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Mundiario 21 Jun, 2026 03:29

Fernando Lamelo, el médico que convirtió la casa del paciente en su hospital

Fernando Lamelo Alfonsín pertenece a esa estirpe de médicos que curan y, además, se quedan. La de quienes entienden la medicina como una forma de permanecer junto al paciente incluso cuando la ciencia ya ha dicho todo lo que tenía que decir.

El Colegio Oficial de Médicos de la Provincia de A Coruña le concedió este sábado, en el XVIII Encuentro Médico, la Medalla de Oro y Brillantes, la distinción más alta de la institución. Y lo hizo, según recoge el acta de la Comisión de Honores y Premios, por su entrega sin reservas a la profesión y por jugarse la vida durante la pandemia para salvar la de los más frágiles.

Nacido en Ourense en 1963, hijo de una maestra y de un funcionario de Correos, Lamelo se formó en el colegio de los Hermanos Maristas de su ciudad natal antes de licenciarse en Medicina por la Universidad de Santiago de Compostela. Especialista en medicina familiar y comunitaria, realizó su residencia en A Coruña y desarrolló toda su carrera en el Complejo Hospitalario Universitario, donde dirige desde 2023 el Servicio de Hospitalización a Domicilio y Cuidados Paliativos. Treinta y dos años de oficio dan para mucho. Él mismo lo resumió con una frase que desarma cualquier intento de epitafio prematuro, "me acuerdo de todos los pacientes que he atendido a lo largo de estos 32 años".

Una medicina que entra por la puerta de casa

Lamelo entró en el mundo de la hospitalización a domicilio en 1994, y desde entonces no ha salido de él. En su discurso de agradecimiento explicó por qué con una claridad que vale más que cualquier tratado de gestión sanitaria, "la medicina no puede limitarse únicamente a realizar un diagnóstico y un tratamiento. La medicina es, ante todo, cercanía, escucha y acompañamiento". El hospital, dijo, es imprescindible, pero el domicilio ofrece algo distinto, la posibilidad de humanizar la asistencia y acercarla a la vida real de las personas.

Esa convicción no es retórica de acto solemne. Sólo el año pasado, su equipo de Cuidados Paliativos acompañó a 500 personas hasta el final de sus vidas, y a más de 200 en hospitalización a domicilio. Acompañar hasta el final, repitió varias veces en su intervención, es un acto de gran trascendencia que conlleva, lo reconoció sin pudor, un cierto sufrimiento compartido. Pocas veces se escucha a un médico admitir en público que el dolor del paciente también se le queda dentro.

El año en que las residencias se quedaron solas

El tramo más conmovedor de su discurso llegó cuando habló del año 2020. Lamelo se encargó entonces de poner en marcha la Unidad de Coordinación y Apoyo a Residencias, pionera en Galicia y referencia para toda España, en plena crisis sanitaria, cuando los centros para mayores se convirtieron en uno de los puntos más vulnerables del sistema. El acta de la Comisión de Honores lo describe sin medias tintas, en los momentos de mayor riesgo cumplió con creces el principio hipocrático de curar a veces, aliviar a menudo y consolar siempre.

Lamelo quiso devolver ese reconocimiento a quienes trabajaron a su lado en las residencias durante la pandemia, con jornadas larguísimas, riesgo personal constante y una carga emocional que todavía pesa. Su reflexión sobre los mayores fue más allá de la gratitud y se convirtió en una lección de respeto, "no hablamos de pacientes, sino de personas con historia de vida, con ilusiones, con pérdidas". Y añadió una advertencia que cualquier sociedad envejecida debería colgar en la pared, "no cometamos el error de asociar envejecimiento con pasividad. Eso es profundamente injusto".

La unidad que dirige atiende hoy a los 76 centros residenciales del área sanitaria de A Coruña y Cee, con más de 21.000 personas mayores y 3.000 personas con discapacidad viviendo en residencias gallegas. Una cifra que, según subrayó, exige de la Administración un compromiso estructural que todavía está por llegar.

Coger la mano como tratamiento

La imagen que resume la filosofía médica de Lamelo es esta, sabe que muchas veces coger la mano de un enfermo es el mejor ansiolítico que existe. No se trata de una metáfora bonita para cerrar un discurso. Es, según explicó, una convicción clínica, la certeza de que el sufrimiento psicológico que genera la enfermedad necesita tanto cuidado como el síntoma físico que lo provoca.

Esa idea está también en su defensa de un modelo de medicina alejado del individualismo profesional y del paternalismo clásico. El cuidado sanitario, insistió, debiera ser siempre un trabajo en equipo, integrado por médicos, enfermeras, trabajadores sociales, psicólogos, cuidadores y el propio paciente. Reservó un agradecimiento especial para la enfermería de las unidades de hospitalización a domicilio y para los cuidadores familiares, cuya labor calificó de necesaria y, a menudo, invisible.

Un galardón que reparte entre todos

Al recibir la medalla, Lamelo hizo lo que suelen hacer quienes de verdad merecen un reconocimiento, repartirlo. Aseguró que, aunque el galardón se personalice en él, debería dividirse en muchas partes, porque es fruto del trabajo de las numerosas personas que le han acompañado y de la labor desarrollada en equipo en su servicio y en las residencias. Treinta y dos años después de entrar por primera vez en la casa de un paciente, Fernando Lamelo sigue convencido de que la medicina más necesaria se ejerce, muchas veces, sentado junto a una cama, cogiendo una mano. @mundiario

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