El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) atacó el martes 11 de marzo cinco buques comerciales en el Estrecho de Ormuz. Con esos ataques, el régimen iraní paralizó el 20% del suministro energético mundial. No es una amenaza. Es un hecho consumado.
Donald Trump exige la "rendición incondicional" del régimen de los ayatolás, y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha comprometido al ejército israelí con la "eliminación total" del gobierno que encabeza el líder supremo Mojtaba Khamenei. Del otro lado, el CGRI sigue peleando. Para entender por qué, hay que abandonar la lógica occidental y adoptar, aunque sea por un momento, la del chiismo más radical.
El liderazgo iraní percibe este conflicto a través del Paradigma de Karbala —narrativa fundacional del chiismo, forjada en el año 680, en la que los justos eligen la muerte antes que someterse a un tirano injusto. Bajo esa óptica, rendirse es una apostasía. Khamenei ha declarado cada baja como "un caso independiente de venganza", convirtiendo cada muerto en una deuda sagrada que la nación entera pagará. La derrota no se percibe como fracaso. Es purificación de la revolución.
Eso lo cambia todo. También debería cambiarlo para Trump, quien declaró esta semana que la guerra está "esencialmente ganada" porque "ya no queda nada por atacar". Frente al Paradigma de Karbala, esa afirmación muestra que no tiene la menor idea de cómo piensa el adversario. Un régimen que convierte cada ruina en reliquia no se rinde porque se le acaben los activos militares.
Cuando el CENTCOM (Comando Central de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos) neutralizó el lunes 10 de marzo 16 embarcaciones iraníes sembradoras de minas, Occidente lo leyó como un golpe estratégico. Irán lo leyó como un martirio colectivo. Esa brecha de interpretación es, en sí misma, la guerra. La diplomacia fracasa cuando el compromiso se considera una apostasía.
Las consecuencias son inmediatas. El crudo Brent superó ayer los 101 dólares por barril. Irán apuesta a que una recesión quiebre la determinación de EU y sus aliados antes de que la campaña militar quiebre al régimen —y ahí radica el peligro.
Para México, lo que ocurre es particularmente cruel. Cada dólar de incremento en la mezcla de exportación genera 13,100 millones de pesos para las arcas federales, pero esa ganancia desaparece vía el IEPS (Impuesto Especial sobre Producción y Servicios). Ganancia contable, pérdida real. El otro flanco es industrial: las plantas en Guanajuato, Nuevo León y Baja California operan bajo el modelo justo a tiempo —reciben el componente el día que lo necesitan—. Microprocesadores y arneses que llegan desde Asia vía el Golfo Pérsico enfrentan hoy desvíos de semanas. Las tarifas de flete subieron entre 15 y 25%. Cuando el componente no llega, la línea se detiene — y una línea detenida cuesta millones por hora.
Dos lógicas irreconciliables chocan en el Estrecho de Ormuz: la de quien cree que no queda nada por atacar y la de quien encuentra un propósito sagrado en resistir hasta el final. México no es actor en esta guerra, pero sí una víctima más. La neutralidad mexicana es una postura diplomática, no una vacuna económica.
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