E.M. Cioran. Manía epistolar. Cartas escogidas 1930-1991 recoge una selección de las cartas que el pensador rumano (1911-1995) escribiera a lo largo de su vida. Aquí las encontramos dirigidas, sobre todo, a amigos más o menos relacionados con la literatura, a editores, a familiares, y hasta a una admiradora de la que se enamoró en la última parte de su vida. Es este un volumen particularmente sustancioso, pues aquí apenas encontramos esas cartas poco personales, de educada distancia, que nutren otros epistolarios, sino muchas expresiones íntimas que, de alguna forma, podrían constituir un diario. A partir de ellas sabemos cómo pensaba este hombre que, desde muy joven, se trasladó a vivir a París para siempre.
Si bien en todas las cartas deja su particular impronta, en ellas percibimos muchas contradicciones, muchos vaivenes en el sentimiento con respecto a su propia vida, a las cosas más importantes que lo rodean. En ellas no podía faltar la expresión de su característico pesimismo. Este se inicia de muy joven. Ya en 1932 dice: “Soy un hombre mal preparado para la vida”. Se considera incapaz de “cualquier forma de felicidad ?sin tomar el término en su acepción sentimental?, es realmente singular”. En 1938, define esa atracción que siente por lo desesperanzado: “Para mí, la vida solo tiene sentido como sed de desdicha, por sus delicias melancólicas y por esas voluptuosidades que mezclan el éxtasis con la destrucción”. Algo que amplía años después: “Ya te dije un día, hace mucho, que eres un argumento a favor del sentido de la vida, sentido que yo, por mi parte, solo he encontrado en los lamentos de la inteligencia, en el desastre lloroso de la mente”. Cioran vive despreocupado de la sociedad en la que está insertado, apartado en su mundo. Le dice a su hermano: “Aparte de la poesía, la metafísica y la mística, nada tiene valor. Toda participación en el ajetreo contemporáneo es tiempo perdido y derroche inútil”. Pero no parece que sea feliz: “Puedo decirlo con orgullo: en materia de estar descontento con uno mismo no me gana nadie. ¿Es un drama espiritual, una tara, o las dos cosas a la vez?”.
Otro de los temas que no podía faltar es el de la posible solución del suicidio: “Mi querido Arsavir: tu carta, de una desesperación tan total, traduce tan bien el estado en que acostumbro a vivir que habría podido escribirla yo mismo. Creo, francamente, que el suicidio es la única solución. Y si no me mato es porque, una vez en posesión de esa certeza, el hecho de seguir “perseverando en el ser” cobra una dimensión nueva, inesperada; la de una paradoja constante, la de una provocación, si quieres”. Ya en 1938, exclamaba: “¡Y pensar que he llegado a disuadir a otros del suicidio, estando yo más cerca de él que nunca!, ¡qué digo, estando más allá!”.
La religión no es algo a lo que pueda agarrase. Su padre fue pope de la iglesia ortodoxa. En 1957, le escribe a François Mauriac: “La dulce mediocridad de los Evangelios: me reprocha, con razón, estas palabras. ¿Pero qué otras habría podido escribir el hijo de un pope? Desde que empecé a definirme, lo hice por reacción contra las verdades de mi padre, contra el cristianismo”. Y en 1964: “Es prácticamente imposible hablar de Dios cuando no eres ni creyente ni descreído”.
Aunque durante sus primeras décadas en París parece que tuvo mucha vida social, su visión del ser humano no era precisamente muy generosa: “Deambulo de la mañana a la noche entre emigrados sin interés, imbéciles, y voy de café en café, en un peregrinaje absurdo afinado en la escala de la demencia”. Años más tarde diría: “Siento que ya no puedo tener amigos, que ya no puedo tener a nadie”. Aunque, en su juventud: “¡Y pensar que sigo cortejando a las mujeres, hablándoles de matrimonio de enamoriscarme y de desenamoriscarme!”.
