El torneo de futbol reunió a adolescentes de toda Celaya, una ciudad industrial en el centro de México, y les ofreció un respiro de la muerte y la violencia que se han vuelto habituales por aquí.
Mientras los Ravens esperaban su próximo encuentro, algunos jugadores hacían estiramientos entre partido y partido y se tomaban un momento de silencio para concentrarse. Otros miraban con recelo a los rivales mientras estos se reunían alrededor de una bocina de la que salían a todo volumen narcocorridos, polkas y baladas con ritmo de vals que ensalzan las vidas de los capos de la droga mexicanos.
“No me gusta, pero no puedo decirles que lo apaguen”, dijo su entrenadora, Sugey Milagros Salinas Grimaldi. “Son muy fieles a su forma de vida, y tengo que respetar eso”.
Algunas de las canciones hablaban de sus propios seres queridos, que murieron de formas espantosas mientras traficaban drogas, una vía habitual para salir de la pobreza en Celaya. Apagar la música suponía el riesgo de ofender la memoria de sus difuntos, explicó Salinas.
Salinas se esfuerza por mantener a los niños de Celaya, una de las ciudades más peligrosas del mundo, alejados de las calles y de los cárteles. Ha visto con preocupación cómo sus alumnos se unen a los delincuentes que se han infiltrado en el tejido social de la ciudad o desaparecen del mapa, pues caen en la adicción.
Ahora, los cárteles están intentando controlar las ligas locales de futbol por todos los medios necesarios, y han disparado a espectadores y matado o secuestrado a jugadores.
Amenazan una de las últimas alegrías que le quedan a la ciudad y una de las pocas vías honestas y posibles para que los niños locales salgan de la pobreza. ¿Quién reclutará primero a estos adolescentes, Salinas o los cárteles?
Lejos de las multitudes de los partidos del Mundial, muchas canchas de futbol de la ciudad se han quedado en silencio. Aquí las multitudes han sido reemplazadas por cruces y monumentos con los nombres de las víctimas: jugadores, árbitros y espectadores que murieron a tiros.
Cuando un cártel mató a 11 personas tras un partido en enero, los ayuntamientos suspendieron todos los eventos futbolísticos durante casi un mes. Cuando se reanudaron, muchos jugadores tenían demasiado miedo para volver.
Pero no los Ravens.
Los chicos jugaron con ganas y descargaron en la cancha el estrés acumulado durante semanas de encierro. Algunos de los jugadores se burlaban de sus rivales y los incitaban.
“¡Expresen lo que tengan que expresar en la cancha!”, gritó Salinas, para animar al equipo a descargar sus frustraciones a través del deporte, no a puñetazos.
En momentos como estos, Salinas se apoyaba en Juan Pablo, de 14 años, su jugador estrella y capitán del equipo. Juan Pablo venía de una familia de agricultores y era todo lo que ella quería que fueran sus otros jugadores: educado y respetuoso, con una asistencia escolar impecable.
Él intentó animar a sus compañeros de equipo, y los instó a trabajar juntos.
Pero otro jugador, Manuel, de 13 años, discutía con el árbitro y cuestionaba sus decisiones. Podría ser una estrella, pero sus emociones lo hacían enfadarse pronto y recibir tarjetas amarillas rápido.
Manuel llevaba tiempo sin entrenar. Se había perdido dos meses de escuela para drogarse, un breve respiro de su difícil vida: un cártel había matado a uno de sus hermanos, su padre se había ahorcado y su madre trabajaba muchas horas, pero apenas llegaba a fin de mes.
Salinas lo había sacado del equipo hasta que se recuperara. El torneo era la primera vez que jugaba en meses.
Tanto Manuel como Juan Pablo deseaban demostrar sus habilidades, con la esperanza de que los buscadores de talentos jóvenes para los equipos profesionales de México se fijaran en ellos.
Para estos dos adolescentes es una carrera contra el reloj, en un deporte en el que la mayoría se retira a los 35 años.
