Folarin Balogun, delantero estrella de la selección nacional de Estados Unidos, ayudó a llevar a su país a la fase de eliminación directa de la Copa del Mundo. Con la misma facilidad podría haber intentado dejarlo fuera. Nacido en Nueva York de padres nigerianos y criado en Inglaterra, podía jugar por tres selecciones.
Y no es el único. Otros 12 integrantes de la plantilla estadounidense de 26 jugadores también podían representar a otros países. Además, Estados Unidos está lejos de ser un caso excepcional. Casi una cuarta parte de los futbolistas que participan en esta Copa del Mundo representan a un país distinto de aquel en el que nacieron, frente a aproximadamente 9 por ciento en 2006.
A primera vista, esta “Copa del Mundo de la diáspora” puede parecer caótica. Pero eso no es necesariamente un defecto. Refleja un mundo en el que las comunidades nacionales existen más allá de sus fronteras. En lugar de resistirse a esa realidad, la FIFA ha sabido adaptarse a ella.
Durante décadas, los futbolistas internacionales cambiaban de selección con relativa facilidad. Eso comenzó a modificarse en la década de 1960, cuando la FIFA ajustó el reglamento para establecer que disputar un partido oficial con una selección nacional, incluso con una selección juvenil, dejaba al jugador atado definitivamente a ese país.
Sin embargo, hacia finales del siglo XX, esas reglas chocaban cada vez más con la realidad demográfica.
Las grandes diásporas conectaban a países de distintos continentes. La doble nacionalidad se volvió más común y millones de personas desarrollaron vínculos significativos con más de una nación.
El caso de Argelia, un país clave en la evolución de las reglas de la FIFA, ilustra bien este cambio. Durante décadas, los hijos de la diáspora argelina que vivían en Francia tuvieron acceso a las academias de futbol de élite del país. Sin embargo, una vez que esos jugadores se incorporaban a las selecciones juveniles francesas, su futuro internacional quedaba decidido antes de llegar a la adultez. Si más tarde no lograban consolidarse en la selección mayor de Francia, ya no podían cambiar a Argelia, pese a que muchos mantenían profundos vínculos familiares con ese país.
La pérdida no era únicamente para Argelia y otras diásporas. El futbol internacional también era menos competitivo porque las reglas de la FIFA llevaban a muchas figuras con doble nacionalidad a representar a algunas de las potencias tradicionales del futbol, en lugar de hacerlo con una gama mucho más amplia de países.
Las regulaciones habían sido diseñadas para proteger la integridad de las selecciones nacionales, pero cada vez la debilitaban más al impedir que los países recurrieran a sus comunidades en el extranjero. Durante las últimas dos décadas, en buena medida gracias a la presión ejercida por Argelia, la FIFA fue flexibilizando gradualmente esas restricciones. Hoy los jugadores pueden cambiar de representativo nacional en ciertos casos, incluso tras haber participado con una selección juvenil o de haber tenido apariciones con una selección mayor. Esto depende, en todo caso, de la ciudadanía, que los países suelen conceder a los futbolistas que reclutan.
Por supuesto, un jugador nacido en un país que decide representar a otro no encaja en la idea que todos tienen de lo que debe ser una selección nacional, y se supone que la Copa del Mundo enfrenta a nación contra nación.
Pero eso plantea una pregunta, ¿qué constituye exactamente una nación en 2026? Cabo Verde, una de las mayores sorpresas de la Copa del Mundo de 2026, ofrece una respuesta. Esta pequeña nación insular de 530 mil habitantes consiguió empates sorpresivos ante España y Uruguay. Y lo logró apoyándose en la diáspora caboverdiana, extendida por todo el mundo y que podría sumar hasta 1.5 millones de personas.
Esa comunidad global, como muchas otras, no es un actor pasivo. Los caboverdianos que viven en el extranjero eligen a seis de los 72 integrantes del Parlamento del país. Las remesas que envían constituyen uno de los pilares de la economía nacional. Y, quizá lo más importante, mantienen un fuerte vínculo emocional con su lugar de origen. En Massachusetts, donde residen 70 mil caboverdianos, las celebraciones por el desempeño de la selección en la Copa del Mundo tomaron las calles y las plazas.
Quienes cuestionan que la mitad de la plantilla haya nacido en el extranjero deberían considerar que esos jugadores provienen de la misma diáspora que sigue estrechamente vinculada con su país de origen. El hecho de que hayan conseguido empates sorprendentes frente a España y Uruguay no demuestra que esta sea una Copa del Mundo menos auténtica.
Desde luego, la historia de Cabo Verde es especialmente extraordinaria y exitosa. Pero depender ampliamente de una diáspora está lejos de ser un caso aislado. Curazao disputa su primera Copa del Mundo y Haití regresa por primera vez en más de medio siglo. En ambos casos, lo hacen con plantillas armadas más allá de sus fronteras.
Y no solo se benefician las naciones pequeñas surgidas del periodo colonial. Sin Balogun, formado futbolísticamente en Inglaterra, la selección de Estados Unidos seguiría siendo competitiva, pero habría sido menos probable que asegurara su pase a la fase de eliminación directa tras apenas dos partidos.
Hay que reconocerle a la FIFA que no solo ha adoptado esta concepción más flexible de la identidad nacional. También ha estructurado la Copa del Mundo en torno a ella. Este año, el torneo pasó de 32 a 48 selecciones, abriendo espacio para más países y para las comunidades transnacionales que definen a muchos de ellos (al tiempo que garantiza mayores ingresos para la FIFA).
Este enfoque globalizado de la Copa del Mundo no es un vacío legal ni una falla del sistema. Es la manera en que la FIFA consigue que su torneo insignia se parezca al mundo que afirma representar.