A veces, para entender realmente hacia dónde va nuestro país, es necesario alejarse de México y mirar nuestra realidad desde los pasillos de las instituciones que dictan el compás global del trabajo.
Esta semana, en Ginebra, durante la 114.ª Conferencia Internacional de la OIT, México fue un una voz que, por primera vez en mucho tiempo, trajo consigo una propuesta que rompe con la inercia del conflicto: el diálogo social como eje de competitividad.
Mientras el mundo discute cómo la inteligencia artificial y la transición energética están redefiniendo el empleo, en México nos distraemos a menudo con discusiones que no generan un solo peso de inversión ni un solo empleo formal.
Lo que llevamos a la OIT fue una evidencia: el Consejo Social, Económico y Ambiental (CONSEA). Al explicarle a líderes globales, a sindicatos y a colegas de Europa y América Latina que en México estamos logrando sentar en una misma mesa a empleadores y trabajadores para construir soluciones, la respuesta fue asombro y reconocimiento. ¿Por qué? Porque el diálogo social real es un activo escaso.
En reuniones con el Director General de la OIT, Gilbert Houngbo, y con la dirigencia de la Organización Internacional de Empleadores (OIE), hablamos de la supervivencia de las MiPyMEs, del costo de la informalidad y de cómo la certidumbre jurídica es, en última instancia, un derecho humano para quien decide arriesgar su patrimonio para generar trabajo.
Dejamos el mensaje de que un país que no garantiza seguridad física, energía suficiente y reglas claras, no puede pretender ser competitivo, por más acuerdos internacionales que firme.
Regresar de esta gira internacional implica una responsabilidad pesada, pero estimulante. Al reunirnos con la representación de Chile, de Argentina, de Colombia y de nuestros socios en el T-MEC, reafirmamos que la globalización no se detiene a esperarnos.
Si México quiere ser el destino natural para la relocalización de empresas, debemos profesionalizar nuestro diálogo social. Ya no podemos permitirnos que nuestras discusiones laborales se conviertan en trincheras de confrontación ideológica.
El México que posicionamos en Ginebra es uno que entiende que la productividad es la única vía hacia el ingreso digno. Pero también es un México que sabe que, sin energía y sin Estado de Derecho, el capital simplemente busca otro destino.
No estamos inventando el hilo negro; estamos aplicando la lógica del desarrollo: quien colabora, crece; quien se aísla en el conflicto, se estanca.
Después de la gira, regresamos a México con la convicción de que el modelo de “diálogo de a deveras” que estamos impulsando en la Confederación es la única ruta viable para que el desarrollo llegue a quienes más lo necesitan.
El mundo está mirando. Nos toca a nosotros, aquí, en nuestras ciudades y en nuestras empresas, demostrar que el diálogo es nuestra mayor ventaja competitiva.
El futuro del trabajo se acuerda. Y ese es, precisamente, el México que estamos construyendo.