Egipto lo tuvo en la palma de la mano, pero la épica mundialista tenía otros planes. Entre las decisiones del VAR y el inquebrantable espíritu ganador de Argentina, el sueño de los Faraones de alcanzar los cuartos de final de la Copa del Mundo se desvaneció de la forma más cruel. Nuevamente, el fatídico minuto 91 se convirtió en el escenario de un desenlace dramático, quebrando la resistencia del combativo equipo de Mohamed Salah, que se quedó a las puertas de forzar la prórroga.
La hazaña parecía imposible para los sudamericanos cuando el reloj superaba el minuto 70 y el marcador lucía un adverso e inapelable 0-2. Sin embargo, Lionel Messi emergió una vez más como el faro de la Albiceleste. Aunque las piernas flaqueaban y el panorama era sombrío, la sola presencia y el liderazgo del capitán inyectaron una dosis de fe y dinamismo a un ataque argentino que, hasta ese momento, parecía haber perdido el rumbo.
La chispa encendida por el 10 desató una reacción furiosa. Con más orgullo que fútbol en el tramo final, los goles de Cristian Romero y Enzo Fernández devolvieron la vida al vigente campeón. La locura total estalló en el minuto 82, cuando el propio Messi se encargó de firmar el empate, desatando una auténtica fiesta en las gradas y poniendo el partido en un punto de no retorno para los africanos.
La estocada final llegó en el tiempo de descuento, calcando la agonía que ya se ha vuelto costumbre en este torneo. Ese gol en el minuto 91 terminó por desmoronar el muro defensivo de Egipto, dictando una sentencia definitiva que dejó a los Faraones tendidos en el césped, lamentando lo que pudo haber sido una de las mayores sorpresas de la historia de los Mundiales.
Con este desenlace de película, el Estadio Mercedes-Benz de la ciudad de Atlanta, Georgia, estalló en júbilo ante la clasificación de una Argentina que sabe sufrir como nadie. La caldera albiceleste demostró que, mientras Messi esté en la cancha y el reloj siga corriendo, a este equipo nunca se le puede dar por muerto.
El idilio eterno de Messi con el gol
Hasta el minuto 80, el destino parecía empeñado en romper la narrativa habitual de Lionel Messi en las Copas del Mundo. La tensión se palpaba en el ambiente, especialmente tras un primer tiempo frustrante en el que el guardameta egipcio se vistió de héroe al adivinarle las intenciones en un mano a mano crucial, ahogando un grito de gol que ya se coreaba en las tribunas y manteniendo el marcador en un silencio sepulcral.
Sin embargo, los genios no entienden de lógicas ni de minutos fatídicos. Cuando la presión quemaba y Argentina se asomaba al abismo, el capitán se las arregló para frotar la lámpara una vez más; con esa mezcla de frialdad y genialidad que lo caracteriza, encontró el espacio donde no lo había y firmó el tanto del empate en el momento exacto en que su país más lo necesitaba, rescatando a los suyos de la lona.
Con esta nueva genialidad, el astro argentino no solo salvó los papeles de la Albiceleste, sino que estiró una de las marcas más salvajes del fútbol moderno. Messi mantiene viva una racha impresionante de nueve partidos consecutivos marcando al menos un gol en citas mundialistas, una línea de regularidad letal que arrastra de forma ininterrumpida desde aquella mágica campaña en Qatar 2022.
Este gol no fue una anotación más en su cuenta personal; fue la confirmación de que el tiempo parece no pasar por sus botas cuando viste la camiseta nacional. A sus espaldas lleva el peso de la historia, pero sobre el césped sigue demostrando la misma rebeldía de sus mejores años, convirtiendo la resistencia del rival en el escenario perfecto para sus epopeyas.
Lo de Messi en los Mundiales ya no es solo una racha histórica, es una ley inevitable del fútbol: cuando el panorama es más oscuro, el '10' siempre encuentra la luz para reclamar su trono. @mundiario