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Mundiario 07 Jun, 2026 23:30

"Me encanta España, pero no como himno que solo se comparte cuando luce una estrella La Roja"

Con la publicación de Diario de un expañol (Mundiediciones), Javier González Méndez ofrece una mirada personal, crítica e irónica sobre la España contemporánea. A través de una recopilación de artículos y reflexiones, el autor aborda cuestiones como la identidad nacional, la democracia, la polarización política, el papel de los medios de comunicación y los cambios sociales de las últimas décadas. En esta entrevista, comparte las motivaciones que dieron origen al libro y profundiza en algunas de las ideas que atraviesan sus páginas.

— ¿Te gusta España?

— Me encanta España, ese pedazo de tierra cuya silueta se asemeja a una piel de toro, pero no como patria en plan último recurso para canallas; ni con banderas prolíficas en envolver a los muertos; ni con un himno que solo se comparte cuando luce una estrella en La Roja; ni como un rentable macro-resort para decenas de millones de turistas, con los que saca pecho El Estado, que me recuerdan a un grafiti pintado en una pared los días felices de la transición: Millones de moscas no pueden equivocarse, ¡coma mierda…! Ahora vivo en España sin vivir en ella y, tan alta vida esperaba, in illo témpore, que se me ha ido convirtiendo en una cárcel del alma.

— ¿Qué significa sentirse español?

— Solo puedo responder a lo que significaría si llegase a ser posible: libertad, convivencia, educación, cultura, igualdad de oportunidades, alternancias no traumáticas, criterios propios, desdén a demagogos, vacunas anti-envidia, oídos sordos a palabras necias, abolición de esclavitudes ideológicas, fair play electoral y todo eso que, legislatura a legislatura, por acción u omisión, nos ha ido conduciendo hacia un diagnóstico que no ofrece síntomas de ser reversible: Anemia de Soberanía.

— ¿Qué va a encontrar el lector en Diario de un expañol?

— Un hombre viejo y cansado que, tras beberse sorbo a sorbo su pasado, compara una transición en la que las españolas y los españoles acudíamos a las urnas a votar por la democracia, la de Suárez, la de Felipe, y contempla ahora, tras Aznar, Zapatero, Rajoy y el actual inquilino de Moncloa, a un pueblo acudiendo a las urnas a votarse los unos contra los otros y sentirse, el día después, absurdos vencedores y absurdos vencidos ¡Con su pan y sus votos se lo coman!

— ¿Qué aspectos de la España actual te preocupan más?

El pueblo, lo que a partir de haber puesto el punto y final a este libro considero ya ex compatriotas, en cuyas manos no estoy dispuesto a encomendar mi espíritu ¡Cansa un huevo, con perdón, hacer de Abel en pleno auge de un cainismo tercermundista!

— ¿Has tenido libertad para verter tus opiniones en este compendio de artículos? ¿O te has censurado en algún momento?

— Me han invitado amablemente a abandonar sucesivos medios de comunicación y páginas de opinión, en tantas ocasiones, que me resulta extremadamente imposible recordar una sola vez en el que, un artículo firmado por mí apostase por el pájaro en mano en vez de por ciento volando. Cuando a uno le requieren su opinión, personalmente debe ser sagrada, sin conservantes, ni colorantes, ni el dichoso Zero ese que prolifera en los supermercados para tentación de consumidores con hábitos saludables. En MUNDIARIO escribo con la jaula abierta de par en par.

— ¿Qué temas consideras que están siendo mal interpretados o insuficientemente debatidos en el espacio público?

— Democracia, democracia, más democracia. Sigue siendo el peor de los sistemas de gobierno a excepción de todos los demás. Estamos obsesionados, y con razón, con la ecología, pero se pasa olímpicamente de la ecopolítica. La civilización no duerme pensando en la posibilidad de que nos falte el oxígeno, pero sigue durmiendo a pierna suelta ante los indicios de que nos pueda faltar la democracia: ese instrumento de derechos y deberes, todavía en proceso y a veces en retroceso, con capacidad de abolir la esclavitud, progresar en la desigualdad, amainar la intolerancia, redimir a los débiles, hacer recapacitar a los poderosos, derribar muros, abrir fronteras, resistir un Éxodo en el que no se aprecia el final, no solo a tierras prometidas, sino a un planeta prometido. Sin democracia, por supuesto, plena, no hay paraíso…

— ¿Qué papel desempeñan hoy los medios de comunicación en la construcción de los relatos nacionales?

