El escritor y exministro de Trabajo Manuel Pimentel subió al escenario del Palacio de Exposiciones y Congresos de A Coruña (PALEXCO), en el marco del XV Foro Galis, con una tesis incómoda para una sociedad que dejó de pensar en la comida hace décadas. El campo, vino a decir, está recuperando un poder que perdió hace sesenta años, y lo recupera precisamente porque el mundo ha vuelto a temer el desabastecimiento.
Pimentel desplegó un relato histórico que arrancaba en los años sesenta y llegaba hasta la actual desglobalización, para explicar por qué el productor agroalimentario vuelve a ganar peso frente a la distribución.
Sesenta años de poder cambiante
Pimentel construyó su intervención como una historia del poder en la cadena alimentaria, no como una historia de los alimentos. En los años sesenta, explicó, era la marca fabricante la que dictaba el precio, en un país que recibía sus primeras neveras y descubría los congelados. El productor todavía conservaba parte de la fuerza negociadora que después perdería.
Ese equilibrio se rompió con la llegada de los grandes supermercados a finales de los setenta y, sobre todo, con la consolidación de las grandes cadenas en los noventa. El jefe de compras se convirtió en la figura que decidía quién vendía y a qué precio, mientras la cuarta y la quinta gama —los platos preparados, las ensaladas listas para consumir— añadían capas de servicio que abarataban la percepción del coste real de los alimentos.
El dato que utilizó Pimentel para ilustrar ese desplome resulta revelador. Una familia española destinaba el 50% de su renta a la alimentación en los años sesenta; en 2018, ese porcentaje había caído hasta el 14%. La comida se hizo barata y, con ella, dejó de preocupar. Pimentel extrajo de ahí una consecuencia sociológica que atraviesa toda su tesis, ya que una sociedad que no valora lo que come tampoco valora a quien lo produce.
La globalización que dio seguridad y la que la quitó
El segundo gran eje de la ponencia situó la caída del Muro de Berlín como el punto de inflexión real. La globalización que siguió, recordó Pimentel, abarató manufacturas y alimentos, y ofreció además algo más valioso, la garantía de que una sequía en un país podía compensarse con la cosecha de otro. Esa seguridad permitió la consolidación de grandes organizaciones multinacionales capaces de planificar y centralizar a escala global.
Ese paréntesis, según el exministro, se ha cerrado. La irrupción de los aranceles a partir de 2018 marcó el inicio de un ciclo de desglobalización que considera imparable, continuado por las distintas administraciones estadounidenses con independencia del signo político. China, recordó, fue la gran beneficiaria de las reglas del juego anterior, y Estados Unidos ha decidido cambiarlas.
La palabra que propuso Pimentel para describir el momento actual no es "escasez", sino "desajuste". El mundo, defendió, tiene capacidad de sobra para alimentar a la población mundial. Lo que se ha roto es la confianza que permitía comprar a futuro con certeza sobre precios y plazos de entrega, y reconstruir esa confianza llevará, en su estimación, dos o tres años de inestabilidad.
El tendero pierde el monopolio del precio
Quizá el giro más interesante de la intervención fue el que dibujó al jefe de compras descubriendo una palabra que nunca había necesitado pronunciar, garantía. Durante décadas, explicó Pimentel, la distribución podía imponer condiciones porque sobraban proveedores dispuestos a vender. Ahora, ante el riesgo de estanterías vacías —algo que, según el exministro, resulta psicológicamente intolerable desde el Neolítico—, el comprador empieza a estar dispuesto a pagar por la certeza de suministro a medio plazo.
Esa dinámica, sostuvo, está devolviendo fuerza negociadora al productor por primera vez desde los años sesenta. Pimentel ilustró el fenómeno con el creciente peso de las marcas de productor dirigidas no al consumidor final, sino al propio tendero, como vía para garantizar el aprovisionamiento de materia prima en sectores como la horticultura.
El giro normativo que se avecina
El análisis político de Pimentel resultó igualmente incisivo. Durante dos décadas, argumentó, la sociedad democrática europea priorizó el medioambientalismo y el bienestar animal sin que la seguridad alimentaria figurara entre sus preocupaciones, lo que trasladó esa misma prioridad a las normativas comunitarias, sin distinción de gobiernos ni de mayorías parlamentarias. Las granjas pasaron a llamarse macrogranjas y la ganadería europea, en particular en el norte del continente, sufrió una pérdida de legitimidad social que considera injusta.
Pimentel anticipó, sin embargo, un cambio de ciclo. El contexto de inestabilidad geopolítica y los desajustes de suministro, defendió, devolverán a la seguridad alimentaria un lugar prioritario en la agenda europea, sin que ello suponga renunciar a los avances en sostenibilidad y bienestar animal. El reto, sostuvo, está en encontrar el equilibrio entre ambas prioridades.
Una reivindicación moral del sector
El exministro cerró su intervención con un alegato directo a favor de la dignidad del sector ganadero. Frente a años de señalamiento por su impacto en el bienestar animal, las emisiones o el consumo de agua, Pimentel reivindicó que quienes proveen la proteína animal que la sociedad necesita cumplen una función esencial, y defendió que el verdadero debate moral no está en producir alimentos, sino en quien pretende encarecerlos o restringirlos de forma artificial. @mundiario