Esta entrevista forma parte del séptimo episodio de El Podcast de Mundiario, la serie que construye una biblioteca audiovisual de grandes personajes gallegos. La conversación tuvo lugar en el embalse de Pontillón do Castro, en Pontevedra, donde Teresa Portela entrena cada día. Lo que sigue es una versión editada.
Teresa Portela tiene 44 años, siete Juegos Olímpicos en las piernas y una medalla de plata en Tokio que tardó 21 años en llegar. Palista de 200 metros, la de Cangas es la mujer española con más participaciones olímpicas de la historia. Habla despacio, con la precisión de quien ha aprendido a no malgastar energía, ni en el agua ni en las palabras.
El embalse como oficina
— Estamos en el Pontillón do Castro, tu lugar de trabajo desde hace décadas. ¿Qué te ha dado este sitio que no te ha dado ningún otro?
— Este embalse es mi oficina. Es un entorno increíble al que vengo cada día y que me ha dado lo que soy. Aquí me curtí, aquí pasan mis días entre palada y palada. Este sitio me ha forjado como persona.
El verano que lo cambió todo
— Con 9 años, en Aldán, una amiga llamada Carmela. Si aquel día no hubiese ocurrido, ¿qué habría sido de ti?
— No sé qué habría sido de mí. Quizás profesora, quizás otra cosa. Pero sí sé que me habría perdido una vida realmente especial. Aquello empezó como un hobby, pasar el verano descubriendo algo nuevo, y acabó siendo mi deporte, mi trabajo y mi pasión. Soy feliz y agradezco aquel día haberle dicho que sí a Carmela, porque me ha dado la oportunidad de vivir cosas increíbles que la mayoría de las personas no pueden vivir.
— ¿Qué se quedó de aquel verano que todavía está presente cuando compites?
— La ilusión. La misma ilusión de cuando empiezas algo nuevo, de preguntarte qué pasará, cómo saldrá todo. Creo que esa ilusión es lo que me ha hecho llegar hasta hoy. Las cosas cuando se vuelven monótonas, cuando no hay ganas, es muy difícil que perduren. Pero si hay ilusión por asumir un nuevo reto, se lleva diferente.
Sídney con 18 años: la mejor de las posiciones
— Llegaste a tus primeros Juegos Olímpicos con 18 años. ¿Cómo se gestiona algo así?
— Fue increíble. Mi objetivo aquel año era el Campeonato de Europa Junior, conseguí medalla de plata y después fui a una competición absoluta aquí en España. Lo bonito fue que eso es fácil, entre comillas: sabes que enfrentarte a algo que no es para ti, que es para las mayores, no tienes nada que perder. Ir a unos Juegos siendo júnior, poder competir con las personas a las que yo admiraba y de las que estudiaba la técnica. Fue un sueño que no pensaba que podía ser para mí todavía. Esa fue la mejor de mis posiciones, poder estar sabiendo que hiciera lo que hiciese, iba a estar bien. El premio ya era estar allí. A partir de ahí las cosas cambiaron.
— ¿Cambiaron cómo?
Ya no era sólo el hecho de estar, sino que me exigía más. Siendo consciente de que los Juegos son cada cuatro años y que no sabría si estaría en los siguientes. Nunca di las cosas por sentadas. Cada ciclo olímpico lo asumí siendo muy consciente de lo que cuesta estar, de lo que cuesta mantenerse y del respeto que merecen los rivales.
"No cambio 25 años en la élite por una medalla"
— Lo has dicho muchas veces. ¿Lo crees de verdad?
— Lo creo de verdad. Sí que es muy recurrente esa pregunta, porque cada vez que uno va a unos Juegos Olímpicos lo que se espera es verle en el podio. Y yo decía, es muy difícil. En una prueba de 200 metros tienes que estar perfecta ese día, ese momento. No es un ranking, no es un campeonato en el que si una jornada sale mal puedes gestionar. Tiene que ser ese día, en ese instante. Yo pretendía también hacer valorar a la gente que estar 25 años entre las diez mejores del mundo tiene mucho peso. Aunque por eso no den medalla, yo sentía que la tenía.
Londres 2012: 198 milésimas y la culpa de fallar
— Cuarto puesto en Londres por 198 milésimas. ¿Qué se dice una hacia adentro en ese momento?
