El Mundial 2026 está dejando una imagen poco habitual para muchos aficionados. Varias selecciones han alcanzado las eliminatorias sin haber terminado entre las dos primeras de su grupo.
El nuevo formato de 48 equipos permite que los mejores terceros sigan adelante. La medida amplía las opciones de supervivencia, pero también plantea una pregunta inevitable: ¿es justo que una selección avance después de una fase de grupos discreta?
Durante décadas, los Mundiales premiaban únicamente a los dos mejores equipos de cada grupo. Un mal resultado podía ser definitivo. Ahora la situación es distinta. Los terceros tienen una red de seguridad que les permite mantenerse con vida incluso después de haber dejado dudas en alguno de sus partidos.
La teoría de FIFA es sencilla. Más selecciones tienen opciones reales de llegar con vida a la última jornada, se reducen los encuentros intrascendentes y aumenta la emoción. En buena medida, el objetivo se está cumpliendo. Numerosos equipos llegaron al último partido dependiendo de sí mismos o con opciones matemáticas de clasificación.
Sin embargo, el nuevo sistema también ha cambiado la forma de competir. Ya no basta con mirar la clasificación de cada grupo. Los resultados de otros estadios influyen directamente en la tabla de terceros y pueden convertir los últimos minutos de algunos encuentros en ejercicios de cálculo más que de riesgo deportivo.
Ahí aparece una de las polémicas más comentadas de este Mundial. El empate entre Argelia y Austria permitió la clasificación de ambas selecciones y dejó fuera a otros aspirantes. Más allá de las sospechas que han circulado posteriormente en redes sociales, el episodio ha servido para recordar que los formatos también condicionan los comportamientos. Cuando un resultado beneficia a todos los implicados, la tentación de gestionar el marcador siempre existe.
Los defensores del sistema recuerdan que esto no es algo nuevo. El ejemplo más famoso llegó en la Eurocopa de 2016. Portugal superó la fase de grupos como tercera clasificada después de empatar sus tres partidos. Lo más llamativo es que acabó conquistando el torneo sin ganar ninguno de sus encuentros de la primera fase.
De hecho, de los siete partidos que disputó durante aquella Eurocopa, solo ganó uno en los 90 minutos: la semifinal frente a Gales. El resto de sus victorias llegaron en la prórroga o en la tanda de penaltis. Aquella edición demostró que sobrevivir puede ser suficiente cuando un equipo tiene la calidad necesaria para crecer a medida que avanza el torneo.
Sin embargo, aquel caso sigue siendo una excepción más que una norma. La mayoría de terceros clasificados que avanzan en grandes torneos terminan cayendo ante selecciones que han mostrado más solidez durante la fase de grupos. Por eso resulta difícil imaginar que muchos de los terceros que siguen vivos en este Mundial entren de verdad en la conversación por el título.
Quizás esa sea la gran cuestión que deja el nuevo formato. El Mundial ha ganado emoción, más países han llegado vivos a las eliminatorias y la competición resulta más abierta que nunca. Pero también se ha difuminado parte del premio que tradicionalmente recibían las selecciones que dominaban sus grupos. Porque en el Mundial de 2026 pasar de ronda ya no siempre significa convencer. @mundiario