Durante buena parte de su vida pública, Iván Cepeda construyó una imagen asociada a la denuncia, la memoria histórica y la defensa de las víctimas. Su nombre estuvo ligado a las luchas por los derechos humanos, a las investigaciones sobre el paramilitarismo y a una guerra sin cuartel con el expresidente Álvaro Uribe que marcó una época en Colombia. Por ello, su salto a la carrera presidencial constituye uno de los movimientos más significativos de la política colombiana en los últimos años.
Bajo el aval de la coalición oficialista del Pacto Histórico, y el respaldo de otros movimientos progresistas e izquierdistas bajo el paraguas de la Alianza por la Vida, el senador del Polo Democrático Alternativo ha quedado en segundo lugar en la primera vuelta de las elecciones, con más de nueve millones de votos y el 40,91 % de las papeletas. El balotaje se antoja complicado para el hijo del senador comunista asesinado Manuel Cepeda, toda vez que los sondeos vaticinaban una victoria clara dada la unidad de las izquierdas en torno a su candidatura. Pero la espectacular victoria del abogado penalista de ultraderecha, Abelardo de la Espriella, pone en aprietos las esperanzas de la coalición oficialista, que hasta ahora desconoce los resultados oficiales.
Cepeda nunca fue visto como un dirigente obsesionado con alcanzar la Presidencia. Su trayectoria parecía orientada hacia un papel distinto como conciencia crítica del sistema, vigilante permanente de los abusos del poder y portavoz de quienes históricamente habían quedado fuera de los grandes relatos oficiales. Sin embargo, el agotamiento del mandato de Gustavo Petro y la necesidad de la izquierda de encontrar una figura capaz de preservar sus primeras espadas terminaron situándolo en el centro de la escena electoral.
Su candidatura representa una paradoja política. El hombre que durante décadas cuestionó al Estado desde la oposición aspira ahora a dirigirlo. Quien dedicó gran parte de su carrera a exigir responsabilidades a las instituciones en medio del sangriento conflicto armado con los grupos paramilitares y las guerrillas de extrema izquierda busca convertirse en el máximo titular de ellas. Esa transformación explica buena parte del interés que despierta su figura.
Cepeda, metódico y eficiente
A diferencia de muchos líderes contemporáneos, Cepeda no parece construido para la política espectáculo. En una época dominada por las redes sociales, los mensajes instantáneos y la comunicación emocional, mantiene un estilo pausado, reflexivo y metódico. Sus intervenciones públicas suelen estar cuidadosamente preparadas, sus discursos escritos por él mismo y su lenguaje conserva una sobriedad poco habitual en las campañas modernas. Incluso fue el único candidato que no acudió a ninguno de los debates televisados en toda la campaña.
Para sus seguidores, esta característica representa una garantía de coherencia y seriedad. En cualquier caso, Cepeda ha decidido no modificar sustancialmente su forma de actuar. Su apuesta consiste en convencer al electorado de que la autenticidad puede ser una virtud política en tiempos de polarización.
La historia personal del candidato ayuda a comprender tanto su perfil como sus prioridades. El asesinato de su padre, el senador comunista Manuel Cepeda de la Unión Patriótica (UP), en 1994, marcó de forma irreversible su vida pública. Aquella tragedia no solo lo convirtió en víctima directa de la violencia política colombiana, sino que definió gran parte de su figura posterior con la defensa de los derechos humanos y la búsqueda de justicia.
La experiencia del exilio, la pérdida de familiares cercanos y la superación de dos cánceres terminaron moldeando una personalidad caracterizada por la disciplina y la resistencia. Quienes lo conocen destacan precisamente esa capacidad para mantenerse firme en causas de largo recorrido, incluso cuando los resultados parecen lejanos o inciertos. Ese rasgo explica también su prolongada confrontación con el uribismo. Durante más de una década, Cepeda se convirtió en uno de los principales críticos de Uribe y de los sectores conservadores que respaldaron su proyecto. Lo que comenzó como una denuncia sobre presuntos vínculos entre estructuras paramilitares y figuras del poder terminó derivando en uno de los procesos judiciales más relevantes de la historia reciente de Colombia.
La bestia negra de Uribe
La disputa trascendió lo jurídico para convertirse en un enfrentamiento simbólico entre dos visiones de país. Por un lado, la representada por Uribe, basada en la seguridad como eje prioritario de la acción estatal; y en contraposición está la defendida por Cepeda, centrada en el diálogo con los grupos armados irregulares, el reconocimiento de sus intereses y la transformación de las causas estructurales del conflicto.
No resulta casual que muchos analistas consideren que la elección presidencial enfrenta precisamente esos dos relatos históricos. La candidatura de Cepeda aparece como la expresión más acabada de una izquierda que busca consolidar el cambio político iniciado por Petro, mientras que sus adversarios intentan construir una alternativa basada en la crítica a las reformas impulsadas durante los últimos años.
Sin embargo, reducir a Cepeda a una simple continuidad del petrismo sería una simplificación excesiva. Aunque comparte buena parte de las prioridades sociales y económicas del actual Gobierno, existen diferencias importantes en el estilo político. Petro es más disoluto, mientras que Cepeda es más metódico.
El continuismo de Petro
En el plano ideológico, Cepeda sigue siendo una figura compleja, pero apoya el programa de la “paz total” y la Asamblea Nacional Constituyente para reescribir la Carta Magna. La oposición lo presentan con frecuencia como un representante de posiciones radicales debido a sus orígenes familiares y a su formación en la Bulgaria del antiguo bloque socialista.
Su propuesta política gira alrededor de tres grandes ejes: la profundización de las reformas sociales, la lucha contra la corrupción estructural que no se le dio a Petro durante su “Gobierno del cambio” y la búsqueda de soluciones negociadas para los conflictos armados que continúan afectando al país, en particular el Ejército de Liberación Nacional (ELN). En estos ámbitos plantea una continuidad clara respecto a las prioridades impulsadas durante el mandato del presidente, aunque insiste en que su eventual Ejecutivo tendría identidad propia.
El temor que despierta en sectores conservadores y del electorado de centro constituye otro elemento central de la campaña. Para muchos de sus críticos, su llegada a la Presidencia podría significar una profundización del proyecto impulsado por los sectores más radicalizados de la izquierda. Los militantes del Pacto Histórico, en cambio, ven en Cepeda la oportunidad de consolidar reformas que consideran todavía incompletas y avanzar hacia un modelo político que, a su juicio, será más incluyente. @mundiario