— Lo viví muy mal. Era mi mejor puesto en unos Juegos, llegaba en muy buena forma y sabía que tenía opciones de medalla. Una cosa es quedarte cuarta sabiendo que las tres que quedaron delante son mejores, hay que aceptarlo y ya está. Otra es quedarte cuarta por haber cometido un error. No escuché bien la salida, mi reacción fue más tarde de lo que tendría que ser. Y me salí última, intenté remontar. No me perdonaba ese error justamente el día de la final.
— ¿Llegaste a pensar que aquella medalla no iba a llegar nunca?
Hubo momentos de dudas. Claro. Seis diplomas olímpicos y una medalla. Dices, otros cuatro años, no sé si podré estar. Pero por otro lado pensaba: ¿qué habría pasado si hubiera conseguido esa medalla en los primeros Juegos? A lo mejor ya la tenía y ya está, sin más motivación para seguir. No lo sé. Agradezco, de alguna manera, que no la tuve antes, porque he sido capaz de perseguir mi sueño una y otra vez hasta que finalmente, en los sextos Juegos con 39 años, contra pronóstico, pude lograrlo.
Tokio 2020: alivio más que trofeo
— ¿Dónde estaba la dificultad real de esa final?
— En los 39 años, evidentemente. Sentía comentarios, nadie me lo decía directamente, pero sí llegaban mensajes de que a mi edad lo ideal sería pasarme a una distancia más larga, que la velocidad no es compatible con la edad. Mensajes que equivalen a decir que no es posible. Pero lo que tú te dices a ti misma es lo que importa, y yo pensaba: creo que puedo, porque vengo de ser cuarta fallando y a 198 milésimas. Creo que se puede dar todo bien.
— Además estaba el COVID.
— Sí, estábamos en pandemia. Cada día pruebas, y si dabas positivo no competías. Eso añade un estrés constante. Cuidas el agua que bebes, los detalles más pequeños. Y siendo consciente de lo que había pasado en Londres, todo mi foco estaba en la salida. Yo recuerdo el entrenamiento antes de la final: tenía que hacer dos salidas y acabé haciendo doce. Mi entrenador me decía que ya era suficiente, que mañana competía. Pero en mi cabeza yo decía, no, tengo que irme con la sensación de todo perfecto. En la salida once dije: ahora sí. Ya lo tengo. Me voy para casa.
— Y cuando cruzaste la meta, ¿qué sentiste?
— Alivio. Una sensación de alivio enorme. Tardaron mucho en darnos el resultado, tardó la foto. Pero yo sentí: ya está. Si finalmente no soy medalla, he dado todo, lo he hecho perfecto, más no puedo hacer. Esa sensación de alivio es la que recuerdo. La medalla es un trozo de metal. Lo que representa es haber luchado por un sueño y haberlo alcanzado.
"Tienes que saber hablarte bonito"
— Nunca trabajaste con psicólogo hasta el último año. ¿Cómo hacías ese trabajo mental tú sola?
— Sin ser consciente, lo hacía. El toque de ser realista es importante. No soy fantasiosa. Creo que la clave ha sido ponerme un objetivo, un sueño que fuera alcanzable, siendo consciente de que ese estado de recompensa había que esperar. El día a día iba a ser incómodo. Entrenar con esfuerzo, con agotamiento, con el ácido láctico que produce náuseas, con días de lágrimas, con tiempos que no salen. Tienes que pasar por eso, pero sabiendo que la recompensa puede llegar. El éxito pasa por ser consciente de que hay que atravesar meses y meses incómodos.
— Lo has dicho muchas veces: hay que saber hablarse bonito.
— Sí. Al final vamos a estar muchos más momentos solos con nuestros pensamientos que acompañados. Tienes que lidiar contigo misma. Tienes que saber hablarte bonito, levantarte tú sola y no esperar a que venga nadie a aplaudirte para sentirte bien. Es cosa de uno mismo.
Maternidad, culpa y red de apoyo
— Decidiste ser madre después de Londres. ¿Cómo fue plantear algo así cuando tu herramienta de trabajo es tu propio cuerpo?
— Nunca hay un momento ideal. Siempre sentía que tenía cosas pendientes. La carrera universitaria, los Juegos que se echaban encima. Para una deportista de élite cuya herramienta depende de su cuerpo, nunca es el momento. Pero llegó un punto en que dije: no quiero posponer más este sueño personal. Acababa la carrera de fisioterapia y ese era el momento.
— ¿Qué pasó cuando volviste al agua?
