Contrario a la creencia de que el presidente es la persona más informada del país, otra es la realidad. Informarse requiere disciplina, método y disposición. No es fácil, mucho menos en una autocracia de corte populista, porque las pasiones se sobreponen a las razones. Los presidentes acaban por creer su prédica, por absurda que sea. ¿Andrés Manuel López Obrador tenía certeza de que el sistema de salud sería semejante al de Dinamarca? ¿La presidenta Claudia Sheinbaum realmente cree que México es el país más democrático del mundo por la farsa de la elección judicial?
El populismo lleva fatalmente a la polarización, esto es, un ambiente de guerra en el que la primera baja es la verdad. La verticalidad no da lugar al cuestionamiento ni a la reflexión crítica, que llevan a la autocomplacencia. Era inevitable que Jesús Ramírez Cuevas, precisamente por sus limitaciones y mediocridad, se impusiera a Julio Scherer Ibarra, quien tenía sentido de los límites del poder presidencial. Julio era molesto; Jesús daba vuelo a las pulsiones de AMLO. Julio le ponderaba los costos; Jesús confirmaba que él caminaba sobre el agua.