La política británica ha vuelto a confirmar una de sus reglas no escritas: ninguna victoria electoral garantiza la supervivencia política. Apenas dos años después de haber logrado una mayoría aplastante que puso fin a catorce años de gobiernos conservadores, Keir Starmer ha anunciado su dimisión como primer ministro y líder laborista, convirtiéndose en una nueva víctima de la extraordinaria volatilidad que domina el Reino Unido desde el referéndum del Brexit.
La imagen de Starmer abandonando el poder resulta especialmente llamativa porque su caída no responde a un escándalo personal ni a una derrota parlamentaria. Su problema ha sido otro, quizás más difícil de combatir: la pérdida de confianza de los suyos. El mismo partido que le confió la reconstrucción del laborismo tras los turbulentos años de Jeremy Corbyn ha terminado concluyendo que ya no era el dirigente adecuado para afrontar las próximas elecciones.
La trayectoria de Starmer contiene una paradoja que ayuda a explicar su final. Su principal éxito fue precisamente aquello que acabó debilitándole. Cuando asumió el liderazgo laborista heredó una formación profundamente dividida, cuestionada por acusaciones de antisemitismo y alejada de amplios sectores del electorado. Su tarea consistió en devolver al partido una imagen de moderación, solvencia económica y compromiso institucional. Lo logró. El problema fue que esa misma estrategia convirtió a Starmer en un dirigente percibido por muchos votantes como excesivamente técnico, distante y falto de carisma.
Starmer abandona Downing Street tras perder el respaldo de gran parte de sus diputados. Andy Burnham emerge como favorito para sucederle y frenar el ascenso de Nigel Farage
Mientras el Gobierno intentaba consolidar su programa, la realidad política evolucionaba más rápido que la capacidad de respuesta de Downing Street. El crecimiento de Reform UK, el partido liderado por Nigel Farage, comenzó a alterar los equilibrios tradicionales de la política británica. El temor a una transferencia masiva de votos hacia la derecha populista provocó nerviosismo entre numerosos diputados laboristas, especialmente después de los malos resultados obtenidos en las recientes elecciones locales y autonómicas.
La presión interna fue creciendo hasta hacerse insostenible. Lo que inicialmente parecía un debate sobre estrategia electoral terminó convirtiéndose en una cuestión de liderazgo. Starmer comprendió que la alternativa a una dimisión ordenada podía ser una rebelión abierta de su grupo parlamentario, acompañada incluso por la salida de ministros del Gobierno. Su renuncia evita una crisis institucional mayor, pero también refleja la creciente impaciencia de una clase política sometida a ciclos electorales cada vez más acelerados.
En este contexto emerge la figura de Andy Burnham. El exalcalde de Mánchester ha construido una reputación política muy distinta a la de Starmer. Más cercano al terreno, con una imagen de gestor pragmático y una notable capacidad de comunicación, Burnham representa para muchos militantes laboristas la posibilidad de reconectar con sectores populares que perciben al partido como excesivamente burocrático y alejado de sus preocupaciones cotidianas.
Su reciente victoria frente a la ultraderecha en Makerfield ha reforzado esa percepción. No se trata únicamente de un éxito electoral, sino de una demostración de que existe una fórmula alternativa para contener el avance de Farage. Precisamente ahí reside una de las claves de esta transición: el Partido Laborista parece haber llegado a la conclusión de que la amenaza principal ya no procede de los conservadores, sino de la capacidad de Reform UK para canalizar el descontento social.
La dimisión de Starmer también pone de manifiesto una realidad más amplia. Reino Unido está a punto de nombrar a su séptimo primer ministro en apenas una década. Ninguna de las grandes democracias europeas ha experimentado una rotación semejante de líderes en tan poco tiempo. El dato refleja hasta qué punto el Brexit continúa proyectando su sombra sobre la vida política británica. Diez años después del referéndum, el país sigue buscando un equilibrio estable que parece resistirse.
Señales de mejora económica
Paradójicamente, la salida de Starmer se produce cuando algunos indicadores económicos y sociales muestran señales de mejora respecto a la situación heredada. Sin embargo, la política contemporánea parece cada vez menos dispuesta a conceder tiempo a los gobiernos para consolidar resultados. La percepción pública, amplificada por las redes sociales, los medios y la competencia permanente entre partidos, pesa tanto o más que los datos objetivos.
Por eso la caída de Starmer trasciende su caso personal. Representa el desafío de una generación de dirigentes moderados que han logrado ganar elecciones pero encuentran enormes dificultades para conservar la autoridad política. Su legado probablemente será evaluado con mayor benevolencia por los historiadores que por sus contemporáneos.
Ahora comienza la era Burnham, si finalmente se confirma su liderazgo. Heredará una mayoría parlamentaria sólida, pero también un país cansado de cambios de rumbo constantes, de promesas incumplidas y de liderazgos efímeros. El verdadero reto no será llegar a Downing Street, sino demostrar que el Reino Unido todavía es capaz de recuperar la estabilidad política que perdió hace una década. @mundiario