A los Ravens los unen pocas cosas más que la pobreza: algunos vienen de familias humildes de agricultores, otros de hogares con vínculos con el mundo del crimen. En la cancha, Salinas intenta que todos sean iguales. Ella misma financia el equipo, ya que no hay fondos públicos disponibles.
Desde la banda, la madre de uno de los Ravens animaba al equipo. En un lado del cuello tenía tatuada una pistola con el año 1991 y en el otro un AK-47 con el nombre “Alexis”.
“Me encantan las pistolas y nací en 1991”, explicó la madre, Mirian Mendoza. “Alexis era mi hermano”, dijo. “Murió de forma violenta”.
El partido terminó. Los Ravens perdieron. Manuel se tiró al suelo llorando. Juan Pablo observaba con los ojos llenos de anhelo cómo el equipo ganador posaba con su trofeo.
Juan Pablo se fue a casa. Debía considerar una oportunidad enorme: una invitación a las pruebas para el Chivas, el equipo profesional de Guadalajara. Solo necesitaba reunir 300 dólares para ir.
Podría ser el comienzo de una nueva vida.
Unos días después, apareció un letrero en las canchas donde se había celebrado el torneo.
En él se leía que si jugaban ahí, tenían que pagar.
El triángulo de las Bermudas de México
Celaya y sus alrededores son una especie de puesto avanzado para el petróleo mexicano, que llega por oleoductos desde pozos lejanos y se refina en la zona. Aunque la refinería estatal trajo consigo puestos de trabajo, también atrajo a los cárteles, que compiten por desviar el petróleo para venderlo en el mercado negro. Este negocio ilícito se ha convertido en una importante fuente de ingresos para los cárteles y genera miles de millones de dólares al año, según el Departamento del Tesoro de Estados Unidos.
Eso ha convertido a la zona en una de las más peligrosas de México, que ocupa el puesto 13 en el ranking mundial de homicidios.
La gente de la zona dice que vive en el triángulo de las Bermudas. A menudo, quienes salen a trabajar desaparecen para siempre.
Ahora la comunidad teme estar perdiéndose a sí misma. Por la noche, los niños se quedan encerrados en casa. Las fiestas acaban pronto, si es que llegan a celebrarse. Este año se han cancelado varias fiestas parroquiales tras las amenazas de extorsión de los cárteles.
Era solo cuestión de tiempo que el futbol se convirtiera en el siguiente objetivo.
“Nos duele mucho”, dijo el alcalde de Celaya, Juan Miguel Ramírez Sánchez. “El deporte es una de las únicas formas de salvar a los niños de la violencia”.
El primer episodio ocurrió en 2018, cuando mataron a un árbitro y a un jugador en la cancha. El año pasado, mataron a 13 jugadores en toda la zona metropolitana de Celaya. En lo que va de año, han matado a 14 jugadores y espectadores.
El ataque más sangriento fue el de enero, cuando mataron a tiros a 11 personas tras un partido en Salamanca, a las afueras de Celaya. Los vecinos de la zona se refieren a ese episodio como “la masacre”.
En los últimos años, los cárteles han creado equipos de futbol para competir en las ligas menores con el fin de lavar dinero y ejercer control sobre las comunidades en las que viven y operan, según las autoridades.
“También hacen dinero con las apuestas de la gente”, dijo el director general de Seguridad de Salamanca, Juan Pablo Ramírez Talavera, en una entrevista.
“Este debería ser un deporte sano que una a la gente”, dijo. “Pero, en cambio, estas ligas amateur se han convertido en una máquina de hacer dinero”.
Ramírez Talavera calculó que los grupos criminales gastan decenas de miles de dólares al mes solo en los partidos en Salamanca, una ciudad de unos 270.000 habitantes. Dijo que en todo el estado de Guanajuato operan hasta 20 cárteles y pandillas más pequeñas.
Hace poco, los padres observaban cómo sus hijos, en edad de asistir a primaria, pateaban balones entre conos, hacían sprints y lanzaban disparos a la portería.
