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Mundiario 29 Jun, 2026 05:20

Las voces que nos llaman en Tragaluz, de Olga Serrano

El inicio es impactante. No se puede negar. Y se lo agradezco a Olga Serrano porque se advierte la intención literaria de la novela Tragaluz (Xordica), que no es otra que la de rastrear la sutilidad de una incertidumbre, aquella que proviene de los que ya no están y que encaran la nada que habitan a través de provocar la intranquilidad en los que buscan un nuevo rumbo a su vida. Sin cebarse con lo fantasmagórico, la autora tiende a seguir los pasos de una narrativa posromántica perfectamente asimilada, con esos atisbos de mundo alucinado tan propios de Bioy Casares o de Samanta Schweblin. Una pareja trata de sublimar la traumática experiencia de la muerte de una vecina. En el bosque, comienza esta especie de retiro que se convertirá en la revelación de un misterio silenciado, debido a su crueldad, por generaciones anteriores y que parece encontrar su epifanía en el espíritu de Hana.

La trama se proyecta en la declaración de actos violentos acumulados que quedaron en una zona límbica, en una clase de interregno, que sume a la protagonista en un proceso de depresión inminente con episodios de ansiedad pues su personalidad progresa hacia el descubrimiento de una estigmatización, esa que condena a las voces ausentes a permanecer en su particular Estigia de promesas incumplidas y de heridas ancestrales sin cerrar.

El uso de diferentes patrones textuales, desde el confesionalismo en los diálogos hasta la epístola, anima esa paradójica representación de una realidad que no es tal realidad, sino en la que subyacen restos de un oprobio sin condena: "Creo que veo cosas que no existen. No fantasmas, ¿eh? Pero sí cosas que están detrás de las cosas. O dentro, como escondidas. Lo siento, no digo más que tonterías". (pág. 81). Me gusta que Olga Serrano se ajuste a un discurso narrativo que no repara en el artificio ni en la floritura, sino que hace de la condensación una forma de indagar en la psicología de Hana, especialmente en la evolución de su desasosegada contrariedad.

Sin embargo, el lirismo aparece cuando el temor necesita su imaginario, su volumen y la plasticidad para aproximar el resquemor y el recelo de quien, sin merecerlo, empieza a perder su identidad y a dudar de la veracidad de los acontecimientos. Sería muy fácil indicar que Olga Serrano se adhiere plenamente a una tradición posromántica en la que lo gótico rescata la fantasmagoría como recurso para darle la vuelta a la solidez de un mundo tedioso como predecible. Es cierto que hay visos de obras como El castillo de Otranto o de Otra vuelta de tuerca, de Henry James, pero considero que Tragaluz está más próxima a una cultura popular, inspirada en las leyendas del norte peninsular, en la que las heridas abiertas y las deudas contraídas con el pasado priorizan cualquier atisbo ornamental de una estética gótica basada en lo extrasensorial.

El peso de la tradición y la herencia de la culpa subordinan la novela de Olga al sustrato de autores contemporáneos como Rivas o Atxaga. El paisaje contemplado desde los interiores vertebra esa claudicación ante la inercia de una irrealidad que acaba imponiéndose cuando el pasado ha sido demasiado cruel con sus presas: "No deseo morir, ¿por qué me expongo así a morir enterrada bajo los escombros de un edificio en el que no he perdido nada, en un pueblo que no significa nada para mí? Solo quiero comprender qué, qué, qué, qué es lo que motiva mis pasos". (pág. 111). El propio título de la novela es una metáfora de esa inercia a la que se conduce la luz cuando atraviesa los cristales, esa inercia en la que la refracción cambia dimensiones y los entornos de las cosas: "Lo que a todos nos unía era la certeza de que lo que hicimos había dado origen a eso que fue destruyendo con una determinación implacable el recuerdo de armonía y prosperidad, y todo lo que Fontal llegó a ser alguna vez". (pág. 145). Algo así es lo que le sucede a Hana cuando sospecha de que, a partir de ella, comienza una genealogía que necesita justicia después de tantos años, con el fin de resarcirse de un rencor lapidario.

Buscar el sosiego que los muertos reclaman para que los acontecimientos sigan su curso, el transparente flujo de una corriente que converge en vidas comunes y hasta dichosas, sin más odio, sin tener que estorbar a quienes han hecho de la vulnerabilidad una forma de percibir por encima de las cosas Enhorabuena, Olga. @mundiario

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