Bélgica probablemente estará en los octavos de final del Mundial 2026. Su último partido es contra Nueva Zelanda y lo normal es que los Diablos Rojos hagan los deberes. Sin embargo, la sensación que está dejando la selección belga va mucho más allá de una simple cuestión de clasificación.
El empate ante Egipto y el posterior 0-0 contra Irán han encendido las alarmas. No porque Bélgica esté cerca de una eliminación histórica, sino porque transmite una imagen muy alejada de la que proyectó durante la última década. Una selección que llegó a ser número uno del ranking FIFA durante años parece ahora un equipo sin colmillo, sin autoridad y sin capacidad para imponer su teórica superioridad.
Y eso obliga a mirar hacia atrás. Bélgica reunió durante mucho tiempo a una gran generación de jugadores. Courtois, Kompany, Vertonghen, Alderweireld, Witsel, Hazard, Mertens, Lukaku o De Bruyne formaron una base de jugadores que cualquier seleccionador habría querido tener a su disposición.
El debate nunca estuvo en la calidad. El debate estuvo siempre en las expectativas. Porque cuando una selección acumula semejante cantidad de talento durante más de una década, la sensación general es que está destinada a pelear por los títulos más importantes. Bélgica compitió, llegó lejos y fue una selección respetada, pero nunca alcanzó una final de Mundial ni de Eurocopa.
Su techo llegó en Rusia 2018. Aquel equipo dirigido por Roberto Martínez alcanzó las semifinales del Mundial, eliminó a Brasil y acabó tercero. Viéndolo con perspectiva, quizá aquel resultado no fue un fracaso, sino exactamente el límite competitivo de aquella generación. El problema es que durante años se instaló la idea de que Bélgica estaba llamada a ganar algo grande.
La realidad terminó siendo diferente. Mientras Francia levantaba un Mundial, España conquistaba una Nations League o Argentina encontraba su recompensa con Messi, Bélgica fue viendo cómo sus grandes referentes envejecían sin dejar una imagen imborrable en las vitrinas de su federación. Quedaron los nombres, los elogios y los rankings, pero no los títulos.
Ahora la situación es distinta. Courtois y De Bruyne siguen siendo futbolistas de primer nivel, pero la selección ya no tiene la profundidad ni el talento diferencial que la caracterizó durante años. Y lo que es más importante: tampoco transmite la sensación de poder competir de tú a tú con las grandes favoritas del torneo.
Por eso el problema de Bélgica no son los dos empates de este Mundial. El problema es que hace diez años parecía una selección preparada para ganar a cualquiera y hoy parece una selección que necesita evitar a los mejores para seguir avanzando. Y para una generación que prometía tanto, esa puede ser la mayor decepción de todas. @mundiario