Detrás de ellos, camionetas de la policía tenían encendidas sus luces para que se notara su presencia. Algunos agentes, en sus cuatrimotos, recorrían la cancha de un lado a otro, y cateaban a los hombres que estaban en los laterales para asegurarse de que no llevaran armas, drogas ni alcohol.
‘Quizá podría haber hecho más’
El deterioro de la comunidad de Celaya ha sido muy doloroso para Salinas, la entrenadora de los Ravens.
Durante su primer año como profesora, en 2021, mataron a tiros a uno de sus alumnos que tenía 12 años; era adicto a las drogas y no podía pagarle a quien se las vendía. La madre de Pedro, el estudiante, murió cuando él era más pequeño, y su padre lo había abandonado para migrar a Estados Unidos.
El chico era casi feral, robaba comida y apenas se bañaba, dijo Salinas.
“Siempre he llevado eso conmigo”, dijo Salinas, llorando mientras contaba cómo el resto de los profesores la animaba a no involucrarse. “Quizá podría haber hecho más por él”.
Salinas contó que la llamaron a la escena del crimen poco después de que mataran a Pedro —solo otro cuerpo más en Celaya—.
No pudo dormir durante semanas, pues la atormentaba pensar en cómo podría haberlo ayudado.
Decidió crear un equipo de futbol para darles a sus alumnos algo que les ilusionara y a lo que se comprometieran. Para formar parte del equipo, los alumnos deben asistir a clase con regularidad y comportarse bien tanto dentro como fuera de la cancha.
Cuando le preguntaron por qué había llamado al equipo los Ravens, respondió sin dudar. “Porque son aves inteligentes; consiguen lo que quieren observando con atención”, dijo. “Como los niños de aquí, siempre están buscando oportunidades”.
La historia de Pedro es la razón por la que Salinas le dedica tanto a Manuel, el compañero del equipo que perdió los estribos. La violencia y la pobreza siguen interponiéndose entre Manuel y el entrenamiento que necesita para alcanzar sus sueños.
Poco después de que Manuel dejara las drogas y volviera a la escuela, se suspendieron todos los partidos y entrenamientos de futbol durante casi un mes. También ha tenido que rechazar invitaciones para unirse a equipos más profesionales que los Ravens porque no tiene dinero para el autobús a los entrenamientos ni para pagar el uniforme.
Un día, sentado en la habitación de su madre después de clases, Manuel estalló en llanto.
“El futbol me despeja la mente de los problemas de mi casa”, dijo Manuel, con la voz entrecortada por los sollozos. “Lo que tengo son ganas de ganar, de jugar bien. Pero lo que no tengo son oportunidades”.
La madre de Manuel, María, observaba en silencio, preocupada. Sabe que el futbol es un refugio frente a los cárteles que intentan reclutar a adolescentes.
Conoce los peligros de primera mano, ya que pasó un año buscando por todo Celaya los restos de su hijo mayor. Lo encontraron en una fosa común junto a un molino de granos.
“Siempre le digo que los amigos no existen. Ve a la escuela, juega futbol, no te metas en problemas”, dijo ella.
Pero la habitación de Manuel era un templo dedicado a la narcocultura que, según temen las generaciones mayores, está contaminando su comunidad.
Las paredes de Manuel estaban cubiertas de luces de neón y un póster en el que aparecía Al Pacino como Scarface, flanqueado por dos de los capos de la droga más famosos de México. De las paredes colgaban chalecos antibalas y cascos Kevlar, que él juraba que solo eran decoración.
Sobre su cajonera había casquillos de bala cuidadosamente ordenados. Algunos habían sido disparados.
Al otro lado de la ciudad, Juan Pablo recibió malas noticias de Salinas. Sus entrenadores no habían podido reunir los 300 dólares que necesitaba para ir a la concentración de futbol de las Chivas. Sus padres intentaban poner buena cara, pero también estaban destrozados.
Juan Pablo podría ser la oportunidad de la familia para salir de la pobreza, de la casa tan pequeña en la que viven en la pequeña granja que gestionan en su patio trasero.
“No me imagino no ser futbolista profesional”, dijo. “Pero supongo que podría ser mecánico”.