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Mundiario 11 Jun, 2026 05:26

Un estudio revela que bacterias y virus cooperaron en el origen de las células

El origen de la vida compleja en la Tierra ya no puede explicarse únicamente como una historia de supervivencia del más fuerte. Cada vez con más claridad, la ciencia apunta en otra dirección: la cooperación, la simbiosis y el intercambio genético entre microorganismos fueron las verdaderas palancas que dieron forma a nuestras células. No somos solo el resultado de millones de años de selección natural, sino también de alianzas invisibles entre microbios.

Durante décadas, la teoría de la endosimbiosis formulada por Lynn Margulis cambió la forma de entender la evolución. Su idea —que una bacteria se integró dentro de otra célula primitiva para dar lugar a las mitocondrias— fue inicialmente recibida con escepticismo, pero hoy es un pilar de la biología moderna. Sin embargo, esa explicación, aparentemente completa, acaba de quedarse corta.

Un nuevo estudio publicado en Nature y liderado por Toni Gabaldón propone un escenario mucho más complejo. Antes de que se produjera ese evento clave que dio lugar a las células eucariotas, ya existía un intenso intercambio de genes entre distintos microorganismos. Es decir, la historia de las células no comienza con una fusión puntual, sino con una red previa de interacciones biológicas.

Lo que emerge es una imagen radicalmente distinta de la evolución: no como una línea recta ni como una guerra constante, sino como un ecosistema dinámico donde los organismos comparten información genética, cooperan y se transforman mutuamente.

Una red genética antes de la gran fusión

El trabajo del equipo del Instituto de Investigación Biomédica y el Barcelona Supercomputing Center apunta a que múltiples bacterias —como los planctomicetos o las deltaproteobacterias— contribuyeron con genes esenciales antes de la aparición de las mitocondrias. Este proceso se habría producido mediante transferencia horizontal de genes, un mecanismo que permite a los microorganismos intercambiar información genética de forma casi instantánea.

A diferencia de los organismos superiores, donde la herencia depende de la reproducción, las bacterias pueden adquirir genes directamente de su entorno o de otros organismos. Incluso los virus actúan como intermediarios en este tráfico genético. El resultado es una especie de laboratorio evolutivo permanente, donde las innovaciones biológicas se comparten, se prueban y, si funcionan, se consolidan.

En este contexto, la célula eucariota no sería el resultado de un único evento extraordinario, sino la culminación de múltiples intercambios acumulados a lo largo del tiempo.

Los virus, protagonistas inesperados

Uno de los aspectos más sorprendentes del estudio es el papel de los virus gigantes, en concreto los Nucleocytoviricota. Lejos de ser simples agentes infecciosos, estos virus habrían aportado una parte significativa del material genético que acabó formando nuestras células.

Para investigadores como William C. Ratcliff, este hallazgo refuerza una idea cada vez más extendida: los virus no son actores secundarios, sino piezas clave en la evolución de la vida. Su capacidad para transferir genes entre organismos los convierte en arquitectos invisibles de la biodiversidad.

Esta visión rompe con la imagen tradicional de los virus como enemigos y los sitúa en el centro de los procesos evolutivos más profundos.

Ecosistemas antiguos, claves para entender el presente

Para reconstruir estos procesos, los científicos miran hacia ecosistemas que apenas han cambiado en miles de millones de años: las esteras microbianas. Estos “tapetes” gelatinosos, presentes en zonas como deltas, salinas o cuevas, funcionan como comunidades altamente organizadas donde distintos microorganismos cooperan para sobrevivir.

Fue en uno de estos entornos donde la propia Lynn Margulis identificó en los años noventa la llamada espiroqueta catalana, un ejemplo de la diversidad microbiana que habita estos sistemas.

En estos hábitats, la cooperación no es una excepción, sino la norma. Los microorganismos comparten recursos, intercambian genes y generan estructuras colectivas que optimizan su supervivencia. Son, en cierto modo, un espejo del pasado profundo de la vida.

Una evolución menos individualista

El estudio también reabre un debate de fondo en biología evolutiva: si tiene sentido seguir buscando un “ancestro único” para las células complejas. Investigadores como Iñaki Ruiz-Trillo plantean una alternativa: pensar en poblaciones dinámicas de organismos que compartían genes en lugar de individuos aislados.

Esta perspectiva diluye las fronteras entre especies y cuestiona la idea clásica de linajes bien definidos. La evolución, en este marco, se parece más a una red que a un árbol.

El legado de Margulis, ampliado

Lejos de invalidar la teoría de la endosimbiosis, estos hallazgos la enriquecen. La integración de una bacteria dentro de otra sigue siendo un hito fundamental, pero ahora se entiende como parte de un proceso más amplio y gradual.

Como señala Javier del Campo, la intuición de Margulis apuntaba ya en esa dirección: la vida evoluciona no solo por competencia, sino también por colaboración. La transferencia horizontal de genes sería, en este sentido, una extensión natural de su teoría.

Repensar nuestro origen

Las implicaciones de este nuevo marco van más allá de la biología. Si nuestras células son el resultado de múltiples alianzas entre microorganismos, entonces la cooperación no es un fenómeno secundario en la historia de la vida, sino uno de sus motores fundamentales.

En un momento en el que la narrativa dominante sigue siendo la de la competencia —en la economía, en la política o incluso en la cultura—, la ciencia ofrece una lección inesperada: la complejidad, incluida la humana, surge cuando diferentes entidades aprenden a colaborar. @mundiario

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