El debate sobre el impacto de las pantallas en la infancia suele centrarse en los menores. Sin embargo, una nueva línea de investigación está girando el foco hacia un elemento menos visible pero igual de influyente: el comportamiento digital de los padres. Porque no solo importa cuánto tiempo pasan los niños frente a una pantalla, sino también qué ocurre cuando intentan captar la atención de quienes deberían ser su principal referente emocional… y se encuentran con la mirada perdida en el móvil.
La cuestión no es menor. La sobreexposición a dispositivos ha sido señalada por la comunidad científica como un factor de riesgo en el desarrollo cognitivo y emocional de los menores. Pero ahora, distintos trabajos sugieren que la dinámica familiar cambia de forma profunda cuando los adultos también están atrapados en esa hiperconectividad constante.
Un estudio publicado en la revista Frontiers in Psychology ha analizado este fenómeno desde una perspectiva directa: la percepción de los propios adolescentes. Y los resultados apuntan a una relación inquietante entre la atención fragmentada de los padres y la inseguridad emocional de los hijos.
El trabajo, liderado por el doctor Don Grant del centro Newport Healthcare, explora cómo la presencia constante del móvil en la vida adulta impacta en la calidad del vínculo familiar. No se trata solo de horas de uso, sino de algo más sutil: la sensación de ser ignorado en los momentos cotidianos.
Cuando mirar el móvil pesa más que escuchar
Para medir este fenómeno, el equipo de Grant encuestó a 600 adolescentes de entre 12 y 17 años. Se les pidió valorar con qué frecuencia percibían que sus padres estaban distraídos con el teléfono durante interacciones familiares y cómo eso influía en su sensación de atención, disponibilidad emocional y conexión.
El resultado fue claro: cuanto mayor era la percepción de distracción parental, mayores eran también los indicadores de inseguridad emocional en los menores. No se trata de una relación causal absoluta, pero sí de una correlación consistente que abre un debate incómodo: la tecnología no solo conecta, también puede desconectar dentro del hogar.
Grant resume una de las conclusiones más repetidas entre los participantes: muchos adolescentes sienten que compiten con el móvil por la atención de sus propios padres. Una competencia silenciosa, cotidiana y difícil de verbalizar, pero con efectos acumulativos en la autoestima.
El “phubbing” parental y la sensación de invisibilidad
Este fenómeno tiene incluso nombre: phubbing, el acto de ignorar a alguien presente por prestar atención al teléfono. El portavoz de la plataforma Adolescencia Libre de Móviles, Walter Jones, lo describe como una forma de erosión silenciosa del vínculo familiar.
Walter Jones señala que este comportamiento no solo genera frustración puntual, sino que puede alterar la percepción que los menores tienen de su lugar en la familia. Según explica, algunos adolescentes acaban trasladando esa búsqueda de atención a entornos externos, especialmente a redes sociales, donde la validación es inmediata aunque más superficial.
Diversos estudios citados en el análisis apuntan a una asociación entre este tipo de dinámicas y mayores niveles de ansiedad, así como una tendencia a la búsqueda constante de aprobación digital.
La educación digital empieza en el ejemplo
La discusión sobre el impacto de las pantallas en la infancia está respaldada por múltiples recomendaciones clínicas. La Asociación Española de Pediatría aconseja limitar o incluso evitar el uso de pantallas en los primeros años de vida, especialmente en la etapa de mayor desarrollo neurológico.
Sin embargo, el nuevo enfoque añade una capa adicional: la coherencia familiar. Porque no basta con establecer límites a los hijos si los adultos no aplican las mismas normas básicas de atención y presencia.
El investigador Diego Hidalgo, impulsor del Movimiento Off, insiste en que la ejemplaridad es clave. Los niños, afirma, aprenden más de lo que ven que de lo que se les dice. Si el modelo adulto está permanentemente interrumpido por notificaciones, el mensaje implícito es claro: la atención es fragmentada por defecto.
Un cambio de hábitos que empieza en lo cotidiano
La solución, según los expertos, no pasa por la prohibición absoluta de la tecnología, sino por la creación de espacios libres de interrupciones. Momentos como las comidas, las conversaciones familiares o los ratos de convivencia deberían quedar al margen del teléfono.
Esto no es solo una recomendación educativa, sino una cuestión de calidad relacional. La atención sostenida —mirar, escuchar, responder sin distracciones— se ha convertido en un recurso escaso en muchos hogares.
El reto, en un contexto laboral cada vez más digitalizado, es complejo. Pero la evidencia sugiere que la forma en que los adultos gestionan su relación con el móvil no es neutra: se refleja directamente en cómo los hijos aprenden a relacionarse con los demás… y consigo mismos. @mundiario