La relación entre Europa y China atraviesa uno de sus momentos más delicados desde la apertura económica que convirtió al gigante asiático en uno de los principales socios comerciales del continente. Lo que durante años fue presentado como una relación basada en la interdependencia económica comienza ahora a ser reinterpretado desde Bruselas como una vulnerabilidad estratégica.
En ese contexto, el presidente del Partido Popular Europeo, Manfred Weber, ha elevado el tono y ha reclamado un endurecimiento sustancial de la política comunitaria hacia Pekín. “Europa necesita abrir una nueva etapa en su relación con China”, advirtió Manfred Weber, presidente del PPE en el Parlamento Europeo, en declaraciones al Bild am Sonntag.
La frase resume un cambio profundo que ya no afecta únicamente a sectores industriales concretos, sino a la visión geopolítica europea sobre China. Cuando Weber afirma que “La era de la ingenuidad ha terminado”, no habla solamente de comercio. Habla de dependencia tecnológica, de seguridad económica y del temor creciente a que Europa pierda capacidad productiva frente a un competidor que combina músculo industrial, apoyo estatal masivo y una enorme capacidad exportadora.
El núcleo de la preocupación europea se concentra en un dato que Bruselas considera cada vez más problemático: el enorme desequilibrio comercial con China. Weber sitúa ese déficit en cifras cercanas a los mil millones de euros diarios y considera que la situación amenaza directamente a sectores estratégicos europeos. “O respondemos, o China paralizará parte de nuestra industria. La UE debe utilizar ahora sus instrumentos de política comercial con determinación y sin titubeos”.
La preocupación no surge de forma aislada. Desde hace meses, varios gobiernos europeos, especialmente Francia, presionan para adoptar medidas más agresivas frente a lo que consideran una estrategia china de sobreproducción y exportaciones subvencionadas que hunden precios internacionales. El temor principal es que industrias clave —automoción, energías renovables, baterías, química o tecnología avanzada— pierdan competitividad de forma irreversible.
El ejemplo más visible de esta nueva estrategia son los aranceles aprobados por Bruselas contra los vehículos eléctricos chinos. Hasta hace pocos años, medidas de este tipo habrían sido consideradas en extremo proteccionistas dentro de las instituciones europeas. Hoy se presentan como herramientas defensivas. Weber considera que este tipo de instrumentos no deben ser excepcionales, sino convertirse en parte habitual del arsenal económico europeo.
El debate va mucho más allá de los aranceles. Weber también cuestiona la participación indirecta de empresas chinas en proyectos financiados con dinero europeo fuera de las fronteras comunitarias. El caso de los autobuses para Senegal ha servido como detonante político. “La ayuda europea al desarrollo financiada por los contribuyentes no debe beneficiar a empresas chinas”.
Europa dona o presta fondos de desarrollo para que Senegal compre autobuses. En lugar de comprar vehículos de marcas europeas, el proyecto termina contratando o adquiriendo autobuses fabricados por empresas chinas a precios más bajos. Su argumento es sencillo: si Europa financia proyectos internacionales, esos recursos deberían reforzar la competitividad europea y no alimentar la expansión industrial china.
Otro elemento especialmente sensible aparece en el terreno tecnológico. La propuesta de excluir a China del desarrollo europeo del 6G refleja un cambio estructural en la forma de entender la autonomía estratégica. Tras las tensiones generadas alrededor del 5G, la inteligencia artificial o los semiconductores, la UE parece avanzar hacia una lógica donde determinadas tecnologías dejan de ser únicamente mercados para convertirse en cuestiones de seguridad.
Sin embargo, endurecer la postura también implica asumir riesgos importantes. Pekín conserva herramientas de presión especialmente poderosas. Las tierras raras, esenciales para fabricar automóviles eléctricos, turbinas, sistemas militares, baterías y productos electrónicos, representan quizá el principal punto débil europeo. Una restricción de exportaciones tendría consecuencias inmediatas, especialmente para Alemania y para la industria manufacturera continental.
Además, Europa afronta una contradicción estructural difícil de resolver. Busca reducir dependencias respecto a China mientras mantiene una elevada exposición económica al mercado chino. Por eso Weber insiste en convertir el acceso al mercado europeo en herramienta de negociación. “China nos necesita”, afirmó, defendiendo que el tamaño del mercado único europeo sigue siendo una ventaja competitiva que Bruselas no ha explotado suficientemente.
La cuestión de fondo que subyace tras estas declaraciones es si Europa está entrando definitivamente en una fase de desglobalización selectiva. No se trata de romper relaciones con China, sino de redefinirlas bajo criterios más defensivos y estratégicos. La Comisión Europea ya ha dejado entrever esa filosofía al afirmar recientemente que la situación actual de las relaciones comerciales y de inversión con China “no es sostenible”.
La cumbre europea del 18 de junio puede convertirse en un punto de inflexión. Sobre la mesa no solo estarán aranceles o déficits comerciales. También se discutirá hasta qué punto la Unión Europea está dispuesta a asumir costes económicos inmediatos para preservar capacidad industrial, autonomía tecnológica y margen geopolítico a largo plazo. @mundiario