteña llamada La Laja. Cuando hacía sus marchas echaba por delante a las mujeres y los niños, él en medio a caballo y atrás los hombres. Lo asesinaron a balazos el 4 de agosto de 1967.
En el pasado el cacique era un tipo de bigote, tenía hasta retrato oficial, tierras y sobre todo una privilegiada memoria. En sus lares no había que romperse la cabeza para identificarlo. Él mandaba y resolvía cuando había algún problema. Era una especie de “padrino” siciliano. El ente hacía “favores”, controlaba licencias, empleos, sanciones y por supuesto SILENCIOS. No había que romperse mucho la cabeza para entender el funcionamiento del “sistemita”. Yo te arreglo tu bronca y tú me pagas con lealtad. La corrupción se quedaba en casa, en decir en la comunidad que estaba bajo sus botas. Toda la ropa sucia se lavaba en casa.