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Radar Inteligente
El Diario 20 Jun, 2026 06:22

Los celulares parecen haber reducido la natalidad. Pero no nos engañemos

Por si necesitabas otra razón para alejarte de tu celular: podría conducir a la extinción definitiva de la especie humana.

La caída en picado de la tasa de natalidad es un indicador llamativo y, a menudo, parece un sustituto de los males de la sociedad. En 2025 nacieron en Estados Unidos casi 710.000 bebés menos que en 2007, y se prevé que en 2026 nazcan aún menos. Se ha señalado como factores que contribuyen a ello el aumento del nivel educativo de las mujeres, el elevado costo del cuidado infantil e incluso el narcisismo, pero todavía nada ha explicado por completo este descenso, o quizá nada pueda explicarlo.

Es tentador buscar una causa principal que lo explique todo: si se puede identificar un único culpable, quizá también haya una única solución. Pero al buscar una solución milagrosa, corremos el riesgo de pasar por alto soluciones menos obvias pero más viables. O de simplificar demasiado el problema hasta el punto de ignorar los factores más matizados que están en juego.

Las conclusiones de un documento de trabajo publicado este mes por la Oficina Nacional de Investigación Económica parecían la explicación basada en un solo factor más prometedora hasta la fecha: “¿Es el iPhone un método anticonceptivo? Evidencia causal del monopolio de AT&T como operador entre 2007 y 2011” utiliza un experimento natural para correlacionar el descenso de la fertilidad con el uso de los celulares. Cuando Apple lanzó el iPhone por primera vez en junio de 2007, solo estaba disponible en la red de AT&T. Los investigadores trazaron un mapa del despliegue geográfico del teléfono entre junio de 2007 y febrero de 2011 (cuando AT&T dejó de ser el operador exclusivo) para comparar las tasas de fertilidad en aquellas zonas de Estados Unidos con y sin ese modelo de teléfono móvil.

“En general”, concluyeron los autores, “la difusión del iPhone explica entre el 33 por ciento y el 52 por ciento del descenso de la tasa de fertilidad general entre las mujeres de 15 a 44 años”, y los descensos más pronunciados se concentraron entre las adolescentes y las jóvenes de entre 15 y 24 años.

Otro artículo, publicado en mayo, obtuvo resultados igualmente sólidos. Los autores, los economistas Nathan Hudson y Hernan Moscoso Boedo, de la Universidad de Cincinnati, también hicieron una referencia cruzada de los mapas de cobertura móvil y las tasas de fertilidad en todo el territorio de Estados Unidos y replicaron los resultados en un estudio paralelo en el Reino Unido. En su estudio, las tasas de fertilidad, en particular entre las adolescentes, se desplomaron a medida que los teléfonos inteligentes alcanzaban la saturación.

El problema no son los artículos en sí mismos —ambos señalan que los celulares deben considerarse aceleradores de un descenso ya existente, más que la única causa—. El problema está en la interpretación precipitada de esos resultados, que a menudo da la impresión de que se ha resuelto un misterio: la elusiva causa única del descenso de las tasas de natalidad.

Las bajas tasas de fertilidad son un indicador rezagado, el resultado más reciente de una serie de cambios sociales que ya se han arraigado en nuestras vidas. Quedarse en “¡son los celulares!” puede hacer que no se aborden muchos de los problemas subyacentes: la precariedad económica, la atrofia de las habilidades sociales, el creciente aislamiento y la ansiedad.

A quienes les preocupa el tema les convendría más enfocarse en factores que se sitúan más arriba en la cadena: las interacciones en persona que dan lugar a relaciones, que a su vez pueden conducir al sexo y solo entonces, potencialmente, a los nacimientos. Un análisis matizado de ese mecanismo podría revelar otros problemas más profundos y, posiblemente, más soluciones.

Hudson y Moscoso Boedo explican así la relación entre el celular y la inactividad: “Cuando hay suficientes adolescentes en el teléfono, es ahí donde se concentra la red de pares; el tiempo que pasan en persona se reduce drásticamente y, con ello, el contacto espontáneo en el que se producen la mayoría de los embarazos no deseados entre adolescentes”. La mayoría consideraría —y debería considerar— que la caída de los nacimientos entre adolescentes es algo positivo. Pero, como señalan los investigadores de forma inquietante, “el mismo factor que provoca un desplome de la fertilidad adolescente provoca un aumento de los suicidios entre los adolescentes”.

Al analizarla más de cerca, la crisis de fertilidad parece ser una crisis de conexión. Y los celulares la agravan mediante un efecto de sustitución, pues fomentan el paso de un contexto del mundo real a uno mediado por el celular.

Los mensajes de texto y las videollamadas —simulacros de la conversación cara a cara— reducen la necesidad de verse en la vida real. El entretenimiento en las pantallas —apuestas, videojuegos, aplicaciones diseñadas a la perfección para enganchar a los usuarios mediante refuerzos intermitentes— te distrae de los placeres más lentos y que requieren más esfuerzo que brinda el conectar con otros seres humanos. La pornografía puede reducir las ganas de tener relaciones sexuales en persona. Y las redes sociales lo potencian todo, con un flujo interminable de contenido que genera ansiedad y polariza los géneros.

Un aumento de las tasas de fertilidad podría ser positivo por muchas razones, desde el dinamismo económico hasta la realización personal. Pero igual de importante, o incluso más, podría ser un aumento de la salud cívica o una disminución del aislamiento.

Es menos probable que todo lo anterior surja de preocuparnos por si los iPhones sirven como anticonceptivos que de plantearnos preguntas más matizadas: ¿qué aspectos de la vida humana hemos dejado, a propósito o no, que la tecnología sustituya? ¿Y cómo podemos recuperarlos?

Quizá la respuesta siga siendo tirar nuestros celulares al mar, pero no solo para potenciar la fertilidad.

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