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Mundiario 21 Jun, 2026 11:14

Teresa Portela y la culpa de ser madre y deportista a la vez

Hay un sonido que Teresa Portela conoce mejor que ninguna otra cosa de su deporte, el llanto de su hija llegando desde la orilla del embalse de Pontillón do Castro mientras ella entrena. Sus padres llevaban a la niña hasta allí, cerca del agua, y cuando la escuchaba, paraba. Se acercaba, comprobaba que todo estaba bien, y volvía a remar, según cuenta ella misma, "con palas más fuerte". Esa escena, repetida durante años, resume mejor que cualquier medalla lo que significa compaginar el deporte de élite con la maternidad.

La piragüista de Cangas, siete veces olímpica y plata en Tokio 2020, ha repasado este capítulo de su vida en El Podcast de Mundiario, la serie que construye una biblioteca audiovisual de grandes personajes gallegos. Su testimonio desmonta la idea de que la maternidad es un paréntesis sin coste para una deportista de alto rendimiento. Para Portela fue, en realidad, una decisión que llegó cargada de dudas y que el sistema deportivo español no estaba preparado para sostener.

Nunca hay un momento ideal para ser madre

La decisión llegó tras los Juegos de Londres 2012, donde Portela se quedó a las puertas del podio por 198 milésimas. Fue entonces cuando decidió no posponer más su proyecto personal. Ella misma reconoce que la maternidad nunca encaja en el calendario de una deportista de élite, nunca es el momento ideal, porque siempre hay carreras universitarias que terminar, unos Juegos Olímpicos a la vuelta de la esquina o un cuerpo que depende, literalmente, de su rendimiento físico. A su alrededor, además, lo habitual era que las piragüistas dejaran la competición al ser madres y no volvieran. Portela decidió romper ese patrón.

Durante el embarazo siguió entrenando, siempre supervisada por su ginecóloga, convencida de que mantenerse activa facilitaría la vuelta. La apuesta funcionó, su recuperación fue, en sus propias palabras, espectacular. Al mes de dar a luz ya estaba de nuevo en el agua, aunque con sentimientos encontrados, las ganas de no separarse de su hija ni un momento chocaban con el miedo a perder todo lo construido en años de carrera.

La culpa que no se ve desde fuera

Ese cruce de emociones tiene un nombre que Portela pronuncia sin rodeos, culpa. Mientras entrenaba y sus padres cuidaban a la niña junto al embalse, sentía lo que ella describe como auténticos ataques de angustia al oírla llorar. Y al mismo tiempo, dejarla en la guardería le generaba la duda inversa, la sensación de no estar haciendo lo correcto. Son sentimientos que, según explica, cualquier padre o madre puede reconocer, y que ella ha tenido que aprender a gestionar con el tiempo.

Esa gestión no fue solitaria. Portela señala a su pareja como la primera pieza clave de esa red, la persona que la empujó en los momentos de duda. El segundo apoyo decisivo fue su entrenador, capaz de adaptar los horarios de entreno a su nueva vida, retrasando una sesión una hora si eso significaba que ella pudiera dejar primero a su hija en el colegio. Para Portela, ese ajuste no era un capricho, era la diferencia entre entrenar con la cabeza puesta en su hija o entrenar con la sensación de haber cumplido ya su función de madre.

La beca que se congela cuando llega un hijo

Mientras la familia y el entrenador construían esa flexibilidad de forma artesanal, el sistema de ayudas al deporte no hizo lo mismo. Portela confirma que, al convertirse en madre, vio congelada su beca. Reconoce que existe ese mecanismo de protección, pero advierte que queda mucho por hacer. Y resume en una frase el problema de fondo, está muy bonita la palabra conciliación, pero a día de hoy no es una realidad.

La comparación que ella misma traza va más allá del deporte. Habla de cualquier trabajo en el que, de repente, una mujer tiene un bebé y se convierte en un incordio para la organización, cuando, recuerda, sin maternidad el mundo simplemente se extinguiría.

Lo que quiere que su hija aprenda

Naira ha viajado con su madre desde bebé a competiciones en Hungría, Alemania o Tokio. Portela cree que esos viajes le han enseñado algo que ninguna charla podría transmitir igual, ver de cerca la tensión de los deportistas antes de competir, entender sin que nadie se lo explicara qué significa prepararse para un momento decisivo. Lo que Portela quiere que su hija se lleve de todo esto no es una medalla, es el valor del esfuerzo más allá del resultado, la autoconfianza necesaria para pelear por lo que una quiere, sin rendirse.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Una realidad que avanza, pero a medias

Portela valora que el deporte femenino haya ganado espacio en los últimos años. También insiste en que ese avance es todavía parcial. El camino, dice, va en la buena dirección, pero queda mucho trabajo pendiente en todos los terrenos. Su propia trayectoria, dieciocho años después de aquel verano en que subió a una piragua por primera vez junto a su amiga Carmela, es la prueba de que el deporte de élite y la maternidad pueden convivir. También es la prueba de cuánto cuesta, todavía hoy, conseguirlo sin que el sistema haga su parte. @mundiario

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