HUB
Publicidad Responsiva - Banner Superior
Radar Inteligente
Mundiario 24 Jun, 2026 02:31

Querer, poder y deber: la trinidad laica que gobierna nuestras vidas

Hay quien cree que la vida es complicada porque el mundo es complejo. Error. La vida es complicada porque nosotros somos complejos. Y no por exceso de sofisticación, sino por pura contradicción interna. Tres verbos —aparentemente inocentes, casi infantiles— sostienen el edificio entero de nuestras decisiones: querer, poder y deber. Tres palabras que parecen sacadas de un manual de autoayuda barato, pero que en realidad son las columnas imperceptibles de toda conducta humana, desde elegir un pañuelo hasta iniciar una revolución.

El deseo: ese animalito inquieto que nunca duerme

El deseo es el más travieso de los tres. No pide permiso, no consulta, no avisa. Simplemente aparece. A veces como un susurro; otras, como un incendio. Freud, que sabía un par de cosas sobre incendios interiores, escribió que “el yo no es dueño en su propia casa”. Y tenía razón: el deseo es un okupa emocional que entra sin llamar.

El deseo es compulsivo, cultural, caprichoso. No distingue entre lo real y lo onírico: quiere lo que ve, lo que imagina, lo que recuerda y lo que teme. Luis Cernuda lo resumió con una precisión que duele en el título de uno de sus mejores poemas: “La realidad y el deseo”. Dos fuerzas que se atraen y se repelen como imanes mal alineados.

La publicidad lo sabe. El marketing lo sabe. Las redes sociales lo saben. Todos trabajan para hinchar el globo del deseo hasta que estalle en forma de compra, suscripción o ansiedad. El deseo es el motor del capitalismo, del arte, de la política, de la infidelidad y de la dieta que empezaremos no más tardar un día de estos.

Pero no todo deseo es consciente. Hay deseos que se esconden como animales nocturnos: pulsiones, fantasías, impulsos que no sabemos nombrar. Y ahí empieza el lío.

El poder: el adulto serio de la habitación

Si el deseo es un niño hiperactivo, el poder es el adulto que lleva corbata incluso en la playa. El poder es cálculo, jerarquía, experiencia, estatus. Es el verbo que se conjuga con la cabeza, no con las tripas.

Maquiavelo, en El príncipe, dejó claro que el poder no es un accidente, sino una ingeniería: “El fin justifica los medios”. Una frase que se ha usado más que una chuleta minimalista en un examen de selectividad. El poder es político, contractual, estratégico. No siempre es apreciable, pero siempre está.

Hobbes, en Leviatán, lo elevó a categoría de necesidad: sin poder, decía, la vida sería “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”. Vamos, un lunes por la mañana sin café.

El poder puede ser automático —como el que ejerce un padre sobre un niño o un jefe sobre un becario— o puede requerir cálculo social: alianzas, negociaciones, silencios oportunos, sonrisas tácticas. El poder es el arte de mover piezas sin que parezca que las estás moviendo.

El deber: la voz que nos mira desde arriba

El deber es el más solemne de los tres. No grita, no seduce, no amenaza. Simplemente está ahí, como una ceja levantada. Kant lo definió con su habitual contundencia: “Obra solo según aquella máxima que puedas querer que se convierta en ley universal”. Vamos, que te comportes como si el universo entero te estuviera mirando.

El deber es moral, ético, tradicional. Es la costumbre, la norma, la solidaridad, el altruismo. Samuel Smiles lo elevó a virtud cívica; Paul Éluard lo convirtió en poesía. El deber es la brújula que nos recuerda que no todo lo que queremos es bueno, ni todo lo que podemos es correcto.

Pero el deber no es fijo. Se adapta, se negocia, se interpreta. Lo que ayer era obligatorio hoy es opcional; lo que hoy es sagrado mañana será un meme. El deber es un traje que se ajusta al cuerpo social, no una armadura.

El triángulo inestable

La vida humana ocurre en el espacio tenso entre estos tres verbos. No hay equilibrio perfecto. No lo hubo nunca. No lo habrá jamás.

• Quiero pero no puedo.
• Puedo pero no debo.
• Debo pero no quiero.
• Quiero, puedo y debo… pero algo me frena.
• No quiero, no puedo y no debo… pero lo hago igual.

Las combinaciones son infinitas, y cada una genera un tipo distinto de conflicto. La psicología lo llama ambivalencia. La sociología lo llama estructura. La filosofía lo llama tragedia. Nosotros lo llamamos hacer lo que nos salga de ahí.

El contexto material influye: dinero, salud, tiempo, oportunidades. Y también los perfiles psicológicos: impulsivos, prudentes, temerosos, narcisistas, altruistas, indecisos crónicos. Cada persona es un laboratorio donde estos tres verbos se mezclan como sustancias químicas que pueden producir luz o devastaciones cósmicas.

Las fuerzas que nos moldean

No vivimos en el vacío. Hay normas sociales, inhibiciones, presiones simbólicas. Hay violencia gestual, dialéctica, emocional. Hay miradas que pesan más que un discurso. Hay silencios que obligan más que una ley.

La publicidad alimenta el deseo. La política administra el poder. La moral regula el deber.

Y nosotros, pobres mortales, tratamos de navegar entre esas corrientes sin ahogarnos.

El diálogo secreto

Aunque no lo notemos, estos tres verbos o conceptos dialogan entre sí constantemente. A veces discuten. A veces se boicotean. A veces se alían para salvarnos o para hundirnos.

La mente trabaja con antecedentes —lo aprendido, lo vivido, lo sufrido—, pero también puede innovar ante situaciones extraordinarias. El peligro inminente, por ejemplo, reorganiza el triángulo en milésimas de segundo: el deseo se apaga, el poder se activa, el deber se redefine.

Somos criaturas cuánticas: nunca estamos del todo en un estado ni en otro. Oscilamos. Vibramos. Dudamos. Y esa incertidumbre, lejos de ser un defecto, es la esencia misma de lo humano.

¿Existe la fórmula perfecta?

No. Y menos mal.

Si existiera, seríamos máquinas. Y ya tenemos suficientes máquinas intentando comportarse como humanos.

Cada presente es único, aunque se parezca a otro anterior. Cada decisión es irrepetible. Cada conflicto es una pequeña obra de teatro donde los tres verbos improvisan su papel en un escenario enteramente a estrenar.

La vida no es un manual de instrucciones. Es un ensayo permanente. Un equilibrio inestable. Una cuerda floja donde avanzamos con torpeza, elegancia o miedo, según el instante que nos acoja.

Querer, poder y deber no son enemigos. Tampoco son aliados. Son fuerzas en tensión, como tres bailarines que comparten un evento sin ponerse de acuerdo en la coreografía.

Y en esa danza —torpe, brillante, absurda, sublime— se juega todo lo que somos. @mundiario

 

Contenido Patrocinado