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El Financiero 12 Jun, 2026 01:18

El juego de Trump y la real negociación

“No busco renovarlo”. Con esa frase, lanzada el miércoles desde la Oficina Oval, el presidente Donald Trump quiso sembrar dudas nuevamente sobre el futuro del T-MEC, a tres semanas del aniversario número 6 de vigencia del Tratado.

La declaración tiene un elemento que pudiera parecer desconcertante: llega justo cuando México y Estados Unidos se preparan para la segunda ronda formal de negociaciones, que se realizará el 16 y 17 de junio en Washington, encabezada por el representante comercial del gobierno de EU, Jamieson Greer, y por el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, con una tercera ronda ya calendarizada para la semana del 20 de julio en la Ciudad de México.

¿Cómo entender que el presidente diga que no busca renovar el acuerdo mientras su propio gobierno negocia activamente su revisión?

La respuesta está en la arquitectura misma del tratado. Si alguno de los socios no respalda la extensión, el T-MEC no muere: entra en un esquema de revisiones anuales. Ojo, en cualquier momento también podría definirse su extensión hasta 2042.

El propio Trump reveló su lógica al afirmar que lo que más valora del acuerdo es el derecho que le da de terminarlo.

Es decir, la amenaza de no renovación es, ante todo, una palanca de presión que se le ha ido diluyendo, pues se da por sentado en los mercados financieros que han descontado que la revisión se va a alargar.

Mantener viva la incertidumbre le daría a Was-hington capacidad de extraer concesiones. “Tienen que tratarnos mejor”, dijo el mandatario, en una frase que resume su visión transaccional de la relación con sus socios.

Pero conviene ponderar los dichos del presidente norteamericano. Trump atraviesa una semana que exhibe su patrón errático. El martes aseguró que la negociación de paz con Irán estaba en su “fase final” y que el acuerdo podría firmarse en dos o tres días. Apenas horas después, tras el derribo de un helicóptero Apache cerca del Estrecho de Ormuz, Estados Unidos lanzó ataques aéreos contra territorio iraní; Teherán respondió con bombardeos a objetivos en Bahréin, Kuwait y Jordania, y el presidente advirtió que Irán “pagará el precio” por demorar el pacto.

Del anuncio de la paz inminente al intercambio de fuego transcurrieron menos de 24 horas. Más tarde volvió a ratificar que espera la firma de un acuerdo para la próxima semana.

Ese mismo vaivén —anuncios grandilocuentes seguidos de reversiones abruptas— es el que debe esperarse en el frente comercial.

Con las elecciones intermedias de noviembre en el horizonte y los precios de la gasolina presionando su popularidad, Trump necesita victorias y las busca a golpes de efecto.

Frente al ruido retórico, las cifras publicadas esta semana por el Buró de Análisis Económico (BEA) y la Oficina del Censo de Estados Unidos ofrecen a México un piso firme para negociar sin sobresaltos.

En abril, las exportaciones mexicanas a Estados Unidos alcanzaron un récord histórico de 50 mil 691 millones de dólares, un crecimiento anual superior a 20 por ciento. En el acumulado enero-abril suman 188 mil 700 millones de dólares, 8.9 por ciento más que en el mismo lapso de 2025.

México se consolidó como el principal proveedor del mercado estadounidense, con 16.9 por ciento de las importaciones totales de abril, por delante de Canadá (11.7 por ciento) y de Taiwán (8 por ciento), mientras que China obtuvo solo el 6.6 por ciento. Además, nuestro país se mantiene como el principal destino de las exportaciones norteamericanas. El comercio bilateral acumulado en el primer cuatrimestre asciende a 317 mil 300 millones de dólares, equivalente a 16.4 por ciento de todo lo que Estados Unidos comercia con el mundo.

Estos números desmienten en los hechos la afirmación de Trump de que Estados Unidos “no necesita nada de México”. La integración productiva de Norteamérica no es retórica: es la realidad cotidiana de un intercambio trilateral cercano a 1.6 billones de dólares anuales. Y México paga hoy el arancel efectivo más bajo entre los grandes proveedores del mercado estadounidense, lo que explica su mejor posición relativa frente a sus competidores.

México hizo bien en no engancharse con la provocación: esperará a que concluyan las reuniones de la próxima semana antes de fijar un posicionamiento. Es la actitud correcta. La fortaleza exportadora, el desplazamiento de China y el respaldo de los sectores productivos estadounidenses configuran un horizonte favorable para México.

La lección es clara: en esta negociación, la retórica de Trump es el ruido; los datos económicos son la señal. Y la señal, por ahora, juega a favor de México.

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