Acabó la temporada futbolística y, con ella, las alegrías, las decepciones, los ascensos soñados y los descensos temidos. Pero cuando el balón deja de rodar queda tiempo para reflexionar sobre algunas cosas que ocurrieron en los estadios y que merecen una reflexión.
Una de ellas fue la peculiar implantación de rigurosos controles de alcoholemia realizados por la Policía Nacional, con apoyo de la Policía Local, en Riazor antes de un de partido decisivo en la recta final de la temporada que dejaron fuera del estadio a aficionados que dieron positivo con cifras casi testimoniales.
La actuación policial estuvo acompañada de medidas y formas que muchos consideraron desproporcionadas para el ambiente festivo que se vivía en los alrededores del estadio. La presencia de antidisturbios, las porras visibles, la confiscación de bombos o la rigurosidad de los controles dejaron entre numerosos aficionados la impresión de que se estaba controlando un partido de alto riesgo cuando oficialmente no lo era.
Es verdad que la normativa contra la violencia en el deporte permite actuar sobre el consumo de alcohol. Legalmente, por tanto, la actuación tiene respaldo, pero socialmente el asunto es más discutible porque una cosa es impedir el acceso a un aficionado ebrio y otra muy distinta convertir la entrada al fútbol en algo parecido al embarque de un vuelo internacional. A este paso, cualquier día obligarán a quitar el cinturón, dejar monedas y reloj en una bandeja y enseñar el bocadillo al agente de seguridad.
Nadie discute la necesidad de mantener la seguridad en los estadios, ni de actuar contra las conductas violentas excitadas por el alcohol. Pero aplicar la tolerancia cero no distingue entre el aficionado conflictivo y el aficionado normal que simplemente participa de una costumbre tan antigua como el propio fútbol como es reunirse con los amigos antes del partido tomando una cerveza y una tapa de tortilla. Eso en A Coruña, donde la depormanía se vive con intensidad, pero también con normalidad, es lo que hacen la mayoría de los aficionados que jamás crearon problema alguno en el transcurso de los partidos.
Por otra parte, alrededor del estadio existe toda una economía en el sector de la hostelería que en las horas previas al fútbol salva muchas cuentas de resultados de los bares y restaurantes, llenos antes del partido. Forman parte del ambiente, de la identidad de la jornada y sostienen una parte nada despreciable de la economía local.
Por tanto, entre la barra libre y la ley seca existe un término medio que representa la inmensa mayoría de los aficionados que acuden al fútbol. Porque si para entrar en el estadio hay que soplar como si uno fuese a pilotar un avión, más de uno acabará pensando que lo único verdaderamente ilegal en el fútbol coruñés es intentar divertirse un poco antes del partido. @mundiario