Antón Chéjov fue el gran reformador del teatro.
Gracias a él, el arte escénico se desprendió de los monólogos grandilocuentes y de los giros de fatalidad dictados por los dioses que se arrastraban desde la dramaturgia helénica.
El ruso le apostó a un tono más natural, a hablar de las cosas comunes para abordar los temas complejos; a olvidarnos de las vicisitudes del Olimpo para concentrarnos en el drama del hombre ordinario.