— A mis colegas, todavía en acto de servicio, me limitaría a ponerles en sus respectivas redacciones, estudios de radio y platos de televisión, una canción como única banda sonora: no soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir y ser feliz (o sea, contento con uno mismo), por mucho que jefes, gargantas profundas y solemnes fuentes, generalmente interesadas, frunzan sus ceños, es su carné de identidad. Un periodista a veces nace, a veces se hace, pero en ningún caso debería mantener cordones umbilicales ideológicos, patológicos o disculpas de esas que les hacen aferrarse a sus puestos de trabajo, sus nóminas, cuando ellos proponen y los olimpos disponen.

— ¿La polarización es una enfermedad pasajera o una característica estructural de nuestro tiempo?

— La polarización es una evocación de izquierdas y derechas a los fantasmas del pasado sobre güijas de papel periódico, ondas de radio e imágenes de televisión. Solo la casualidad de que hayan coincidido en el tiempo distintas y distantes conjuras de necios de toda edad, condición, lugar de nacimiento, número y género, puede hacernos perder nuestras vidas ante un MURO artificial en los que, progresistas, conservadores, separatistas, oportunistas y sus respectivos hooligan, plagian La vida de Pedro, perdón, de Brian, copyright de los Monty Python.

— ¿Escribes pensando en convencer, provocar o hacer reflexionar?

— En lo que ese refiere a convencer, en España, asumo a rajatabla el axioma de Ortega: El trabajo inútil conduce a la melancolía. Provocar, por otra parte, dejaría el noble arte de expresar opiniones a la altura de esos francotiradores en el ciberespacio con sus guerritas de las galaxias, a ver quién la suelta más grande. En cuanto a lo de hacer reflexionar, me ocurre como a Unamuno con el asunto ese de los inventos: ¡Qué reflexionen ellos…! Ellas y ellos, los hipotéticos lectores, que ya son mayorcitos para extraer sus propias conclusiones. Escribo, fundamentalmente, intentado no traicionarme a mí mismo y haciendo caso omiso al bueno de Larra, para el que escribir en España era llorar, en vez de convertirlo en una fórmula de poder esbozar, cada punto y final, una sonrisa.

— ¿Qué importancia tiene la ironía en tu manera de narrar la realidad?

— ¿Qué sería de la realidad sin unas gotas de ironía, de retranca? ¿Qué sería un café sin unas gotas de aguardiente; una Liga sin un Clásico; el Marxismo sin los Hermanos Marx; un Prestige sin los hilillos de Rajoy; un Presidente sin cambios de opinión; una Botella chapurreando inglés; un Óscar Puente sin Twits clasificados X; una Ayuso en grave peligro en las playas de la Riviera Malla y así, ¿eh?

— Si tuvieras que añadir un capítulo mañana mismo, ¿sobre qué trataría?

— Sobre la nefasta evolución de la cultura de la muerte. Tras millones de años, con millones de millones de seres humanos naciendo, viviendo y muriendo, todavía se vive en el siglo XXI, en España, por ejemplo, perdiendo miles y miles de horas de vida con el doble de tiempo desperdiciado con el miedo a la muerte. Defiendo la tesis de que la vida nos habla, pero no la escuchamos. Nos repite una y otra vez: la muerte (por otro lado inexorable), es curiosamente el supremo factor que le da sentido a la vida. Mientras no hagamos las paces con La Parca, va a resultar muy difícil dejar de ser muertos vivientes.

— ¿Qué conversación le gustaría que este libro provocara entre lectores de distintas generaciones?

— En principio me conformaría con que provocara una conversación, que no es poca cosa en este país en el que, últimamente, solo se discute. Con eso, me daría con un canto en los dientes. Lo que yo ofrezco nos es un Manual de esos que, últimamente, perjudican seriamente la salud colectiva del país de mis padres y mis hijas. Este diario es Deliberiano, o sea, a lo Don Miguel, y trata de las razones y sensaciones que me han incitado a ser un español, un gallego emocionalmente errante hacia ningún lugar. @mundiario

 

 

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