El silbatazo inicial finalmente llegó. El Estadio Ciudad de México se convirtió este día en el corazón del planeta futbol y marcó el inicio oficial de la Copa Mundial 2026, un acontecimiento que millones de mexicanos esperaron durante años y que se desarrolló en medio de un ambiente de celebración, entusiasmo y orgullo nacional.
Horas antes de la inauguración, la CNTE había anunciado movilizaciones con la intención de acercarse a la sede mundialista. Sin embargo, los intentos por llevar la protesta a un escenario de alcance internacional terminaron siendo eclipsados por una realidad mucho más poderosa: la emoción colectiva de un país que volvió a colocarse en el centro de la conversación mundial gracias al futbol.
Y es que el futbol posee una fuerza social difícil de igualar. Durante unas horas desaparecen las diferencias políticas, ideológicas y económicas. La misma camiseta es defendida por millones de personas que quizá no coinciden en nada más. El futbol no resuelve los problemas nacionales, pero sí recuerda que existe algo capaz de unir a una sociedad acostumbrada a debatirlo todo.
Por eso el Mundial no pertenece a ningún partido, gobierno o movimiento. Pertenece a la gente. A las familias que se reúnen frente al televisor, a quienes ahorraron durante años para asistir a un partido y a quienes viven cada jugada como si fuera propia.
La inauguración de este Mundial fue, sobre todo, una celebración de esa identidad compartida. México mostró al mundo su capacidad de organización, su pasión deportiva y su hospitalidad. La protesta quedó en segundo plano. El balón, una vez más, ocupó el centro de la escena.
Porque cuando rueda la pelota en una Copa del Mundo, las consignas pierden volumen y los goles adquieren protagonismo. Y afortunadamente, la gran fiesta del futbol demostró que sigue siendo mucho más grande que cualquier intento de politizarla.