Hay escritores que nacen para contar historias, otros para nombrar el mundo, y unos cuantos, muy pocos, para enseñarnos a mirar. José Emilio Pacheco pertenece a ese grupo excepcional. Su existencia, no sólo trajo a la literatura mexicana una de sus voces más lúcidas; también nos regaló una forma distinta de habitar el tiempo, recorrer la memoria y descubrir la belleza escondida en todo aquello que la costumbre ha convertido en invisible. Celebrar su cumpleaños, pues, lector querido, es festejar la mirada de un hombre que comprendió que la literatura no existe para levantar monumentos, sino para rescatar lo que siempre ha estado frente a nosotros, pero nunca hemos visto bien.
La fecha en que nació José Emilio Pacheco, el 30 de junio de 1939, fue el año cuando el Castillo de Chapultepec se convirtió en el Museo Nacional de Historia y T.S. Elliot publicó "The Old Possum's Book of Practical Cats". La Guerra Civil Española terminaba y la Segunda Guerra Mundial estaba comenzando. La Ciudad de México, su lugar de origen todavía era la región más transparente y sus calles y plazas la inspiración de cancioneros y escritores; una locación ideal del cine de oro. La asombrada metrópoli miraba cómo la modernidad la alcanzaba cada vez más relumbrante y rápida. Y las palabras de Pacheco hablaron de la inmensidad de arenas y de océanos, pero también de construcciones citadinas. Nos dijeron que muy probablemente era un niño en la Colonia Roma y sus lectores quisimos pensar que la historia de Carlitos –el protagonista de
"Las Batallas en el Desierto" – era la suya propia con otro nombre y había sido “un niño héroe librando el más solitario de los combates”, como algún día apuntó Vicente Quirarte.
Poco antes de cumplir veinte años, Pacheco publicó su primer libro "La Sangre de Medusa y otros cuentos marginales". Cuentan que, en 1958, cuando Juan José Arreola publicó su "Bestiario", nadie sabía de la relación entre estos dos escritores, ni que había sido tan cercana. El mismo José Emilio, que poco hablaba de sí mismo, en una entrevista de hace casi cuarenta años, confesó:
“En aquel tiempo no existían los talleres literarios. Me hubiese gustado mucho ir a uno porque así no habría tenido luego la necesidad de corregirme tanto. Ahora, debo decir que fui muy cercano a Juan José Arreola. Estuve con él y fui su amanuense, me dictó su libro “Bestiario”. Como él tenía que entregar ese texto y se enfrentaba a algunos problemas de diversa índole, le dije: “acuéstese, me dicta, lo tomo a mano, lo paso a máquina y usted corrige. Así fue. Lo único que le reprocho a Arreola es que él, que corrigió a todo el mundo, no me quiso corregir a mí, bajo el argumento de que así estaba bien mi trabajo."
Suponemos entonces que Pacheco, en su afán de perfección y disciplina, siempre sospechó de sus propios textos. Y que sus producciones literarias no buscaban trascendencia y fueron intentos, en su opinión, siempre modestos. Tal vez eso quiso decir cuando escribió su poema “A quien pueda interesar” que dice así:
Que otros hagan aún el gran poema
los libros unitarios, las rotundas
obras que sean espejo de armonía
A mí sólo me importa el testimonio
del momento inasible, las palabras
que dicta en su fluir el tiempo en vuelo.
La poesía anhelada es como un diario
en donde no hay proyecto ni medida.
Pocos escritores han dialogado con el tiempo con tanta serenidad como José Emilio Pacheco. En sus textos, el pasado nunca es un refugio nostálgico, sino una presencia viva que conversa con el presente. La memoria, un territorio donde las personas descubren que el verdadero cambio no ocurre en las ciudades ni en los edificios, sino dentro del alma misma de quien las recorre. Por eso, su obra nunca envejece: porque habla de lo que todos experimentamos: la ilusión de que cada día somos distintos de quienes fuimos ayer…para luego comprobar que no era cierto.
Quién sabe si nos quería consolar o iluminar cuando escribió “El nuevo mito de Sísifo”:
Respira hondo…Ya…
Bueno, ahora empuja
– como hombre, con fibra, sin desmayo –
tu granito de arena.
Y cuando al fin te encuentres en la cima
y lo veas que rueda cuesta abajo
dedícate a buscarlo una y mil veces
en la pluralidad de este desierto.
Durante todos los años que tuvimos a José Emilio Pacheco cerca, un siglo se fue y llegó otro. Nos dejó libros favoritos de títulos perfectos como "No me preguntes cómo pasa el tiempo", "Irás y no volverás" y "Morirás lejos"; textos donde nos creímos iguales a sus personajes y poemas que todavía queremos aprendernos de memoria.
En homenaje a los 87 años que cumpliría mañana, en esta época que celebra la velocidad y el olvido inmediato, volver a la lectura de José Emilio Pacheco es un acto no sólo de festejo sino de resistencia. Un regalo que, aunque no lo confesara, seguramente le hubiera gustado mucho.
Y para usted, lector querido, también de regalo, un verso suyo: “Mira las cosas que se van, recuérdalas, porque no volverás a verlas a nunca”.