Durante semanas, los Knicks parecían haber encontrado la fórmula perfecta.
Ganaban de cualquier manera: descansados, bajo presión, en casa, de visitantes, por poco y por mucho. Trece victorias consecutivas en playoffs habían convertido a Nueva York en una máquina que parecía avanzar sin obstáculos rumbo al campeonato.
Hasta que apareció San Antonio.
La victoria de los Spurs por 115-111 en el tercer juego de las Finales no sólo evitó una posible barrida. También recordó algo que suele olvidarse cuando un equipo entra en estado de gracia: nadie es invencible.