Hoy se inaugura el Mundial 2026. No tengo duda de que llegaremos a la final y arrasaremos con una goliza épica, digna de los Supercampeones (parpadeen los que recordamos esa gran serie). Dentro de tres semanas nos entregan la Copa Jules Rimet. Los jugadores y la Presidenta la cargarán con éxtasis. Se la pasa de manos a la jefa de gobierno. En las siguiente semanas habrá una gira por todo el país para que el pueblo pueda admirarla y, en una de esas, hasta emitirán en el nuevo billete de 2000 pesos.
Sin embargo, tras la fiesta nos alcanzará la noche, y después de la borrachera bellísima que todos nos habremos de poner, empezará a colarse esa angustia y ansiedad de cuando nos damos cuenta de que después de unos días de fiesta no hemos hecho ni nuestros deberes ni hemos avisado a casa que no llegaremos, o que sumaremos una falta injustificada más en el trabajo. Nos encontraremos con empresas formales e informales cerradas para siempre, con restaurantes que se habrán hecho famosos, no por el ambiente sino porque, como ha sucedido desde que inicio el sexenio, alguna funcionaria presumirá que les confiscó su pérgola por haberse atrevido a atender en las banquetas (Dios no quiera que nos parezcamos a Madrid, que está atascado de bares y cafés en las calles, aunque no de manera fija, eso es cierto). De los millones de visitantes que esperábamos, pues nos habrán fallado los cálculos y vino solo el 40%. Si tenemos suerte, seguiremos con el déficit de solo 63,000 empleos netos perdidos y no más.
Hasta aquí el sarcasmo que en lo personal se me hace un recurso muy barato y chafa para los que de verdad nos gusta la palabra (exceptuando a San Jorge Ibargüengoitia). Prefiero ser ingenuo y directo. No olvidemos nunca cuál es el fin real de las cosas. Todos tenemos chamba y responsabilidad compartida. El Gobierno Federal tiene la responsabilidad de resolver los conflictos con los maestros. El de la Ciudad de México tiene la responsabilidad de proteger a los suyos con amor e inteligencia. Esto significa apoyar realmente a todos los comercios que están siendo afectados por las manifestaciones, y así como logramos superar el mito de que a mayor salario mínimo mayor inflación, tenemos que superar el mito de que si se condonan impuestos, la recaudación disminuirá.
Los empresarios tenemos la obligación de dar el mejor servicio y ser responsables con nuestras finanzas, y los ciudadanos en general de ser amables como siempre y de estar alertas frente a indicios de trata de personas o prostitución infantil. El Mundial terminará el 19 de julio y habrá otro dentro de cuatro años, pero cada cortina de un comercio que cierre, lo más probable es que no vuelva a abrir jamás. Prefiero mil veces que los comercios no cierren, que los trabajos se mantengan, que las banquetas estén ocupadas por familias, divirtiéndose y consumiendo, sobre el sueño dorado de ganar la copa mundial. Para eso, repito, tenemos a los Supercampeones.