LA IGLESIA COMO SEPULTURA
Durante los primeros años de vida de la villa de Santiago del Saltillo y del pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, los muertos descansaban muy cerca de donde los vivos rezaban. Enterrar a los difuntos en los atrios de las iglesias constituía una expresión de fe, una manera de mantener a los fallecidos cerca de lo sagrado.
Esta práctica fue heredada del mundo medieval europeo y se arraigó en el Nuevo Mundo desde la llegada de los colonizadores ibéricos. Bajo el suelo de los templos católicos se guardaban los restos de españoles, tlaxcaltecas, criollos, mestizos, extranjeros y nativos de la región. A la hora de la muerte no existía distinción de raza, aunque sí había, una clara preferencia por la ubicación del entierro. La Iglesia, especialista ancestral en la recaudación de fondos, marcaba el precio.