La temporada vacacional y los grandes eventos turísticos representan una oportunidad para el descanso y la convivencia familiar. Sin embargo, detrás de la creciente conectividad que caracteriza estos espacios también emerge un riesgo que suele pasar desapercibido: la exposición de niñas, niños y adolescentes a amenazas digitales que pueden tener consecuencias profundas para su seguridad y bienestar.
Hoy, un menor puede conectarse a una red pública, compartir su ubicación en tiempo real, interactuar con desconocidos a través de videojuegos, aplicaciones o redes sociales y hacerlo en cuestión de minutos. En entornos con miles de personas, donde el anonimato aumenta, los riesgos digitales también se multiplican.
De acuerdo con UNICEF, el acceso a Internet ofrece enormes oportunidades para el aprendizaje y la socialización, pero también expone a niñas, niños y adolescentes a riesgos como el grooming, el ciberacoso y la difusión de contenido ilegal cuando no existen medidas adecuadas de protección. Por su parte, la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) ha señalado que la seguridad infantil debe formar parte de cualquier estrategia de inclusión digital, ya que el crecimiento de la conectividad debe ir acompañado de herramientas que permitan navegar de forma segura.
En México, además, la conectividad continúa expandiéndose. Según la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH), más de 100 millones de personas utilizan Internet, y el acceso mediante teléfonos inteligentes se ha convertido en la principal vía de conexión. Esto significa que cada vez más menores de edad permanecen conectados durante sus viajes, vacaciones y actividades recreativas, muchas veces desde dispositivos personales y fuera del entorno escolar.
La sobreexposición en redes sociales, el contacto con desconocidos, la presión por compartir contenido y las experiencias de acoso también pueden generar ansiedad, estrés, miedo, pérdida de autoestima e incluso aislamiento social. La seguridad digital de los niños y jóvenes no debe entenderse únicamente como un asunto tecnológico, sino también como un desafío para su salud emocional.
Frente a este panorama, el papel de madres, padres y cuidadores resulta indispensable. Más que prohibir el uso de la tecnología, el reto consiste en acompañar a los infantes en el desarrollo de hábitos digitales seguros: conversar sobre los riesgos, configurar adecuadamente la privacidad de sus dispositivos, supervisar las aplicaciones que utilizan, evitar compartir información personal o ubicación en tiempo real y fomentar la confianza para que puedan pedir ayuda ante cualquier situación. Sin embargo, esta responsabilidad no puede recaer únicamente en las familias. Las plataformas digitales también deben asumir un papel activo mediante el diseño de entornos más seguros, herramientas eficaces de protección para los menores, mecanismos de verificación y respuesta oportuna ante contenidos o conductas que representen un riesgo.
La conectividad seguirá creciendo y eso es una buena noticia para el desarrollo económico, educativo y social. Pero una sociedad verdaderamente conectada también debe ser una sociedad preparada para proteger a quienes son más vulnerables. La innovación tecnológica y la seguridad digital deben avanzar de la mano, porque garantizar un entorno digital seguro para la infancia es una responsabilidad compartida entre familias, empresas, plataformas digitales, autoridades y la sociedad. Solo así podremos aprovechar todo el potencial de la tecnología sin poner en riesgo a las nuevas generaciones.