Al mes de dar a luz ya estaba entrenando. Con toda mi pena y mi dolor, porque tenía sentimientos encontrados. Por un lado decía: yo de mi casa no me voy, a mi bebé no la suelto. Por otro pensaba en todo lo que me había costado llegar hasta allí, estar entre las mejores del mundo. Y llegaban la culpa, el estar aquí entrenando mientras mis padres estaban con mi hija y yo la sentía llorar desde el embalse. Momentos de acercarme a la orilla, de parar. Pero esos sentimientos son totalmente normales. Lo que me ha permitido gestionarlos es el entorno. Mi pareja, el primero, siempre creyendo en mí cuando yo tenía dudas. Mi entrenador, adaptándose, buscando flexibilidad para que pudiera dejar a mi hija en el colegio y llegar al entrenamiento con otra actitud. Eso hace muchísimo.
— ¿Qué le quieres transmitir a tu hija con todo esto?
— El valor del esfuerzo más allá del resultado. Que pelee por lo que quiere, que no se dé por vencida. Que se esfuerce, que luche. Conseguirlo o no es secundario. La satisfacción de haber luchado por lo que quieres es lo que construye la autoestima y la autoconfianza. Y además lo está viviendo, no sólo escuchando. Ha viajado conmigo a Hungría, Alemania, Tokio. Ella ha estado en un hangar con deportistas compitiendo, viendo sus caras, la tensión. Esos aprendizajes calan más viviéndolos que en un discurso.
"La conciliación suena muy bien, pero aún no es una realidad"
— Te congelaron la beca cuando fuiste madre.
— Sí. Cuando fui madre me congelaron la beca. Está bien que haya ese mecanismo, pero evidentemente queda mucho por hacer. Palabras muy bonitas, conciliación, pero a día de hoy no es una realidad. Lo puedo decir en primera persona. Y en cualquier trabajo: de repente una mujer tiene un bebé y qué incordio. Pero es que por esa regla de tres, sin eso el mundo se extinguiría. Queda mucho por hacer en todos los campos.
París, Los Ángeles y lo que viene
— Después de Tokio llegó París. ¿Cómo se compite ya sabiendo que tienes la medalla?
— Con la sensación de que mi sueño ya lo he conseguido, todo lo que venga a mayores. Me pregunté lo mismo que en Tokio: ¿qué habría pasado si la medalla hubiera llegado antes? A lo mejor no seguiría. Llegué a París con la ilusión de conseguir medalla en barcos de equipo. Veníamos de ser bronce en el Campeonato del Mundo y éramos conscientes de que podía darse. Finalmente fue un sexto puesto, un diploma olímpico. No pudo ser, pero lo hemos peleado.
— ¿Y Los Ángeles 2028?
— No te voy a dar un titular. Visualizarse cuatro años vista es difícil en cualquier profesión, imagínate en el deporte de élite. Ahora mismo estoy en una situación con la federación que no es la más agradable. Sigo entrenando cada día a ver si la situación cambia. Se ve difícil, pero no imposible. No imposible.
El legado
— ¿Qué valores te ha dado el deporte que ya no te imaginás sin ellos?
— El valor del esfuerzo: las cosas hay que pelearlas, no esperarlas sentada. El compromiso contigo misma, más allá del que tienes con los demás. La disciplina. La constancia. El perseverar por tus sueños sabiendo que no siempre sale a la primera ni a la segunda. A mí me salió a la sexta. Y a veces no sale y hay que asumirlo, pero ser disciplinado y constante es lo que sostiene todo.
— Una niña que empieza a remar hoy, ¿qué le dices?
— Que disfrute. Que disfrute de estar en esa piragua, de sus compañeras, de los momentos cotidianos. Las medallas se olvidan. Yo no me acuerdo de todas las que tengo. Lo que recuerdo son momentos como estar concentrada en Font Romeu con mis compañeras, esquiando por la tarde, jugando al parchís por la noche. Eso es lo que nos llevamos. Entrena cuando toca y esfuérzate al máximo, pero atesora esos momentos.
— ¿Cómo te gustaría que te recordaran dentro de veinte años?
— Como una persona trabajadora, guerrera, que luchó por aquello en lo que creía. Pero sobre todo como buena compañera y buena persona. Eso es mi medalla.
Escucha el episodio completo en El Podcast de Mundiario, disponible en Youtube, Spotify y en mundiario.com. @mundiario