Su objetivo en la vida será vivir en total libertad, y lo cumplirá hasta el final: “En cuanto a lo que hago, no tengo la menor idea. Creo que no hago nada. Vivo en una buhardilla, como en un comedor estudiantil, no tengo oficio (y como es natural no gano nada). No puedo considerar hostil esta suerte que me ha permitido vivir hasta los treinta y cinco años libremente y al margen de la sociedad”. Pero esa libertad lleva implícita la pobreza. En 1974 escribe: “No tengo derecho a pensión, porque mis libros me han rentado muy poco… para colmo quieren desahuciarme de la casa donde vivo”. Pero, en definitiva: “He tenido la vida que he querido: libre, sin las ataduras de la profesión, sin humillaciones amargas ni preocupaciones mezquinas. Una vida casi de ensueño, una vida ociosa como hay pocas en este siglo”. Y es que: “París es el lugar ideal para desperdiciar la vida”.
Se acuerda poco de Rumanía, aunque tiene contactos con algunos paisanos. De sus padres, le comenta a un amigo: “¡Qué extraño es esto de tener unos padres honestos! Me he formado por reacción contra sus virtudes, he practicado la impertinencia y cultivado el cinismo por odio a su modestia”. Su hermano apoya a la Guardia de Hierro ?un movimiento pronazi?, como lo hiciera en su juventud el propio Emil. Ante la detención de su hermano y la condena de cárcel, se lamenta en 1949: “Es lamentable que no haya comprendido la necesidad de apartarse de un movimiento que solo ha creado desdichados”. Cuando por fin cae Ceaucescu: “Los acontecimientos de Rumanía, al principio, me entusiasmaron, pero ya no”.
También, por supuesto, habla de su actividad literaria. De uno de sus primeros libros, dice: “El primer editor al que se lo presenté lo rechazó por demasiado pesimista. Pesimista es, en efecto; pero habría podido serlo más”. A Henry Miller le dice: “He conocido como usted la poesía de los burdeles, las epilepsias interiores, el acoso de la miseria”. Y no se corta a la hora de dar sus opiniones. Le piden un prólogo para una edición de la obra de Valéry y este es el resultado: “Mi texto tiene que servir de prólogo, y un prólogo debe ser en principio elogioso; pues bien, yo he vapuleado al poeta”. Tampoco era amigo de Sartre. Sobre el libro que le dedica a Baudelaire, dice: “Es una infamia. Nunca pude leer ese libro: tres veces lo intenté y tres veces lo arrojé, indignado y asqueado”. Pero también es crítico consigo mismo: “Ese pobre Breviario de podredumbre…”. Y no le gustaba ser un escritor exitoso. Casi nunca lo fue, pero con Desgarradura todo el mundo se pone a hablar de su libro “que probablemente no es tan bueno como los otros”. Le dice al editor que suspenda la publicidad. No le gusta ese “alboroto” que otros escritores desean: “Me entran ganas de no escribir y no publicar más”. Y es que: “Con solo ver a un “escritor” me entran ganas de vomitar”.
A Cioran no le gusta ser considerado un filósofo: “No me planteo hacer filosofía: describo sensaciones, experiencias, de una forma más o menos abstracta”. “Ya no leo a los filósofos; en cambio, devoro, como los viejos, sobre todo biografía y memorias”. Cuando le reprochan el abuso de la provocación y de la paradoja: “Hay algo cierto en eso, pero durante toda mi vida he padecido un miedo incurable: miedo al hastío, miedo a sucumbir a la dictadura de las evidencias”.
A sus setenta años conoce a Friedgard Thoma, 35 años menor, admiradora de su obra. Se ven y se escriben: “Usted se asustó un poco cuando hablé de una inclinación “perversa” por su cuerpo. Perversa no era la palabra adecuada, quería decir picante”. “No entiendo qué es lo que sigo buscando en este mundo donde la felicidad me hace aún más desdichado que la desdicha. Usted se ha vuelto tan importante para mí… Me gustaría refugiarme con usted en una isla desierta y llorar todo el día”. “Acabo de releer su carta impregnada de poesía, y he llorado (¡lloro tanto desde que la conozco!)”. Parece que fue un amor tardío, compatible con su larga vida matrimonial con Simone.
Por esa época dice: “Lo que tenía que decir, mal que bien, lo he dicho; ¿para qué insistir? Hay que mirar las cosas a la cara: soy viejo, y eso es una humillación constante”. Es este un epistolario particularmente valioso, y es que para Cioran las cartas eran muy importantes: “Escribir, para mí, era escribir cartas. Era una auténtica pasión”. @mundiario