Ayer comenzaron las reuniones formales que definirán el futuro del T-MEC. Muchos estarán atentos a los aranceles, a las disputas políticas o a las declaraciones de Donald Trump.
Están viendo el árbol, pero no el bosque.
Desde que Trump regresó a la Casa Blanca en enero de 2025, dejó claro cuál sería la nueva regla del juego. La palabra favorita fue "aranceles", pero el mensaje de fondo era mucho más profundo: Estados Unidos quiere cadenas de suministro más cortas, más seguras y menos dependientes de Asia. Hoy, las reglas de origen son uno de los temas centrales de la revisión del T-MEC y todo apunta a mayores exigencias de contenido regional y menor dependencia de proveedores chinos.
¿Quién está levantando la mano en México para ocupar ese espacio? Porque mientras el mundo habla de nearshoring, relocalización y seguridad económica, México sigue importando masivamente productos asiáticos. Hemos pasado años acostumbrándonos a comprar afuera lo que podríamos fabricar aquí.
Vamos tarde, y lo peor es que el gobierno parece no entender la magnitud de la oportunidad.
Hace algunos años la Secretaría de Economía todavía contaba con programas de desarrollo industrial, fondos de apoyo y esquemas de fortalecimiento para proveedores nacionales. Hoy prácticamente no existe una política industrial orientada a crear nuevos fabricantes mexicanos; por el lado del financiamiento, la situación tampoco ayuda. El crédito productivo sigue siendo caro y escaso, es difícil que un industrial que tiene su patrimonio invertido en maquinaria, instalaciones y nómina consiga recursos para dar el siguiente salto tecnológico.
Pero el problema viene de mucho antes. Durante más de treinta años, muchas grandes corporaciones abandonaron el desarrollo de proveedores locales. Se concentraron en comprar donde fuera más barato, aunque fuera al otro lado del planeta. El resultado es evidente: México se convirtió en una potencia exportadora sin convertirse en una potencia proveedora.
Las exportaciones mexicanas crecieron 21.8% en los primeros cuatro meses de 2026, alcanzando más de 247 mil millones de dólares. Además, mayo registró un crecimiento anual de 25.4%, manteniendo una tendencia récord. Sin embargo, la economía mexicana se contrajo durante el primer trimestre y la actividad industrial mostró señales de desaceleración; traducido al español simple: exportamos más que nunca, pero la riqueza no se está quedando en México.
El problema es estructural, más del 80% de las exportaciones mexicanas son manufacturas, pero gran parte de ellas son producidas por corporativos extranjeros que siguen importando una enorme cantidad de componentes, partes e insumos; México ensambla, otros venden.
Por eso el PIB no crece al ritmo que debería, por eso regiones industriales completas siguen dependiendo de decisiones tomadas en Detroit, Seúl o Shanghái, y por eso la frontera norte vive la contradicción de tener plantas exportadoras récord y, al mismo tiempo, miles de pequeñas empresas locales sin acceso real a esas cadenas de suministro. La gran ironía es que quien sí está entendiendo esta oportunidad no es el gobierno mexicano, es el empresario estadounidense.
Cada vez más empresas norteamericanas buscan proveedores regionales, buscan reducir riesgos, cumplir reglas de origen más estrictas y acercar producción al mercado final, no quieren depender de China.
¿Esos nuevos negocios los van a capturar empresarios mexicanos o nuevos inversionistas extranjeros? Porque hay una enorme diferencia entre invertir en México e invertir con mexicanos.
México necesita una verdadera Ley de Proveeduría Nacional, una política pública que incentive el desarrollo de proveedores mexicanos mediante créditos productivos, depreciación acelerada de maquinaria, incentivos fiscales, simplificación regulatoria y programas obligatorios de desarrollo de proveedores para grandes corporativos.
No se trata de proteccionismo, se trata de integración. Si el nuevo T-MEC exige más contenido regional, entonces el contenido mexicano debe crecer. Si Norteamérica quiere sustituir importaciones chinas, alguien tendrá que fabricar esos productos, y si México no prepara a sus PYMES para hacerlo, otros ocuparán ese espacio. La oportunidad industrial más importante de los últimos treinta años está frente a nosotros.