Regla número uno de la diplomacia mexicana: nunca confrontarnos con Estados Unidos.
Regla número dos: seguir la regla número uno, pase lo que pase.
La política de prudencia frente al imperio norteamericano ha sido constante en el servicio exterior. Ningún gobierno anterior, ni siquiera el de Andrés Manuel López Obrador, ha tenido ni promovido conflictos con Estados Unidos. Todos los presidentes tuvieron el sentido común de no entrar en discusiones sobre las intervenciones de las instituciones de seguridad del vecino.
Todo cambió cuando Ismael “El Mayo” Zambada fue secuestrado en un acuerdo entre sus rivales del cártel de Sinaloa y entregado a las autoridades del FBI en Nuevo México. Se descompuso el expresidente y ahora se descompone Palacio ante la amenaza real y presente de nuevas incursiones para llevar ante la justicia norteamericana a políticos que protegieron a las mafias mexicanas, hoy denominadas “grupos terroristas” por el presidente Donald Trump.
El problema para México es que el vecino del norte tiene el sartén por el mango en todo. Nuestra economía es una quinceava parte de la de Estados Unidos. California, Nueva York, Texas y Florida producen más que nosotros. Nuestras importaciones de maíz, gas, gasolina y diésel nos vuelven dependientes. Hay mil palancas con las que el gobierno norteamericano puede actuar contra políticos que se cree están inmiscuidos en los cárteles. Sabemos que Rubén Rocha Moya es la punta de una enorme pirámide de personajes que alimentaron las redes de contrabando, la trata de personas y la exportación de metanfetamina y fentanilo.
Si mañana Trump decide enviar misiones militares a México, como lo hizo en Venezuela, la única respuesta que podemos dar es la queja ante organismos internacionales. Para establecer una estrategia frente a esas amenazas, el único camino es el diálogo, los acuerdos y los resultados en la lucha del secretario de Seguridad, Omar García Harfuch. Vemos que se hace un esfuerzo, pero no es suficiente: para detener en seco la violencia en Sinaloa y en otras partes del país, se necesita la voluntad inquebrantable del gobierno federal, incluso el decreto de suspensión de garantías individuales, para poner orden en territorios que son campo de batalla de los cárteles, tanto entre ellos como contra el gobierno.
Bien dice la presidenta Claudia Sheinbaum que debemos tener la “cabeza fría” para enfrentar lo que se viene. Pronto, el gobierno deberá escoger entre la defensa de la clase política de Morena, metida en problemas, y la salud de la nación. Los expertos asesores de la presidenta deben tener bien ensayada la respuesta ante una incursión ilegal de los norteamericanos en el país.
Según observadores expertos en política interna, el mayor riesgo de intervención recae sobre Morena, cuyas campañas fueron sazonadas con recursos procedentes del huachicol fiscal, algo que resulta muy fácil de comprobar para las agencias norteamericanas de inteligencia. Lo mejor sería negociar en privado una tregua en la que se establezcan límites. A la larga, no le conviene a nadie un conflicto que dañe a México y a su economía. Así funcionaron las cosas durante décadas cuando gobernaba el PRI. La paciencia es la mejor arma.
Un rompimiento nos llevaría a un caos institucional en México; incluso Morena podría perder las elecciones de 2030. Sabemos que, sin un deslinde de Palacio con Palenque, el país no tiene oportunidad de crecer ni de dar vuelta a la página del neopopulismo obsoleto de la 4T.
Tercera regla: nunca subestimar lo que puede hacer Trump.