México jugará este domingo el aclamado quinto partido —aunque en términos reales, hoy es el equivalente al sexto. Nos faltará ganar este para estar en los ansiados cuartos de final. De cualquier forma, va invicto, ha ganado cuatro partidos de cuatro disputados y no ha recibido ni un solo gol. Aquí México avanza firme. Es de reconocerse, más cuando, ya sea por catarsis, como válvula de escape o por la urgente necesidad de celebrar lo que sea, esta selección tiene a la afición eufórica alrededor de una encomiable alegría colectiva que es bienvenida en estos tiempos.
Andrés Fábregas Puig, antropólogo social (ENAH), en su libro Lo sagrado del rebaño: el futbol como integrador de identidades (2001), analiza cómo el futbol en México funciona como aglutinador de identidad cultural, nacionalismo y cohesión social. Argumenta que las comunidades han ido perdiendo aquellos mitos y rituales sagrados que antes unían a los pueblos. Ese vacío lo ha ido llenando el futbol.
Los traslados y concentraciones a los estadios y alrededor del espacio público —como el Ángel de la Independencia—, es el equivalente a aquellas peregrinaciones religiosas donde el individuo se disuelve para formar parte de algo superior. Las imágenes de devoción son sustituidas por memes que enmarcan a los jugadores mexicanos como santos de una grey.
En un país donde las diferencias socioeconómicas son marcadas, el balompié, aunque sea de forma temporal, nos hermana, borrando barreras culturales, sociales y económicas para caminar, gritar, brincar y gozar juntos los triunfos del Tri. Por un momento, parafraseando a Fábregas, todos compartimos un mismo símbolo de pertenencia.
En días pasados, observamos inmensas concentraciones alrededor del emblemático monumento de Paseo de la Reforma. Son impresionantes —angustiantes también. Miles de personas llegan horas antes de los encuentros y, poco a poco, los espacios comienzan a llenarse convirtiéndose en un mar de gente en el que no cabe un aliento más. La espuma en aerosol no para de volar, los gritos se vuelven ensordecedores y, los originales festejos, protagonistas. Así lo han plasmado fotógrafos y reporteros de distintos medios, locales e internacionales. Millones de almas reunidas —ya en cuatro ocasiones— son la muestra de que somos capaces de dejar de lado los agravios y unirnos orgullosos en torno a una celebración.
A pesar de que nuestro país —a diferencia de la selección— no avanza, ni en lo político, económico, democrático, ni tampoco en lo institucional, estos días han sido de festejo y esperanza. Ahora formamos parte de los 16 mejores equipos de futbol del mundo. Este domingo enfrentaremos a la icónica selección inglesa y, si nuestros demonios lo permiten, avanzaremos a la antesala de las semifinales. Más importante, habremos experimentado —para bien o para mal— algo que hace mucho no vivíamos: la unión nacional que nos hace olvidar nuestras diferencias y realidades más crudas.
México avanza en el futbol con sus 26 seleccionados— y su flamante director técnico— como líderes indiscutibles; cuando los otros líderes, los políticos, buscan con excepcional esfuerzo capitalizar el momento mientras insisten en guiarnos hacia el retroceso.
@isilop