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Mundiario 07 Jul, 2026 02:01

Cómo los colibríes hacen que la familia de la piña evolucione al doble de velocidad

La evolución suele asociarse a grandes cambios climáticos, catástrofes naturales o transformaciones geológicas. Sin embargo, a veces basta con una relación extremadamente estrecha entre dos especies para alterar el rumbo de toda una familia biológica. Eso es precisamente lo que acaba de demostrar un estudio publicado en el Botanical Journal of the Linnean Society, que sitúa a los colibríes como uno de los motores evolutivos más eficaces de la naturaleza.

La investigación, desarrollada por científicos de la Universidad de Reading, concluye que las bromelias polinizadas por colibríes —la familia botánica a la que pertenece la piña junto a más de 3.700 especies— generan nuevas especies prácticamente al doble de velocidad que aquellas cuya polinización depende de abejas, avispas, murciélagos o polillas.

Más que un simple mecanismo de reproducción vegetal, la polinización aparece así como una fuerza capaz de acelerar la propia evolución. Los investigadores analizaron los registros de polinización de 403 especies de bromelias para reconstruir su historia evolutiva.

El trabajo muestra que, originalmente, las abejas y las avispas fueron los principales polinizadores de esta familia vegetal. Sin embargo, con el paso del tiempo, numerosas especies comenzaron a depender de los colibríes, un cambio que no ocurrió una sola vez, sino de forma repetida en distintos linajes evolutivos.

Los resultados cuantifican ese impacto con claridad. Las bromelias polinizadas por colibríes generan aproximadamente 2,77 especies nuevas por cada millón de años, mientras que aquellas que dependen de otros polinizadores lo hacen a un ritmo cercano a 1,46 especies.

En términos evolutivos, la diferencia resulta extraordinaria.

¿Por qué los colibríes aceleran la aparición de nuevas especies?

La explicación reside en el propio comportamiento de estas aves, ya que los colibríes suelen alimentarse en bosques montañosos donde las poblaciones vegetales aparecen distribuidas en pequeños parches separados por valles, barrancos o elevaciones. Ese aislamiento geográfico limita el intercambio de polen entre unas poblaciones y otras, por lo que, con el paso de miles o millones de años, las diferencias genéticas comienzan a acumularse hasta que terminan convirtiéndose en especies completamente distintas.

En otras palabras, los colibríes favorecen una polinización mucho más localizada que otros animales, facilitando que las plantas evolucionen de manera independiente en distintos rincones de un mismo paisaje, donde la propia geografía termina trabajando junto a la biología para multiplicar la diversidad. Esta alianza, que ha modelado la forma de las flores, demuestra que la influencia de las aves no se limita a transportar polen, ya que, durante millones de años, muchas bromelias han modificado el color, la longitud y la forma de sus estructuras para adaptarse al pico y al modo de alimentarse de estos animales.

Se trata de uno de los ejemplos más claros de coevolución: mientras las plantas evolucionan para atraer mejor a los colibríes, estos continúan especializándose en aprovechar el néctar que producen esas flores. Esta relación recíproca explica por qué cerca de tres cuartas partes de las bromelias estudiadas dependen actualmente de estos pequeños pájaros para completar su reproducción; un vínculo evolutivo que comparte incluso la piña, a pesar de presentar un aspecto muy diferente al del resto de su familia.

Sin embargo, es precisamente esa elevada especialización la que constituye ahora uno de sus mayores riesgos, ya que cuando una planta depende casi exclusivamente de un tipo concreto de polinizador, cualquier descenso en la población de ese animal puede comprometer también la supervivencia de la especie vegetal.

Los autores recuerdan que muchas bromelias habitan bosques montañosos sometidos a la deforestación y a las alteraciones provocadas por el cambio climático. Paralelamente, alrededor de una de cada diez especies de colibríes está amenazada y seis de cada diez muestran tendencias poblacionales descendentes.

Esta dependencia mutua convierte a ambas en especialmente vulnerables frente a la transformación de sus hábitats.

No obstante, algunas parecen haber desarrollado una estrategia para reducir ese riesgo. Aproximadamente una de cada seis especies analizadas acepta la visita de varios grupos distintos de polinizadores, una flexibilidad que podría aumentar sus posibilidades de supervivencia si alguno desaparece. @mundiario

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