En los últimos años hemos escuchado hablar cada vez más de paridad de género en la política. Y me parece justo que así sea. Durante mucho tiempo las mujeres fueron relegadas de los espacios donde se toman decisiones, no por falta de capacidad, sino porque los partidos y las instituciones estaban organizados casi de manera exclusiva por círculos de poder en su mayoría de hombres.
Por eso, creo que sería un error señalar a la paridad como la causa de las malas candidaturas. El problema no está en que los partidos deban postular al mismo número de mujeres y hombres. El verdadero problema es que muchas veces se preocupan más por completar la fórmula que por encontrar personas con preparación, experiencia y compromiso con la comunidad.
Cada vez que se acerca un proceso electoral, da la impresión de que las dirigencias empiezan a hacer cuentas: cuántos hombres, cuántas mujeres, en qué municipios, en qué distritos y en qué posiciones. Una vez resuelto ese cálculo, comienza la búsqueda de nombres. Y ahí es donde aparecen las improvisaciones, los acuerdos de último momento y las candidaturas surgidas más por conveniencia que por convicción.
Quiero ser claro: no estoy diciendo que las mujeres sean menos capaces que los hombres. Pensar así sería absurdo e injusto. En Chihuahua existen muchas mujeres con experiencia, preparación y sensibilidad política. Lo mismo ocurre con muchos hombres. Pero también hay candidaturas, de ambos géneros, que parecen responder únicamente a la cercanía con una dirigencia, a una relación familiar, a una amistad política o a la necesidad de llenar un espacio.
La improvisación no tiene género. Lo que sí tiene es una causa: la falta de trabajo interno en los partidos. Los partidos deberían formar liderazgos de manera permanente, no solamente cuando se acerca una elección. Deberían abrir espacios reales para mujeres y hombres con vocación pública, acompañarlos, capacitarlos y permitirles participar en las decisiones. Sin embargo, muchas veces ocurre lo contrario. Se cierran los grupos, se reparten posiciones y se recurre a los mismos apellidos o a los mismos círculos de confianza.
También debemos preguntarnos qué significa ser “el mejor candidato”. No creo que baste con tener títulos, experiencia en campañas o facilidad para hablar en público. Para gobernar se necesita conocer los problemas de la gente, saber escuchar, tener honestidad, sensibilidad social y capacidad para tomar decisiones. Y esos criterios deberían aplicarse exactamente igual a mujeres y hombres.
La paridad y la capacidad no son enemigas. Presentarlas como si fueran opciones opuestas es una falsa disyuntiva. Una democracia seria necesita representación equilibrada, pero también necesita buenos perfiles. No basta con cumplir con el número de candidaturas si quienes llegan a ellas no tienen preparación ni compromiso.
A mi juicio, los partidos de Chihuahua deben dejar de culpar a la ley por sus malas decisiones. Si no encuentran suficientes perfiles, quizá el problema no sea la paridad, sino que no han sabido formar cuadros, abrir espacios ni mirar más allá de sus propios grupos.
Como ciudadanos, también debemos hacer nuestra parte. No deberíamos apoyar o rechazar una candidatura únicamente por el género de quien la encabeza. Tendríamos que mirar su trayectoria, sus propuestas, su conducta y su capacidad real para gobernar.
La pregunta no es si deben gobernar hombres o mujeres. La pregunta es quiénes están realmente preparados para hacerlo y a quiénes representan cuando llegan al poder.