Probablemente, la mejor exposición literaria del sentimiento de culpa que padecen millones de personas que practican una religión se encuentra en el libro “El proceso”, de Franz Kafka. En esta obra, un hombre despierta una mañana para descubrir que está siendo juzgado por un crimen desconocido que nunca le es revelado. La situación le provoca una constante opresión y una angustia asfixiante.
El mundo inconfundible de Franz Kafka dio origen al adjetivo kafkiano, que sirve para describir aquellas situaciones absurdas de la existencia que oprimen la vida humana. Lo kafkiano es la negación de la libertad: el deseo insatisfecho bajo el peso del lastre de la culpa que doblega la existencia. Así, el ciudadano vive pendiente del veredicto de su juicio y de la tortura psicológica que ello implica, incapaz de defenderse ante una supuesta culpabilidad, siempre esperando la sentencia por un delito desconocido.
Algunas religiones monoteístas han sembrado y administrado, durante siglos, ese sentimiento de culpa cuya manipulación ha resultado altamente eficaz para dominar a poblaciones enteras. No hay nada más fácil de controlar que a una persona a la que se le ha insertado, desde el nacimiento, la idea de que es culpable por el simple hecho de existir. De ahí la repetición ritual que durante siglos ha resonado en templos y misales: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa…”.
En Occidente, de acuerdo con la tradición católica, se es culpable de pensamiento, palabra, obra y omisión; es decir, resulta prácticamente imposible librarse de esa pavorosa culpa. Quizá muchas personas, como Kafka, sienten ese peso sobre sus hombros y por ello buscan consuelos intelectuales en la religión, sin advertir que fue precisamente ella la que sembró esa culpabilidad que habrán de cargar desde el nacimiento hasta la muerte.
Apenas con la luz de la existencia, en el catolicismo se nace culpable: el terrible pecado original. Los nuevos seres son ya reos de culpa y, al morir, se afirma que habrán de ser juzgados. Podría imaginarse que en la portada de ese expediente metafísico se encuentra estampado un sello rojo que dice: “Culpable desde el nacimiento”. ¡Increíble ficción!
Tal tribunal resulta contrario a los principios jurídicos universales, donde prevalece la presunción de inocencia hasta que se demuestre lo contrario. En cambio, en esta lógica moral el individuo comparece ante la vida ya condenado. Lo kafkiano reaparece entonces como una metáfora perfecta: el deseo humano sometido al peso permanente de una culpa que oprime y condiciona la existencia.
Sin duda, uno de los sentimientos de culpa más profundamente arraigados en la cultura occidental es el vinculado a la sexualidad, que, según Freud, constituye una pulsión fundamental e irrenunciable. “Quien controle las pulsiones del ser humano y los sentimientos de culpa, controla al individuo”, escribió Erich Fromm
La conciencia sexual de Occidente fue moldeada moral y religiosamente por San Agustín. Padre de la lúgubre teoría del pecado original, y autor del intenso sentimiento de culpa entorno al placer sexual. La teóloga alemana, Uta Ranke sintetizó con crudeza esta herencia de san Agustín: “mil quinientos años de terror en occidente”.
El resultado ha sido que innumerables personas vivan existencias atormentadas y disfuncionales, llenas de prejuicios. Arrastran sentimientos de culpa que las mantienen frustradas, incapaces de alcanzar una vida plena bajo el peso de una tensión moral permanente: la que se produce entre las pulsiones naturales y el rígido “deber ser” impuesto por la moral religiosa.
Quien lea con atención “El proceso” advertirá que Kafka alude precisamente a esa culpa moral de raíz religiosa: el pecado original, la vieja culpa de la existencia. Nada resulta más kafkiano que ser culpable por el solo hecho de existir, por haber nacido, frente al poder insondable de lo desconocido: la muerte.
Estimado lector: tal vez la vida no le exige tanto; quizá sólo le pide ser feliz. No se angustie por sus errores e imperfecciones; son inevitables porque simplemente somos humanos. Deje a un lado esos sentimientos de culpa que lo asfixian y disfrute su vida. Usted no es culpable, salvo de no intentar ser feliz.
Disfrute sus vacaciones de Semana Santa y entierre, de una vez por todas, esa vieja culpa de la humanidad.
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