La segunda vuelta presidencial en Colombia enfrenta dos relatos sobre el futuro del país. Y, en esa disputa, Abelardo de la Espriella ha conseguido convertirse en el principal canal de expresión del malestar de amplios sectores sociales frente al proyecto progresista inaugurado por Gustavo Petro, encarnado en su heredero Iván Cepeda bajo el paraguas del Pacto Histórico.
El penalista, conocido durante décadas por su actividad profesional de defensa de algunos grandes criminales procesados y por sus frecuentes enfrentamientos mediáticos, llega a la recta final de la campaña convertido en el rostro más visible de una nueva derecha colombiana que converge en el nacionalismo, mano dura, conservadurismo cultural y un marcado estilo personalista.
Su ascenso no puede entenderse únicamente desde la política doméstica. Forma parte de una ola azul oscuro que atraviesa América Latina y que ha llevado al poder, o ha fortalecido electoralmente, a dirigentes de perfiles disruptivos y discursos contundentes frente a las élites tradicionales, que también son afines al presidente de EE UU, Donald Trump. El éxito de Nayib Bukele en El Salvador, la irrupción de Javier Milei en Argentina o la consolidación de sectores conservadores en varios países de la región como el clan Bolsonaro en Brasil han creado un ecosistema político favorable para liderazgos que sacan pecho por el orden, la seguridad y la confrontación ideológica.
De la Espriella ha sabido interpretar ese clima. Ha construido una campaña basada en mensajes simples, alta exposición mediática y una narrativa de confrontación directa contra la izquierda y, especialmente, contra el legado de Petro. Su discurso conecta con una parte del electorado que percibe que el país atraviesa un deterioro institucional, económico y de seguridad y que demanda respuestas rápidas y contundentes.
El candidato ha situado la seguridad en el centro de su propuesta política. La promesa de endurecer la lucha contra las organizaciones criminales, construir 10 grandes centros penitenciarios al estilo del salvadoreño Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT) y reforzar la autoridad del Estado constituye el principal eje de una campaña diseñada para capitalizar la preocupación ciudadana por la violencia y la expansión de grupos armados ilegales.
El outsider que dependería del establishment
Sin embargo, la candidatura de De la Espriella bajo su movimiento Defensores de la Patria también es un enigma. Su ausencia de experiencia en la administración pública, el tono extremadamente confrontativo de algunos de sus pronunciamientos y sus propuestas de fuerte carga ideológica han despertado inquietud en sectores académicos, organizaciones sociales y parte del establishment institucional.
Algunos analistas advierten de que la lógica del litigio y la polarización permanente, eficaz en campaña, podría complicar la construcción de consensos indispensables para gobernar un país tan fragmentado como Colombia, toda vez que el abogado penalista no tiene parlamentarios propios en el Congreso y, previsiblemente, debería recurrir al uribismo del Centro Democrático y otros partidos opositores como los conservadores o Cambio Radical.
A ello se suma el debate sobre el alcance real de sus propuestas. La promesa de transformar radicalmente el Estado, reducir drásticamente la burocracia o redefinir la relación de Colombia con organismos internacionales como la ONU exigirá mayorías políticas e institucionales difíciles de obtener incluso en caso de victoria electoral.
De la Espriella encarna el descontento
No obstante, sería un error interpretar el fenómeno De la Espriella únicamente desde la figura del candidato. Su crecimiento electoral refleja, sobre todo, un cambio profundo en el estado de ánimo de una parte significativa de la sociedad colombiana. El voto que hoy lo impulsa expresa tanto una adhesión a sus propuestas como una reacción frente al desgaste del actual Gobierno y a la sensación de frustración acumulada en amplios sectores sociales.
La segunda vuelta se presenta así como un plebiscito sobre el rumbo del país. Si De la Espriella logra imponerse, Colombia podría iniciar una etapa marcada por políticas más conservadoras, un endurecimiento de la agenda de seguridad y un reposicionamiento ideológico en el escenario latinoamericano.
La incógnita no es únicamente si ganará, sino cómo gobernaría un dirigente que ha construido su capital político sobre la confrontación. Porque la historia reciente de América Latina demuestra que conquistar el poder mediante la polarización es una tarea; administrarlo, una muy distinta. @mundiario