Hace algunos años, después de muchas lecturas, reflexiones y dudas, concluí que debía creer en la existencia de Dios, no fue una decisión heredada ni producto de una costumbre familiar asumida sin cuestionamientos, llegó después de un largo proceso personal, en algún punto entendí que la razón explica muchas cosas, aunque existen preguntas que continúan habitando espacios donde la lógica por sí sola no alcanza a responderlo todo.
Tiempo después, durante mi examen de grado doctoral (historia que merece una columna aparte) ocurrió algo que fortaleció todavía más esa dimensión espiritual, me hice guadalupano, lo anterior, lo digo sin reservas, la Virgen de Guadalupe ocupa un lugar importante en mi corazón, más allá de las creencias personales, representa una de las expresiones culturales y espirituales más profundas de nuestro país, para millones de mexicanos constituye refugio, esperanza y acompañamiento en momentos de incertidumbre.
Sin embargo, también he aprendido algo que considero interesante, las creencias no se transmiten automáticamente de padres a hijos. Podemos compartir valores, principios, ejemplos y tradiciones, aunque la fe parece seguir caminos propios, ignoro si ello representa una ventaja o una desventaja para las nuevas generaciones, lo que sí sé es que cada persona construye sus propias convicciones y recorre sus propias búsquedas.
Cuando cursaba el doctorado en una facultad de filosofía tuve la necesidad de adquirir algunos libros, como suele ocurrir con quienes desarrollan cierta obsesión por la lectura, los ejemplares comenzaron a multiplicarse en libreros, escritorios y cualquier espacio disponible de la casa. Llegaron Hannah Arendt, Immanuel Kant, Luigi Ferrajoli y muchos otros autores que ayudaron a moldear mi manera de comprender el mundo, entre todos ellos apareció Baruch Spinoza. Y debo reconocer que aquello representó un pequeño problema doméstico.
Mi hijo mayor decidió leer a Spinoza, para quienes conocen la obra del filósofo neerlandés, comprenderán inmediatamente el motivo de mi comentario, no se trata precisamente de un autor caracterizado por fortalecer las concepciones religiosas tradicionales al contrario, es uno de esos pensadores que obligan a cuestionar, revisar y replantear muchas de las certezas que solemos dar por sentadas. Como padre sentí una mezcla curiosa de orgullo y preocupación. Orgullo porque un joven que lee filosofía siempre merece reconocimiento. Preocupación porque uno nunca sabe exactamente cuáles preguntas despertará un autor como Spinoza en una mente adolescente.
Por otra parte, mi esposa, a quien aprovecho para saludar con cariño, es profundamente católica, su fe forma parte de su vida cotidiana y de la manera en que entiende muchas cosas, este año correspondió a nuestro hijo realizar el sacramento de la confirmación, como parte de ese proceso debía confesarse previamente, todo parecía transcurrir con absoluta normalidad hasta que ocurrió un episodio que me hizo reflexionar más de lo que imaginaba.
La semana pasada, después de entrenar deporte, acudió a la iglesia vestido con ropa deportiva, llegó como llegan muchos adolescentes después de una jornada larga: cansado, apresurado y pensando en múltiples cosas al mismo tiempo, lo importante para él era cumplir con el requisito de confesarse para poder participar en la ceremonia de confirmación, según me relató posteriormente, el sacerdote lo reprendió por su forma de vestir y le informó que no podría confesarse en esas condiciones.
Cuando llegó a casa estaba verdaderamente molesto y no era un enojo pasajero ni una reacción impulsiva, había algo más profundo detrás de su disgusto, me explicó que durante meses les habían hablado acerca de la importancia de acompañar a las personas, de acercarlas a Dios, de construir comunidad y de recibir a quienes buscan participar en la vida religiosa, desde su perspectiva, resultaba difícil comprender cómo podía negársele una confesión precisamente cuando estaba intentando cumplir con aquello que se le había pedido.
Mientras lo escuchaba comprendí que observábamos el mismo acontecimiento desde posiciones completamente distintas, yo podía distinguir entre una institución y una persona, podía explicarle que un sacerdote no representa por sí mismo a toda la Iglesia, podía recordarle que existen miles de sacerdotes extraordinarios que dedican su vida al servicio de los demás, sin embargo, para un adolescente las instituciones suelen tener rostro, la escuela tiene el rostro de sus maestros, la justicia tiene el rostro de quienes la imparten, la política tiene el rostro de quienes gobiernan y la Iglesia tiene el rostro de quienes la representan. Cuando la experiencia es positiva, la institución gana legitimidad, pero cuando la experiencia es negativa, la institución entera corre el riesgo de cargar con las consecuencias.
Quizá por ello me parece preocupante que todavía existan personas que, desde espacios de autoridad religiosa, parezcan no comprender el enorme desafío que enfrentan las iglesias en el siglo XXI, las nuevas generaciones crecieron en un contexto completamente distinto al de sus padres y abuelos, son jóvenes acostumbrados a preguntar, cuestionar y exigir coherencia entre el discurso y las acciones, no aceptan fácilmente respuestas sustentadas exclusivamente en la autoridad. Buscan autenticidad y son particularmente sensibles frente a las contradicciones.
Por esa razón resulta lamentable que algunas experiencias terminen generando distanciamiento cuando podrían convertirse en oportunidades de acercamiento, los jóvenes rara vez abandonan espacios comunitarios después de sostener complejos debates teológicos, con frecuencia se alejan por experiencias humanas mucho más simples: una palabra desafortunada, una actitud autoritaria, una sensación de rechazo o un momento en el que perciben que no son bienvenidos.
Lo anterior no significa que las instituciones religiosas deban renunciar a sus normas o tradiciones, toda comunidad necesita reglas, la cuestión radica en la manera en que dichas reglas son comunicadas y aplicadas, existe una enorme diferencia entre orientar y excluir, existe una enorme diferencia entre enseñar y humillar, así como, existe una enorme diferencia entre corregir y alejar.
Con los años he aprendido que la Iglesia es mucho más grande que cualquiera de sus integrantes, así lo indica su historia, su dimensión espiritual y su contribución social trascienden ampliamente las conductas individuales de quienes circunstancialmente la representan, sin embargo, también he aprendido que los jóvenes aún están construyendo esa comprensión, para ellos, cada encuentro importa, cada conversación importa y cada gesto genera impacto.